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El Piloto Parte I

Jun 3, 2026

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El Piloto Parte I
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En medio de la guerra existía un piloto olvidado,

aunque “soldado” era un título que jamás pudo haber cargado,

un disparo en la cadera lo dejó condenado,

con un bastón y un corazón consumido por la desolación

Mientras otros combatían defendiendo la nación,

él sobrevivía en silencio dentro de aquella habitación,

con la mente consumida por la desesperación,

y el alma hecha cenizas por la guerra y la explosión.

Su mente era un campo cubierto de cenizas,

trastornada por disparos que no logró olvidar,

y cada noche entre ruegos le pedía a Dios descanso,

pero hasta el cielo parecía haberlo abandonado.

La muerte ignoró sus ruegos y jamás lo fue a buscar,

como si incluso el infierno se negara a recibirlo allá,

y cuando creyó que ni ese lugar recordaba su existencia,

fue el destino quien finalmente tocó a su puerta.

Un viejo empresario de correo aéreo

buscaba pilotos capaces de volver al cielo etéreo,

hombres tan rotos que confundieran la muerte con alivio,

y el ruido de los motores con una forma de exilio.

Porque aunque el mundo agonizara bajo un infierno bélico,

las cartas seguían cruzando aquel paisaje tan tétrico,

madres aguardaban a sus hijos con un amor eterno,

como quien deja la puerta entreabierta esperando su regreso.

Amantes morían de pena consumidas por el deseo,

incapaces de volver a abrazar aquellos cuerpos ya muertos,

mientras esposas recorrían hogares vacíos y en silencio,

ahogando entre sus lágrimas los recuerdos de otros tiempos.

Y los niños sonreían sin comprender aquella guerra,

emocionados imaginando a sus padres volver a casa,

sin saber que muchos hombres terminarían bajo tierra.

Pero nadie quería cruzar aquellos cielos malditos,

porque todos los aviones terminaban envueltos en gritos,

alzaban vuelo orgullosos sobre aquel oscuro suelo,

y regresaban convertidos en lluvia de fuego.

Sangre caía sobre campos consumidos por la ruina,

mientras soldados temblaban aguardando la caída,

y hasta el hombre más valiente comenzaba a perder la batalla.

Nadie… excepto Beaumont destruido y delirante,

demasiado roto para sentir miedo constante,

el único lo bastante vacío e inestable

como para hallar libertad donde otros veían algo insoportable.

Porque mientras el mundo le temía a las alturas,

él solo quería escapar de sus heridas más oscuras,

volver a sentirse un ave atravesando la locura…

aunque el mismo cielo prometiera su sepultura.

El viejo le ofreció volar y Beaumont

tomó su bastón con visible debilidad,

cada paso parecía una herida negándose a sanar,

caminó junto al anciano hacia aquel viejo automóvil,

mientras el dolor recorría su cuerpo cansado y maldito.

Bajo su uniforme dormían cicatrices mal cerradas,

cortes, huesos rotos y memorias ensangrentadas,

sus piernas seguían completas… pero apenas respondían,

como si incluso sus propios músculos rendirse pretendían.

Y así emprendieron camino rumbo hacia el viejo hangar,

donde sombras de otros pilotos parecían observar,

muchachos jóvenes aún soñando con gloria y victoria,

mientras él cargaba únicamente ruinas y memoria.

Porque aquel hombre ya no tenía hogar al cual volver,

la guerra le había arrancado todo lo que pudo querer,

padres, amigos y amantes fueron quedando atrás,

hasta que no quedó nadie esperándolo jamás.

Y al bajar del automóvil para acercarse al avión,

viejos recuerdos de combate destrozaron su razón,

el ruido, las sirenas, los disparos y el fuego…

hicieron que sus piernas colapsaran contra el suelo.

Entonces las risas llegaron cargadas de desprecio,

hombres burlándose de aquel piloto medio muerto,

“¡eres una vergüenza!” gritaban desde la pista,

“¡debiste morir peleando antes de volver lisiado a la vida!”

Pero incluso humillado logró arrastrarse y ponerse en pie,

apoyándose en el bastón como quien ya perdió la fé,

caminó hasta el avión bajo murmullos de condenación…

Y aquel anciano se acercó y le aviso

“come algo… pronto tendrás que despegar,

a las tres de la mañana partirás hacia el horror,

cuando el mundo siga dormido ignorando la destrucción.

Pero escucha bien muchacho y jamás lo olvides,

los disparos llegarán apenas cruces aquellos límites,

porque tu ruta atraviesa el corazón de la guerra…

donde incluso el mismo cielo aprende a temblar de miedo.”

Las horas se consumieron tan rápidas como un parpadeo,

y pronto Beaumont volvió a enfrentarse al acero,

encendió el viejo avión mientras su pulso temblaba,

y hasta su propia respiración parecía entrecortada.

Cerró los ojos un instante intentando soportar,

respiró profundamente… y volvió a levantar vuelo una vez más,

y sin siquiera comprender cómo escapó del suelo,

ya se encontraba a mil pies atravesando el cielo.

Cruzó enormes nubes grises alejándose de la ciudad,

y contempló por primera vez la paz sobre el mundo inferior,

porque en medio de la guerra jamás vió tanta hermosura…

sólo fuego consumiendo hombres bajo la noche oscura.

Y por un breve instante olvidó toda su miseria,

mientras el amanecer pintaba de oro la tierra,

pero aquel viejo avión crujía con brutal violencia,

como si cada tornillo estuviera perdiendo resistencia.

