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La hora de la cena

n.

Nov 24, 2025

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La hora de la cena
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Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro sillas, cuatro vasos, cuatro copas, cuatro platos y tres personas mirándose a los ojos mientras discuten los últimos detalles de su plan. Llegan las 8:00 y el reloj de pie de la habitación comienza a sonar, el timbre se escucha desde el intercomunicador de la cocina. Quien esperaban ya está allí. Rafael, el dueño de la casa, se levanta de su lugar y se dirige a la puerta principal para dejar pasar a la nueva invitada.

Catalina, una chica recién llegada al grupo de amigos, es quien se encuentra detrás de la puerta. Con los pasos suaves y el agudo sonido de los tacos contra el piso se dirigen juntos al comedor, donde encuentran al resto de los presentes. Todos la reciben cálidamente, con abrazos y risas y proceden a sentarse para poder así comenzar con la cena.

La comida pasa rápidamente entre chistes, anécdotas y bebidas. Malena cuenta historias suyas y de Iván, sobre cómo se hicieron amigos en la adolescencia y conocieron a Rafa al entrar a la facultad. A cambio, Catalina les cuenta de sus propias gracias de su época liceal y de aquel año de intercambio en Alemania.

Casi sin notarlo llegan las doce y la atmósfera se ensombrece junto con las campanadas. Con mucho cuidado juntan todas las cosas de la mesa y en absoluto silencio las depositan en la cocina para que luego sean lavadas.

Los cuatro adultos se miran de forma cómplice y se dirigen fuera de la habitación hasta el pasillo principal de la casa. Sobre la esquina izquierda del fondo se encuentra un ropero desvencijado del que toman unas túnicas negras y un libro viejo de páginas amarillentas.

Sin mediar una palabra se colocan la vestimenta y juntos levantan la trampilla en el piso de madera que lleva al sótano. Bajan lentamente al recinto, que bajo la única iluminación de una pequeña ventana casi pegada al techo se pueden observar sus paredes blancas ya sucias y descascaradas por los años.

Iván, Rafael y Catalina juntan las velas esparcidas por la habitación y las colocan en los soportes colocados en forma de círculo, prendiéndolas con un pequeño encendedor verde que la última toma de su bolsillo. Al mismo tiempo, Malena junta unos recipientes e ingredientes de una caja al fondo del lugar, y los coloca sobre el piso junto a una tetera con agua y un pequeño atril donde deja el libro abierto en la página 327.

Al terminar sus tareas, todos se sientan en ronda y, dándose las manos, comienzan a entonar el cántico escrito en aquella hoja y el que, a excepción de la nueva, todos saben de memoria. Con las últimas notas dejan ir sus manos y la mujer comienza a mezclar los ingredientes junto con el agua y los coloca en las tazas. Exactamente cuatro, una para cada uno.

Los tres amigos se miran de forma cómplice y Rafael le hace una seña a la otra chica para quitar su mirada de la mezcla, mientras Iván desliza en una de los recipientes un líquido que no poseen los otros. Malena reparte a cada uno el que le corresponde.

Parándose, recitan las últimas líneas del conjuro y uno a uno dan un sorbo a sus bebidas, haciéndolo en sentido horario. Primero Rafael, Iván, Malena y por último, Catalina. Durante unos segundos el silencio en la habitación es absoluto, ni un solo grillo se llega a oír. Hasta que el cuerpo sin vida de aquella chica que apenas sabía lo que sucedería esta noche cae al piso con un estruendo. Su cara, ahora pálida, y sus labios ligeramente azulados pueden apenas vislumbrarse con el rayo de luna que se cuela por la ventana.

Lentamente y muy satisfechos con su último trabajo, los tres recogen las cosas que fueron quedando en el piso y las devuelven a su lugar. Con mucho cuidado abren el baúl y depositan el cuerpo de Catalina dentro, cerrando con llave. Ya se encargarían de ella la próxima noche.

Suben nuevamente a la planta principal de la casa y cierran bien el sótano, dejando las túnicas y el libro en el viejo ropero. Caminan en silencio hasta el fondo, donde se encuentra un pequeño patio que colinda con el del vecino.

Allí se sientan sobre el pasto y simplemente conversan. Intercambian historias, anécdotas, chistes y risas como si nada hubiera sucedido. No mencionan la muerte de Catalina, ni ninguna de las anteriores que sucedieron en ese mismo sótano. Y casi sin notar, las horas pasan y comienza a vislumbrarse en el horizonte un nuevo amanecer.

n.

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