La felicidad es un espejismo que se disuelve en cuanto creemos haberlo alcanzado. Nos enseñan desde niños a perseguir metas, a soñar en grande, a luchar por un mañana prometedor. Pero nadie nos advierte del vacío que aguarda al final del camino. Porque cuando la meta finalmente se cumple, no hay fuegos artificiales ni sentido renovado: solo un instante breve, casi imperceptible, en el que el alma sonríe… para luego volver a callar.
Y es entonces cuando llega la monotonía, silenciosa y brutal. Un ciclo repetido de días que se deslizan iguales, como gotas de lluvia sobre un vidrio ya empapado. Todo lo que antes parecía urgente ahora se torna irrelevante. El triunfo pierde sabor. El deseo se desvanece. Y uno se queda solo con la pregunta que nunca quiso formular: ¿y ahora qué?
La felicidad, esa chispa efímera, no es más que un parpadeo entre dos oscuridades: la del anhelo y la del desencanto. Quizás, en el fondo, no estamos destinados a ser felices, sino apenas a ocupar el tiempo hasta que el fin nos reclame. Porque en la cima de la montaña no hay gloria, solo el eco de nuestro propio silencio.
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