Las turbulencias golpeaban despedazando el silencio,

aunque aquella vieja máquina continuaba resistiendo,

y mientras luchaba solo contra el rugido del viento,

algunas cartas cayeron esparcidas por el suelo.

Al leer aquellas cartas dispersas sobre el suelo,

solo pensaba en llevarlas a salvo cruzando el cielo,

pero un estruendo brutal interrumpió sus pensamientos…

y no supo si era un disparo o el avión crujiendo.

La distancia parecía no tener final,

más de doce largas horas soportando aquel metal,

su cadera ardía lentamente como fuego entre los huesos,

mientras el hambre consumía lo poco que quedaba de su cuerpo.

Comió apenas un pedazo endurecido de pan,

y bebió la última gota de agua que logró encontrar,

mientras el motor seguía rugiendo sobre la tormenta…

arrastrando a un hombre roto hacia el corazón de la guerra.

Cuatro disparos atravesaron el ala y el motor izquierdo,

haciendo crujir el fuselaje bajo aquel cielo,

Beaumont reaccionó desviándose entre la tormenta,

mientras el avión perdía altura de forma violenta.

Intentó mantener el rumbo soportando el temblor,

porque además de aquellas cartas cargaba información,

documentos importantes que no se podían perder…

o muchos hombres importantes tendrían cuentas que atender.

Y comprendiendo que jamás lograría continuar,

buscó desesperadamente algún lugar donde aterrizar,

hasta encontrar una llanura oculta bajo un campo sombrío…

donde dejó caer el viejo avión temblando por el impacto.

El choque fue brutal destrozando las ruedas contra el suelo,

mientras la tierra y el metal saltaban por los cielos,

pero incluso después del golpe y del estruendo aterrador…

aquel hombre destrozado volvió a vencer la muerte…

como si el dolor se negara nuevamente a detenerle.

El avión quedó maltrecho perdido entre la maleza,

con el metal destrozado y las alas hechas piezas,

Beaumont cayó entre el barro perdiendo la fuerza…

y se arrastró para ponerse en pie con firmeza.

Miró por última vez aquella máquina deshecha,

consumida por la guerra igual que su existencia,

tomó el bastón y avanzó ignorando el destino incierto…

Caminó durante horas atravesando el campo helado,

buscando soldados aliados o algún refugio olvidado,

hasta que encontró a un viejo granjero junto al camino…

discutiendo con hombres agotados por el conflicto.

Y entre aquel pequeño pelotón cubierto por el barro,

un antiguo compañero de guerra logró reconocerlo,

“¿qué demonios haces aquí Beaumont?... te creíamos muerto”,

Foster soltó sorprendido entre risas de desconcierto.

“¿Acaso estás buscando la muerte?” volvió a preguntar,

pero Beaumont apenas logró mantenerse en pie un instante más,

porque el cansancio terminó apagando sus sentidos…

y cayó inconsciente frente a aquellos viejos conocidos.

Cuando despertó vio las cartas abiertas sobre la mesa,

soldados leyendo emocionados noticias de sus tierras,

algunos reían felices, otros lloraban en silencio…

mientras él observaba todo completamente vacío por dentro.

Porque aunque aquellas cartas habían llegado a destino,

su avión había quedado destruido entre caminos,

y ahora estaba atrapado nuevamente en la guerra…

sin saber cómo escapar de aquella tierra.

Entonces su viejo compañero volvió a sentarse a su lado,

“después de que te hirieron logramos recuperar el poblado,

expulsamos a varios enemigos recuperando el terreno… deberías ir al bar y descansar por un momento.”

Tomó prestado un viejo uniforme de soldado raso,

y caminando lentamente por las calles del poblado,

sintió las miradas clavándose sobre la espalda…

rostros llenos de odio hacia cualquiera ligado a la batalla.

Porque aquellas miradas cargadas de amargura,

fueron matando lo poco que quedaba de ternura,

y comprendió que incluso lejos del horror y la metralla…

la guerra seguía viviendo dentro del alma humana.

Caminó siguiendo las indicaciones hacia aquel viejo bar,

bajo una lluvia ligera que no dejaba de golpear,

hasta que resbaló violentamente por unas escaleras,

entrando torpemente entre risas y burlas ajenas…

El dueño del lugar corrió enseguida a levantarlo,

mientras Beaumont ocultaba la vergüenza entre sus labios,

tomó asiento lentamente frente a la vieja madera

sin imaginar que aquella noche cambiaría el resto de su existencia.

Una mesera salió desde la bodega de licor,

con el cabello color chocolate y una mirada sin amor,

sus ojeras revelaban demasiadas noches sin dormir…

como alguien cansado de pelear solo por existir.

Su silueta parecía demasiado hermosa para aquel lugar,

como una flor sobreviviendo en medio de la oscuridad,

las mangas dobladas dejaban ver marcas sobre sus brazos…

recuerdos de un pasado que aún continuaba sangrando

Caminó hacia la barra con notable frialdad,

preguntando qué deseaba con amarga hostilidad,

porque apenas vio el uniforme prestado cubierto por la guerra…

el desprecio endureció su mirada entera.

Y aunque intentaba ocultarlo detrás de aquella dureza,

en sus ojos también descansaban dolor y tristeza,

como si la guerra hubiera consumido parte de su vida…

mucho antes que aquel hombre cruzara la cantina.

—“¡Adler!… trae otros dos vasos para aquella mesa”,

gritó el dueño del bar desde la vieja despensa,

y Beaumont comprendió observándola en silencio

el nombre de la muchacha que cargaba aquel desprecio.

