En la tos de mi padre habita una sinfonía
orquestada por su lúgubre costumbre
de vivir envuelto en las penas.
La tos de mi padre es un cielo muerto
en el que sus pulmones perdieron las nubes,
nubes tóxicas, grises y siniestras,
que desesperadas escapan de su boca
como palomas que huyen del jardín
ante el estallido del disparo.
Esta mañana encontré un cenicero repleto de angustia,
un verdadero cementerio de ceniza
del que ningún fénix surgirá
sólo quedan hedores a tabaco en la casa,
una casa gris de luto postergado
en la que ya no puedo vivir.
Mi padre toma el último cigarro del atado,
y sólo espero que ese disfraz de dolor
se consuma ante las llamas de la poesía,
ante el fuego eterno de mis versos;
hay un asesino en el armario
de los miedos de mi infancia.
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