Incluso antes de su muerte, siempre lo persiguió ese presagio.
De joven era pálido y ojeroso, como si el agua estuviera reposando bajo su piel, hinchando sus facciones. Quería ser músico, pero su violín cayó en el lago detrás de su casa. Su padre lo desechó, indignado por un hijo artista que moriría de hambre en un futuro inexistente. Se hundió lento, la cavidad se transformó en una onda de expansión hasta que desapareció, tragado por el agua.
Fue inevitable abandonar esos sueños, pero no los que lo perseguían al cerrar los ojos.
Cada noche, estaba en esas piscinas; subterráneas, oscuras, con el agua congelando sus extremidades, enfriando sus huesos. Allí no escuchaba nada, el sonido solo existía cuando agitaba la cabeza y el agua caliente se deslizaba desde el interior de sus oídos. Era una alcantarilla interminable, laberíntica, con paredes de cerámica húmeda como una barrera entre él y el despertar.
Quizás, todo comenzó el día que leyó que la manera más dolorosa de morir era ahogado.
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