Titubeó antes siquiera de poder responder,

y con la voz entrecortada pidió algo de vino para beber,

pero ella soltó una risa cargada de ironía y desconsuelo…

“tú tienes más rostro de whisky que de caballero.”

Y terminó dejando una copa frente a su lugar,

mientras el ruido del bar comenzaba a retumbar,

soldados, borrachos, enemigos y aliados confundidos…

ahogando en alcohol todo aquello que habían vivido.

Pero él apenas escuchaba el escándalo del ambiente,

porque su mente se perdía observando

a aquella muchacha de mirada triste y labios serenos…

distinta a todo lo que había visto durante tanto tiempo.

Porque ya no recordaba la belleza sobre la tierra,

sólo cadáveres, prostitutas y madres rotas por la guerra,

pero en aquella mujer existía algo difícil de explicar…

una pureza extraña imposible de encontrar.

Aunque la tristeza también consumía su mirada,

como si cargara cicatrices imposibles de mostrar,

y mientras Beaumont encendía un cigarro temblorosamente…

ella comenzó a toser fingiendo molestarse.

“Apaga ese veneno… este lugar es demasiado elegante,

aquí vienen niños y familias importantes”,

dijo con un sarcasmo tan seco como divertido…

logrando que el piloto apagara el cigarro sorprendido.

Y así las horas comenzaron a perderse,

mientras el whisky quemaba su cuerpo y su mente,

hasta que un extraño escalofrío recorrió su espalda…

al notar que el bar entero había quedado en calma.

El amanecer comenzaba a entrar por las ventanas,

tiñendo de gris las botellas y las mesas olvidadas,

y la única alma despierta entre aquellas mesas vacías

era Adler refugiada entre páginas vencidas.

Un viejo libro descansaba entre sus manos frías,

mientras el silencio consumía la cantina,

y Beaumont observó aquella escena…

como quien vuelve a encontrar paz después del infierno.

Entonces comprendió que debía marcharse de inmediato,

regresar junto al pelotón y descansar un par de ratos,

porque el poco dinero que llevaba aquella noche…

murió entre vasos vacíos y aquella dulce mirada.

Pero al intentar levantarse volvió a traicionarlo el cuerpo,

y terminó desplomándose torpemente contra el suelo,

aunque esta vez la muchacha no se burló de su caída…

sólo lo observó, curiosamente sorprendida.

“Te reirás igual que todos”, murmuró con ironía amarga,

mientras intentaba ponerse en pie apoyándose en la barra,

pero ella respondió observándolo fijamente en silencio…

“eres igual que cualquier ebrio… sólo que mas gracioso que el resto.”

Y justo cuando intentó abandonar aquel lugar,

un camión militar frenó violentamente frente al bar,

mientras un soldado descendía tropezando por la escalera…

buscándolo desesperadamente entre las mesas.

“¡Beaumont!... pensé que habías muerto otra vez”,

Foster gritó sujetándolo del rostro con visible estrés,

“el teniente ordenó fusilarte apenas supo lo ocurrido…

varios documentos desaparecieron después del impacto sufrido.”

“No tenemos mapas, comunicación ni dirección…

y creen que vendiste información al enemigo de la nación,”

mientras el piloto escuchaba completamente inmóvil…

comprendiendo la gravedad de lo sucedido.

Entonces Adler dejó escapar una pequeña carcajada,

apoyándose con desgano sobre la barra desgastada,

“la verdad sí tiene rostro de traidor y delincuente…

incluso intentó besarme estando borracho e inconsciente.”

Ambos hombres voltearon sorprendidos hacia la muchacha,

mientras Beaumont parecía olvidar incluso cómo respiraba,

y Foster volvió a sujetarlo cargado de preocupación…

“Sube al camión ahora mismo… no queda tiempo para escapar,

si descubren que sigues vivo van a venirte a buscar.”

Pero Beaumont negó mirando el suelo,

como alguien demasiado roto para seguir huyendo,

“hablaré con el teniente… recuperaré aquellos documentos,

y si encuentro otra aeronave volveré por los restos.”

Foster soltó una risa cargada de frustración,

como quien presencia una ejecución,

“sería más humano darte un disparo esta noche…

que verte regresar otra vez hacia ese horizonte.”

Pero antes de que cualquiera continuara discutiendo,

Adler golpeó la barra haciéndolos guardar silencio,

“o consumen algo o desaparecen inmediatamente…

si el dueño se enfurece terminará golpeándome.”

Lo dijo con un cansancio demasiado acostumbrado,

como alguien ya vencido antes de haber peleado,

y aquella frase cayó pesada sobre el ambiente…

logrando que ambos hombres tomaran asiento.

Poco después dejó café frente a los combatientes,

algo casi imposible de hallar entre aquella gente,

y mientras Beaumont buscaba cigarrillos…

ella terminó arrebatándolos bruscamente.

“Gracias por el regalo”, murmuró con falsa educación,

arrojando los cigarrillos directo hacia el carbón,

porque odiaba aquel humo incluso más que a los soldados…

como si el tabaco despertara recuerdos demasiado amargos.

Mientras el café arrancaba la embriaguez,

Adler observó la ventana con visible rigidez,

porque el camión militar seguía afuera estacionado…

llamando demasiado la atención entre aquel poblado.

“Si continúan aquí terminarán muertos al amanecer,

los soldados borrachos hablan demasiado después de beber,

y un vehículo militar frente al bar no pasa desapercibido…

menos con hombres armados buscando a un supuesto vendido.”

Entonces dejó la taza sobre la madera,

como alguien acostumbrado a dormir donde pudiera,

“yo descanso en la azotea de un edificio abandonado…

junto a otros refugiados que fueron olvidados.”

