Soñé —o eso creí— que flotaba,
ligero como un suspiro,
y ante mí se abrió un río
de escenas vividas, cruzadas.
Vi mi vida pasar en corrientes,
más sombras que luces ardían;
dolores, ausencias, heridas,
eran mares más hondos, presentes.
Hubo risas también, escondidas,
breves soles tras negros mantos,
pero el peso de tantos llantos
doblaba mis horas vividas.
Y en medio de aquel remolino,
un niño —o niña— se alzaba,
con voz de ternura templada,
y ojos de cielo cristalino.
“Ven,” susurró, “toma mi mano,
te guiaré hacia otro lado.”
Y en su mirar revelado
comprendí lo lejano:
Que había muerto, sin saberlo,
y aquello que ante mí giraba,
eran retazos del alma
repasando su destierro.
Mis recuerdos fueron ríos,
mis heridas, marea brava,
y en su mano hallé la calma
de cruzar hacia el vacío.
Así, entre sue
ño y frontera,
dejé atrás la vida entera.
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