El vapor del café dibuja una caligrafía
que se disuelve en el azogue de la mañana.
Sostengo el pocillo.
Vos sostenes tus ochenta y nueve años.
Ochenta y nueve.
La luz entra en un escorzo pálido,
ilumina las migas sobre el hule,
lo cotidiano
que de pronto se descascara.
Dijiste que te vas a ir.
Por tu propia mano.
Con la misma voz con la que pedis el azúcar.
El azúcar.
A mis veinticinco la angustia se vuelve arcilla en la boca.
No hay pánico en este letargo,
solo el crujido levísimo del día
doblándose sobre sí mismo.
La cocina respira en una suspensión extraña,
como si aún durmiéramos
y alguien más estuviera soñando este desayuno.
Te observo.
Hay una lucidez terrible en tu cansancio,
una lealtad oscura hacia tu propia sombra.
Y yo te amo con esta quietud humillante,
aceptando el golpe
sin derramar la taza.
La cuchara inerme.
La porcelana.
El fin del mundo
servido entre los dos.
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