“Tal vez vivan tres personas… o quizá algunos más,

realmente hace tiempo dejé de intentar contar,

pero si deseas esconder a Beaumont hasta el amanecer…

ese lugar probablemente pueda mantenerlo con vida otra vez.”

Foster apretó la mandíbula observándola con desconfianza,

como si cada palabra escondiera una amenaza,

mientras Beaumont permanecía completamente callado…

demasiado aturdido para seguir cuestionando.

Porque aunque el miedo comenzaba a pudrirle la razón,

algo dentro de él quería seguir aquella voz,

tal vez por la tristeza escondida bajo su frialdad…

o porque hacía años no sentía un poco de humanidad.

Y así cerraron el bar cuando murió la madrugada,

escondiendo el viejo camión dentro de una bodega abandonada,

mientras Foster observaba la lluvia en silencio…

como un hombre consumido por el remordimiento.

Porque sabía que ayudar a Beaumont sería considerado traición,

una condena suficiente para terminar frente al paredón,

pero existía una culpa que jamás logró enterrar…

una deuda demasiado vieja para poder escapar.

Años atrás, durante un bombardeo brutal y despiadado,

fue Foster quien debió recibir aquel disparo,

pero el miedo lo dejó paralizado aquella mañana,

la sangre corría por la espalda de Beaumont…

nadie corrió a auxiliarlo, todos se quedaron mirando,

el piloto que alguna vez fue soldado raso…

terminó enterrando recuerdos para no romperse en pedazos.

Los traumas fueron nublando fragmentos de su memoria,

dejando vacíos imposibles de encajar dentro de su historia,

y aunque Foster cargaba aquella culpa desde entonces…

Beaumont jamás volvió a nombrar aquella bala que lo condenó al bastón

Los tres caminaron bajo un cielo nebuloso,

mientras el frío recorría los callejones silenciosos,

hasta llegar cerca de las cuatro de la mañana…

frente a un edificio olvidado entre humedad y soledad.

El lugar respiraba un silencio fúnebre y sepulcral,

con muros agrietados por el invierno y la sal,

cada escalón parecía crujir como un viejo lamento…

aunque extrañamente el sitio conservaba algo de hogar por dentro.

Y al subir finalmente hacia la azotea abandonada,

Beaumont encontró tres figuras refugiadas,

dos ancianas cubiertas con mantas desgastadas…

y un viejo de ochenta observando la lluvia desvanecerse.

Aquellas personas sobrevivían gracias a Adler,

compartiendo el poco dinero que lograba traer,

porque aunque pertenecían al país enemigo señalado…

seguían siendo inocentes atrapados entre soldados.

Los soldados quedaron quietos al ver aquel lugar, porque esperaban ruinas… no un intento de hogar, y Adler abrió un viejo cajón junto a la encimera

sacando un pan endurecido y mantequilla reseca.

Lo repartió entre las manos cansadas, como quien protege migajas en medio de la desgracia, y luego sirvió un poco de agua para todos los presentes…

incluyendo a aquellos soldados convertidos en visitantes.

Comieron sentados casi sobre el frío del concreto, mientras la lluvia golpeaba los vidrios del viejo techo, y aunque apenas alcanzaba para engañar el hambre… aquella mesa miserable se sintió extrañamente grande.

Las ancianas recibieron a Beaumont con calidez, como si vieran en sus ojos algo más que rigidez, porque ambos hombres cargaban pérdidas parecidas…

familias devoradas por la guerra.

Y mientras Adler dormía agotada junto a la ventana, los ancianos comenzaron a contar historias, hablando durante horas sobre fuego, muerte y dolor… almas tan cansadas para guardar rencor.

“Ella viene del país enemigo”, murmuró una en silencio, “y fue esclava de un hombre importante dentro del gobierno, por eso sus brazos viven cubiertos de cicatrices… marcas de grilletes que jamás lograron irse.”

Entonces una anciana que no había hablado hasta el momento, levantó la mirada perdida en los recuerdos, “Adler era hija de un mayor… ahora convertido en coronel, condecorado por masacres que jamás debieron suceder.”

“Sus otros hijos viven rodeados de privilegios y riqueza, alimentándose del horror y la sangre de la guerra, pero Adler siempre odió profundamente a su padre… y eso la convirtió en algo imposible de controlar para él.”

“Cuando intentó escapar por primera vez de aquella casa, él la encadenó durante semanas como si no fuera humana, y su propia madre… consumida por odio y cobardía, decidió dejarla escapar para borrarla de su vida”

“Después desapareció durante meses entre caminos, nadie sabe realmente cómo sobrevivió al destino, aunque en tiempos de guerra…” la anciana suspiró con tristeza, “muchas mujeres terminan vendiendo el alma por un poco de comida sobre la mesa.”

“El viejo dueño del bar nos encontró muriendo de frío, y Adler decidió quedarse cuidándonos desde entonces… nosotros cuatro venimos del mismo país destruido, ahora solo somos 4 traidores escondidos”

Los otros ancianos guardaron silencio impresionados,

como si jamás hubieran oído completo aquel pasado,

mientras Foster y Beaumont quedaron mirando el vacío…

asimilando todo aquello.

Porque incluso entre ruinas, hambre y destrucción,

existían heridas peores que un disparo o una explosión.

La madrugada fue muriendo detrás de las ventanas,

mientras el cielo gris comenzaba a anunciar la mañana,

y Foster comprendió observando las calles desiertas…

que quedarse un minuto más equivalía a una condena.

