Si hay algo que amo, es el romance. Las historias de Cenicienta, la bella y la bestia: aquellos que se enamoraron ciegamente, sin saber exactamente de quién. Sentí esta clase de magia en la cuarta temporada de Bridgerton. Nada de friends to lovers, nada predecible: puro amor, caos emocional, yearning y anticipación.
Nos cuenta la historia de Benedict, el segundo hijo de la familia, el libertino, el incasable. Well, Benedict se enamoró. Pero como no podía ser todo conveniente, Benedict se enamoró de una idea. Una ilusión. Una dama con un vestido plateado que solo vio una vez en su vida, y que para colmo, tenía puesta una máscara que le tapaba la mitad de la cara. Lo único que le quedó de ella fue el guante que usaba. Y Benedict suspira con el guante en mano y se pregunta si alguna vez volverá a verla.
La respuesta es que sí. La respuesta también es que no la reconocería si la tuviera en frente. Y la tiene. Múltiples veces. Resulta que esta dama con un vestido hermoso, brillante, no es quien parece. Es nada más y nada menos que una criada, una 'sirvienta', que se disfrazó por una noche para poder experimentar aquello que jamás podría siendo ella misma. Aquellos lugares hermosos en que Benedict estuvo toda su vida, pisando ligero, haciendo desastres, riéndose, son los lugares a los que Sophie solo entraría para limpiarlos. El cuento es clásico: Sophie es la hija no reconocida de un hombre noble que se encargó de ella; pero cuando él murió, nuestra Sophie quedó desamparada y al "cuidado" de su madrastra; que la agarró de mucama. Su crueldad contrasta con el corazón puro y justo de Sophie. Y si, ya digo "nuestra Sophie", porque más que enamorarnos de Benedict¹, a quien ya conocíamos, nos enamoramos de ella, con su rostro perfecto, su ternura, su vulnerabilidad y su fuerza. Pese a la posición que tiene en la sociedad, Sophie no se deja pisotear ni se rinde fácilmente.
Para resumirlo; los dos se encuentran por casualidad en el campo, en donde él ayuda a su amiga -también criada- sacándole de encima a unos hombres, amigos de él, que la estaban acosando. Viendo que ni ella ni su amiga pueden quedarse ahí, Benedict promete encontrarles trabajo a las dos. Y lo hace: en su propia casa.
El romance, el epítome del amor, está en que Benedict se enamora de ella sin saber que es la dama de plateado. Se puede decir que se enamora dos veces -sin saber su identidad aún. Y aquella fantasía de una noche en un baile de máscaras era mucho más fácil que la realidad: su enamorada es una criada. Benedict jamás podría casarse con ella sin poner en juego el nombre familiar. Nuestro querido Ben le hace una propuesta, pero no es soñada, ni es de rodillas, ni es de matrimonio. Le propone que sea su amante. Sophie, ilusionada por un segundo y ahora lastimada, de vuelta en la Tierra, se queda en shock y sin decir ni una palabra, se retira. La toma es clara: Benedict se queda arriba, en las escaleras, mientras ella le echa una última mirada desde abajo.
Y así termina el último capítulo de la primer entrega de Bridgerton, dejándonos con el corazón roto, y acongojado, porque a todo esto, sumale que la madrastra malvada de Sophie se mudó al lado de la casa Bridgerton, para complicarle la vida una vez más.

Tengo que admitir que esta temporada aun inconclusa de la serie es ya mismo mi favorita. Sí, es cierto que amo a Benedict desde siempre, pero también es cierto que su historia es increíblemente atrapante. Romance is not dead! Me recuerda a la temporada de Anthony y Kate, ese sentimiento de amor prohibido pero incontrolable, que te consume, que te daña. ¿Qué más querría yo en un romance de época? Bueno, sí, la diferencia de clase social. Añadir la perspectiva de los empleados en Bridgerton le dio un toque perfecto. No debo ser la única que siempre que mira period dramas piensa en ellos, los que no viven su romance perfecto ni usan vestidos a medida.
Otro toque de reality check viene del personaje de mi querida Eloise. Me parece realista y adecuado que haya alguien que diga: ¡no tenemos derechos! Claro que Eloise no es la única -pensemos en Daphne y Penélope-, pero sí la más consistente en su queja. Ver el contraste con Hyacinth, la hermana más chica que sueña con casarse, también es enriquecedor, y a muchos espectadores les recordó a Jo y Meg March. En mi opinión, la diferencia está en que Meg anhelaba casarse por amor, formar una familia; mientras Hyacinth pareciera anhelar otra cosa: la vida en sociedad, el ser "la señora de la casa", organizar bailes. Básicamente, cumplir el rol que le está destinado.
Como hopeless romantic, estos 4 capítulos me hicieron sentir cosas que no he sentido con ninguna otra obra audiovisual reciente: me hicieron sonreír a la pantalla como si yo fuera la enamorada. Y como escritora, me dio algo super valioso: ¡ganas de escribir! Esta reseña, sí, pero ficción; romance, tragedia. Algo humano, crudo y fantástico. Luke Thompson y Yerin Ha hacen un trabajo excelente trasmitiendo todas estas emociones.
Espero con ansias la segunda entrega (el 26 en Netflix btw) para volver a sentir todo eso, y mucho más. Y responder a las preguntas ¿cuándo y cómo se entera Benedict de que Sophie es la dama plateada? ¿Cómo van a lograr estar juntos con todo en contra? Creo que nunca antes había tenido tantas ganas de estar a fines de febrero.
¡Hasta entonces!
CC.
¹También nos enamoramos de él, obviamente. Bisexual culture.
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