Hoy vuelvo a escribirte desde este abismo,
donde el silencio es casi un espejismo.
He caminado en círculos dentro de mí,
intentando entender lo que queda aquí.
El vacío no grita, pero sí respira,
como un huésped extraño que nunca se retira.
Al principio, luché por hacerlo callar,
pero aprendí que no todo se puede negar.
Es curioso cómo el dolor se asienta,
y aunque duele, en su calma te alimenta.
He descubierto en sus pausas un lugar,
un espacio donde tal vez pueda empezar.
Porque, aunque el vacío me parezca cruel,
he visto cómo su oscuridad guarda miel.
Dentro de él, las preguntas nacen,
y en sus respuestas, mis miedos se deshacen.
Tal vez la felicidad no es un puerto seguro,
quizás es un ave que cruza el muro.
Viene y se va, ligera como el viento,
dejando en su ausencia el eco del intento.
Y me doy cuenta de algo, aunque tarde:
el vacío también es un arte.
Un lienzo oscuro donde puedo trazar
los restos de lo que fui y lo que quiero hallar.
Así que aquí estoy, escribiéndote de nuevo,
con las manos temblando y el corazón sincero.
No puedo prometer que volverá la chispa,
pero sí que el vacío ya no será mi ruina.
Porque, en su vastedad, también hay vida,
en su aparente muerte, algo germina.
Y si la felicidad regresa, no la retendré,
dejaré que venga y se vaya como debe ser.
Hoy no soy quien era cuando empecé a escribir,
pero en esta penumbra, aprendo a vivir.
El vacío ya no es sólo un peso,
es un espacio abierto, un eterno regreso.

Onírico
Soy el lector omnisciente que teje historias en la penumbra de los sueños, donde todo se revela sin palabras, solo en miradas y silencios.
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