“Debo irme antes que comiencen a sospechar”,

murmuró ajustándose el abrigo militar,

porque ayudar a Beaumont ya no era compañerismo…

era cavar su propia tumba en el conflicto.

Entonces Beaumont lo siguió fuera del edificio abandonado,

mientras el viento helado recorría los callejones mojados,

y ambos caminaron sin rumbo bajo el amanecer sombrío…

como dos fantasmas sobreviviendo entre los escombros del camino.

Durante unos segundos ninguno logró hablar,

porque existen dolores imposibles de nombrar,

y la guerra les había arrancado demasiadas cosas…

juventud, amigos, hogares y personas.

Ahora sólo quedaban dos hombres rotos bajo el amanecer,

intentando comprender cómo seguían puestos en pie,

como si sobrevivir después de tanto horror y sufrimiento…

fuera mucho más difícil que morir en el intento.

Entonces Beaumont rompió finalmente el silencio,

observando la lluvia morir sobre el pavimento,

y con una voz cansada, quebrada y vacía…

murmuró mirando el amanecer que nacía.

“Creo que después de veintinueve años sobreviviendo al dolor…

por primera vez encontré una razón para no desear morir hoy,

tantas noches le rogué al cielo que terminara conmigo…

y ahora quiero aferrarme a esta absurda necesidad de seguir vivo.”

Foster lo observó en silencio claramente impactado,

como si jamás hubiera imaginado escucharlo hablar así de algo,

y Beaumont volvió a murmurar con tristeza contenida…

“Esa chica… Adler…

creo que es la única luz que encontré en toda mi vida.”

Pero Foster negó inmediatamente con desesperación,

“¿acaso perdiste completamente la razón?”,

gruñó apretando los dientes cargado de preocupación.

“Si alguien descubre quién es realmente esa muchacha…

vendrán a torturar a todos los que estén cerca de ella hasta quebrarles el alma,

la usarán como rehén para negociar con el enemigo…

porque el odio en tiempos de guerra jamás conoce límites.”

“Y tú…” continuó señalándolo con visible frustración,

“ya eres considerado un traidor dentro del pelotón,

la noticia seguramente comenzó a correr esta madrugada…

y van a buscarte como perros hambrientos entre la nada.”

“Así que aléjate de esa chica y toma el camión,

huye antes de que terminen colgándote por traición,

porque si ella despertó en ti ganas de seguir viviendo…

entonces desaparece y deja que continúe sobreviviendo.”

“Adler jamás abandonará a esos viejos olvidados,

aunque el mundo entero termine derrumbándose a su lado,

y tú…” dijo alzando la voz cargado de rabia y dolor,

“eres un hombre destruido caminando hacia el horror.”

“¡Mírate Beaumont!” gritó perdiendo finalmente la calma,

“apenas puedes mantenerte en pie sosteniendo tu propia espalda,

¿de verdad crees que eres lo bastante fuerte para escapar…

cargando tres vidas más mientras apenas logras caminar?”

“Estás más cerca de la tumba que de una vida distinta…

deja de perseguir esperanzas imposibles

antes que te destruyan la poca cordura que te queda.”

Beaumont permaneció callado escuchando cada palabra,

mientras el frío amanecer los empapaba,

y cuando Foster terminó descargando toda su rabia contenida…

él simplemente desvió la mirada con tristeza.

Luego se acercó sosteniendo el bastón,

mientras la lluvia golpeaba los charcos del callejón,

y con una voz tan baja que casi murió con el viento…

pronunció aquellas palabras cargadas de sufrimiento.

“Vete de aquí Foster…

sé que me traicionaste aquel verano.”

El otro hombre quedó inmóvil perdiendo la respiración,

como si alguien acabara de abrirle el pecho de un tirón,

porque existen verdades que jamás logran enterrarse…

y tarde o temprano terminan regresando para destrozarte.

“Intenté olvidarlo durante años para no destruirte…

intenté convencerme de que jamás podría culparte,”

murmuró Beaumont con la voz cansada y distante,

“pero aquel disparo que atravesó mi espalda era para alcanzarte.”

“Me empujaste por reflejo…

y fui yo quien terminó cayendo.”

Foster sintió quebrarse algo dentro del pecho,

mientras Beaumont levantaba la vista hacia el cielo deshecho.

“No te preocupes… no estoy reclamándote nada,”

dijo con una calma muchísimo más dolorosa que la rabia,

“pero lo que haga de aquí en adelante con mi vida…

ya no es asunto tuyo, ni de nadie más"

Foster bajó la mirada hacia el suelo mojado,

como un hombre finalmente derrotado por su pasado,

y sin encontrar palabras para enfrentar aquella verdad…

simplemente se dio media vuelta y echó a marchar.

Caminó bajo la lluvia hasta alcanzar el viejo camión,

mientras el motor rugía rompiendo el silencio del callejón,

y arrancó perdiéndose entre la niebla del amanecer…

sin atreverse siquiera una última vez a volver.

Beaumont permaneció inmóvil observando la distancia,

mientras el frío consumía su espalda,

y cuando intentó regresar hacia la azotea abandonada…

escuchó una voz conocida que venía desde atrás.

Adler permanecía quieta bajo la lluvia y el viento,

mirándolo con aquel sarcasmo triste de siempre entre los labios secos,

y soltó una pequeña risa cargada de ironía…

“No necesito que vengas a salvarme la vida.

Tampoco pienso ir contigo mientras huyes de la guerra perdida,”

murmuró cruzándose de brazos con falsa tranquilidad,

“será mejor que desaparezcas… eres un peligro ambulante en esta ciudad.”

Beaumont la observó unos segundos sin responder,

como alguien demasiado roto para saber qué hacer,

hasta que finalmente habló con la voz hecha pedazos…

“Entonces… regálame un abrazo.”

Adler frunció ligeramente la mirada sorprendida,

como si jamás hubiera esperado escuchar algo así en su vida,

y Beaumont desvió los ojos ocultando el temblor…

“No recuerdo la última vez que sentí calor humano alrededor.”

Por un instante la lluvia pareció guardar silencio,

mientras el amanecer moría sobre los techos,

y Adler terminó acercándose despacio hasta abrazarlo…

como si ambos compartieran el mismo cansancio.

Entonces Beaumont terminó quebrándose en silencio entre aquellos brazos, dejando escapar lágrimas enterradas durante demasiados años… y la lluvia parecía esconder el temblor de sus labios.

“Gracias…” murmuró apenas conteniendo el llanto, “gracias por existir en medio de todo este espanto.”

Pero Adler lo apartó hacia atrás, frunciendo el ceño con evidente incomodidad, como alguien poco acostumbrado a la ternura… o demasiado rota para soportarla.

“¿Por qué demonios estás llorando?” preguntó con ironía seca, “sigues vivo… eso ya es más suerte de la que muchos conservan.”

Beaumont soltó una pequeña risa avergonzada,

mientras ocultaba el temblor desviando la mirada,

y Adler giró los ojos hacia las calles silenciosas…

donde la mañana comenzaba a pintar las baldosas.

La noche se marcho sobre la ciudad,

dejando entrar un cielo dorado entre la humedad,

mientras el sol asomaba tibio sobre los tejados…

como si el mundo olvidara por un instante a los soldados.

“Vamos a caminar,” murmuró con ironía,

“los viejos estarán bien cuando despierte el nuevo día,

además…” soltó encogiéndose apenas de hombros,

“te conozco hace menos de un día… y ya pareces romperte a pedazos.”

Beaumont bajó la mirada intentando ocultar la vergüenza,

mientras Adler sonreía con aquella cruel delicadeza.

“Qué hombre tan débil resultaste ser después de todo…

aunque supongo que eso te hace menos monstruo que otros.”

Aquella burla extrañamente consiguió hacerlo reír,

y terminó siguiéndola calle abajo entre la niebla…

Pero antes de avanzar demasiado entre las calles vacías, Adler volvió a detenerse observando el uniforme militar que llevaba encima, y soltó una carcajada pequeña cargada de sarcasmo mordaz…

“¿Piensas caminar vestido así por toda la ciudad?

Claro… quizá también quieras colgar un cartel diciendo: ‘hola, soy el fugitivo que están intentando fusilar'"

Beaumont bajó la mirada hacia el uniforme prestado, como alguien demasiado cansado para haberlo pensado, y Adler comenzó a caminar señalando la avenida…

“Vamos. Conozco una tienda de ropa usada cerca de la salida.”

Eran casi las nueve de la mañana cuando llegaron finalmente, a un pequeño local olvidado entre comerciantes, mientras rebuscaban entre prendas desgastadas por el tiempo… Beaumont comenzó a cambiarse en silencio.

Probó camisas viejas, abrigos y pantalones rotos, movimientos simples que para él parecían monstruos, porque cada vez que levantaba los brazos o giraba el cuerpo… un dolor brutal atravesaba su espalda y sus huesos.

Adler lo observó discretamente desde la distancia, notando el esfuerzo escondido detrás de cada maniobra, hasta que sus ojos se detuvieron sobre una enorme cicatriz… cruzándole la espalda como una grieta difícil de describir.

Entonces se acercó sin decir absolutamente nada, y rozó apenas aquella marca mal cerrada, pero en cuanto sus dedos tocaron la piel destruida… Beaumont cayó de rodillas ahogando un grito de agonía.

El bastón golpeó violentamente contra el suelo, mientras el dolor le atravesaba las vértebras y el cuello, y Adler retrocedió sobresaltada por la escena…

“¿Qué demonios te pasa?” preguntó con evidente preocupación sincera.

Pero Beaumont soltó una risa torcida cargada de sufrimiento,

mientras intentaba reincorporarse.

“No es nada… sólo que mi espalda está hecha pedazos desde hace tiempo.”

Aquella respuesta le dejó un extraño peso en la mirada, como si de pronto comprendiera mejor la situacion de Beaumont, y terminó ayudándolo a levantarse en silencio… acomodándole el abrigo con movimientos lentos.

Cuando finalmente abandonaron la tienda entre el bullicio del mercado, notaron soldados recorriendo las calles y preguntando por un hombre joven con bastón,

describiendo exactamente el rostro de Beaumont…

como cazadores persiguiendo a su presa

Adler observó la escena apenas un instante, y luego soltó otra de sus bromas arrogantes,

“Definitivamente necesitas una boina que te cubra esa cara, o terminarán colgándote antes de llegar a la próxima cuadra.”

Compraron lo necesario con las pocas monedas restantes, y mientras Beaumont contaba el dinero intentando aparentar calma, Adler comprendió enseguida lo evidente…

“Estás completamente quebrado, ¿verdad?” preguntó soltando una sonrisa ladina,

mientras él escondía las monedas con evidente ruina,

“vamos al mercado… quizá alcance para unas cuantas manzanas,

y si el destino coopera y tú te arriesgas… hasta le robamos unas naranjas a la mañana.”

Y por primera vez en muchísimo tiempo bajo la calida mañana…

Beaumont volvió a reír olvidando el peso de su desgracia.

Caminaron entre puestos repletos de frutas y voces, mientras el sol del mediodía comenzaba a romper las nubes, y para Beaumont aquella escena parecía irreal… como arrancada de algún viejo libro imposible de olvidar.

Porque después de años sobreviviendo entre cadáveres y fuego… descubrió felicidad en algo absurdamente pequeño, unas frutas baratas, pasos lentos y una conversación sencilla… como si la vida pudiera esconderse todavía entre las ruinas.

Y aquella simpleza le dolió más que cualquier herida…

porque comprendió lo efímero y frágil de aquella alegría compartida.

Compraron apenas lo que alcanzaba con las monedas, y mientras abandonaban la plaza llena, Adler lanzó otro comentario cargado de ironía mordaz…

“¿Vas a hablar conmigo… o planeas llorar una vez más?”

Beaumont negó soltando una risa pequeña, y continuó caminando junto a ella

aunque cada paso comenzaba a destrozarle lentamente la espalda…

mientras el dolor le trepaba desde la cadera hasta el alma.

Aunque el dolor comenzaba a destrozarle la cadera,

Beaumont continuó siguiéndola sin pronunciar una queja siquiera,

porque después de tantos años arrastrándose entre la guerra…

aquella tarde junto a Adler se sentía extrañamente buena.

Cada paso le quemaba la espalda como hierro al rojo vivo,

y el bastón apenas conseguía mantenerlo erguido,

pero aun así siguió avanzando bajo la calidez del día…

como un hombre dispuesto a soportarlo todo por un poco de alegría.

Caminaron durante horas alejándose de la ciudad,

dejando atrás los gritos, el barro y la hostilidad,

hasta llegar finalmente junto a un viejo puente escondido…

donde el río parecía arrastrar lejos todo lo vivido.

Y al contemplar aquella calma lejos del pueblo y la guerra…

Beaumont sintió por primera vez ganas de no volver jamás a aquella tierra.

Se sentaron sobre el muro contemplando la corriente,

mientras el agua corria suavemente bajo el puente,

y compartieron las manzanas junto a las pocas naranjas…

como dos niños olvidándose por un momento de sus desgracias.

A veces hablaban…

A veces el silencio reinaba,

Entonces Adler levantó apenas una mano con sutileza,

mientras una pequeña sonrisa aparecía con delicadeza.

“Shhh… guarda silencio.”

Beaumont frunció el ceño mirando alrededor confundido…

hasta que comenzó a escuchar el agua, las aves y el río,

y por primera vez en muchísimo tiempo el mundo se sintió distinto…

como si todavía existiera belleza lejos del conflicto.

El río golpeaba suavemente bajo el puente escondido,

mientras Adler contemplaba el agua perderse en el vacío,

y durante algunos segundos guardó absoluto silencio…

como alguien intentando ordenar demasiados recuerdos.

“Escuché parte de lo que hablaste con la anciana,”

murmuró finalmente con la mirada cansada,

“así que supongo que ya conoces algunos fragmentos…

de este desastre miserable al que todavía llamo recuerdos.”

Soltó una pequeña risa seca cargada de desgano,

mientras apoyaba los brazos sobre el concreto agrietado,

“aunque supongo que puedo contarte el resto de mi vida…

si todavía soportas seguir sentado junto a esta chica destruida.”

Beaumont permaneció callado observando su expresión,

como si incluso respirar pudiera romper la conversación,

y Adler desvió los ojos hacia el cielo nublado…

antes de continuar hablando con el corazón cansado.

“Nací siendo la hija mayor de un coronel miserable,

un hombre tan monstruoso que el infierno le queda amable,

y si algún día la guerra decide no destruirle la existencia…

probablemente termine sonriendo frente a todos desde la política.”

“Crecí rodeada de bunkers, soldados y mansiones enormes,

banquetes absurdos mientras afuera la gente moría de hambre,

y mi madre…” murmuró dejando escapar una sonrisa vacía,

“era una mujer demasiado rota para escapar de aquella vida.”

“Intentó huir antes de quedar embarazada de mí…

pero terminé convirtiéndome en la cadena que la obligó a seguir,

y después llegaron mis hermanos… la luz de los ojos de aquel asesino…

mientras yo sólo era un error caminando entre pasillos fríos.”

“Ellos jamás cuestionaron la sangre ni el dinero,

les encantaba vivir protegidos dentro de aquel infierno,

pero cuando descubrí quién era realmente mi padre…

quise desaparecer para jamás volver a nombrarle.”

“Intenté escapar a los diecinueve,” murmuró observando la corriente,

mientras el río continuaba avanzando indiferente,

“y él me encerró durante dos años completos…

como si el simple hecho de existir ya fuera un defecto.”

Beaumont sintió un peso extraño oprimiéndole el pecho,

mientras Adler continuaba relatando aquellos recuerdos,

“vivía encadenada en un sótano bajo aquella casa…

como un animal demasiado incómodo para enseñarlo frente a las visitas.”

“Y las únicas veces que lograba ver la luz del día…”

murmuró bajando la vista herida,

“era cuando mi madre me llevaba esposada hasta el jardín…

vigilada como un monstruo incapaz de huir.”

Soltó entonces una carcajada vacía y quebrada,

observando las cicatrices perdidas sobre sus manos maltratadas,

“qué vida tan ridícula, ¿no crees?” preguntó con ironía amarga,

“todo por no querer compartir apellido

con un hombre que disfruta las masacres y las balas.”

“Lloraba todos los días,” continuó con la voz muchísimo más baja,

“la ansiedad lentamente me destrozaba el alma,

hasta que una noche mi madre me encontró tirada en el suelo…

respirando apenas como alguien deseando no seguir despierto.”

El viento atravesó el puente arrastrando el silencio,

mientras Beaumont permanecía inmóvil escuchando atento,

y Adler dejó escapar un suspiro cansado antes de continuar…

como si todavía le doliera demasiado recordar.

“Entonces hizo algo que jamás imaginé,”

murmuró perdiendo los ojos sobre el atardecer,

“abrió las cadenas… y simplemente dijo: ‘lárgate.’”

Una sonrisa rota apareció apenas sobre sus labios,

aunque sus ojos continuaban perdidos y apagados,

“me dijo que probablemente mi padre terminaría asesinándola…

pero que llevaba demasiado tiempo muerta entre aquellas paredes vacías.”

“Así que corrí,” murmuró sintiendo temblar la respiración,

“corrí sin comida, sin destino y sin dirección,

como un perro abandonado huyendo de los disparos…

intentando sobrevivir aunque el mundo estuviera destrozado.”

Guardó silencio unos segundos contemplando la corriente,

hasta que volvió a hablar con la voz fría y distante,

“de algunas cosas no me siento orgullosa realmente…

pero la guerra obliga a sobrevivir incluso cuando la vida

deja de importarte.”

“Hay miserias que un sentimental como tú no entendería,”

murmuró observándolo con una ironía dolida,

y Beaumont dejó escapar una pequeña risa negando aquella afirmacion

“¿De verdad crees que soy un santo o alguna clase de mártir?”

preguntó apoyándose en el bastón antes de sonreír,

“Adler… tengo veintinueve años encima…

y llevo demasiado tiempo pudriéndome en esta vida.”

“Mientras tú escapabas intentando sobrevivir cada día…

yo aprendía distintas maneras de destruir vidas ajenas,”

murmuró desviando los ojos hacia el río…

como alguien todavía atrapado dentro de su propio mundo.

“¿Sabes lo que significa cerrar los ojos por las noches…

y seguir viendo cadáveres incluso después de dormir?”

Su voz perdió el sarcasmo y la dureza…

dejando únicamente agotamiento y tristeza.

“Siempre soñé con convertirme en piloto,”

murmuró apenas sonriendo frente al río,

“pero terminé enlistándome después de que una bomba destruyera mi hogar…

y con él a toda la familia que alguna vez tuve para amar.”

“La rabia me convirtió en exactamente lo que necesitaban,

un joven roto lleno de odio y ganas de venganza,

así que me enviaron a los peores campos de entrenamiento…

hasta ser parte del horror y el sufrimiento.”

“Recorrí pueblos enteros caminando entre cuerpos y destrucción,

convenciéndome de que matar aliviaría el dolor,

dormía con prostitutas intentando olvidar mi miseria…

pero la depresión seguía esperándome al despertar cada mañana.”

“Y entonces conocí pilotos cerca de las montañas del sur…”

murmuró con nostalgia suavizando la voz y la actitud,

“ellos me enseñaron a volar… y por primera vez en la vida…

sentí algo parecido a la libertad sobre las nubes y la brisa.”

“Como un ave,” murmuró apenas sonriendo,

“como si únicamente el cielo lograra callar mis pensamientos,

y me ofrecieron quedarme luchando desde las alturas…

pero fui demasiado idiota para abandonar a mi patrulla.”

Adler giró ligeramente la cabeza observándolo con atención,

“¿y Foster?” preguntó apoyándose sobre el viejo muro del puente en tensión.

Beaumont dejó escapar una risa amarga,

“No se como sigue vivo la desgracia siempre nos perseguía.”

“Nuestro pelotón era un desastre consumido por mentiras,

no te dejes engañar por actos ocasionales de cortesía,

Foster siempre fue un hombre gobernado por la codicia…

y tarde o temprano terminó pudriéndose en su propia envidia.”

“Llegamos a una zona donde todo comenzaba a desaparecer,

provisiones, comida… incluso las ganas de obedecer,

y una noche Foster comenzó a pelear por raciones robadas…

como un perro hambriento perdiendo completamente la calma.”

“Estaban a segundos de matarse frente al campamento…

así que intenté intervenir creyéndome algún héroe idiota en el momento,

pero lo único que sentí después…” murmuró tocándose la cadera herida,

“fue una bala atravesándome la vida.”

Adler bajó la mirada hacia el bastón,

mientras Beaumont contemplaba el río en medio de su relato,

“después todo se volvió gritos, golpes y confusión…

mientras el enemigo avanzaba devorando la posición.”

"Los soldados rivales comenzaron a golpearme en el suelo…

destrozándome la espalda mientras yo perdía el conocimiento,

jugaron con mi cuerpo creyendo que ya estaba muerto…

y honestamente… quizá habría sido mejor aquello.”

El río siguió avanzando bajo el viejo puente oxidado,

indiferente al dolor de aquellos recuerdos desgarrados,

y Beaumont dejó escapar una sonrisa triste…

como alguien incapaz de entender todavía su propia vida.

“Cuando desperté estaba dentro de una unidad médica,

un granjero me encontró respirando entre la maleza,

y me arrastró hasta un campamento lejos del conflicto…”

Luego observó el horizonte perdiéndose detrás del campo,

y murmuró casi en silencio con los ojos perdidos:

“No sé por qué sobreviví aquella vez…

lo único que sé… es que ahí no me tocaba caer.”

Adler tomó su mano sin apartar la mirada,

y murmuró con una sonrisa finalmente sin ironía:

“Entonces huyamos hasta donde aguante la vida,

seamos traidores... pero no otra tumba perdida.”

Nicolas Olarte

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