El peronismo que puede ganar en 2027 es de derecha
Apr 21, 2026

El peronismo que puede ganar en 2027 es de derecha
Ignacio Uriel Galetto Rodríguez
I. El bosque que taló Milei
A los peronistas, hoy, no les interesa el nombre. Les interesa cómo volver. Y la pregunta sincera que se hacen, aunque no la digan en voz alta en los actos, no es "¿quién es el mejor candidato?", sino "¿qué tipo de peronismo puede ganarle a Javier Milei en 2027?". Son dos preguntas distintas, y confundirlas es garantía de derrota.
La tesis de este ensayo es directa: el peronismo del 27 no gana ni volviendo a la izquierda ni corriéndose tibiamente al centro. Gana siendo, por primera vez en su historia reciente, un peronismo de derecha que le dispute a Milei el mismo terreno ideológico. No porque la derecha sea virtuosa en abstracto, sino porque ahí está el electorado que hace falta para llegar al 45%. Un peronismo que acepte el ajuste ya consumado, defienda los pilares mínimos de la vida digna que la extrema derecha quiso demoler, y se presente unificado — de Grabois a Moreno, de Massa a Kicillof — bajo una conducción pragmática.
La metáfora que resume todo esto es simple. Había que talar un bosque. Ese bosque — el Estado deficitario crónico, la inflación estructural, la patria contratista, el empleo público inflado, el déficit fiscal permanente — nadie podía talarlo sin pagar un costo político descomunal. Cuarenta años de democracia argentina no lo pudieron hacer. Alfonsín lo intentó y terminó entregando el poder seis meses antes. Menem lo hizo de manera desprolija y dejó una economía atada con alambres. De la Rúa intentó sostenerlo y voló por los aires. Macri quiso con gradualismo y perdió el Congreso primero y la presidencia después. Nadie, en cuarenta años, pudo contra el bosque.
Milei lo está talando. Con motosierra, con errores, con crueldad innecesaria en algunos frentes, con aciertos fiscales innegables en otros. Lo está haciendo. Y lo está pagando: el 63% de imagen negativa que registra Opina Argentina en abril de 2026, la caída de 13 puntos porcentuales desde enero, el empate técnico con el peronismo en intención de voto (31% a 32%), y el 53% de desaprobación en Córdoba —su propio bastión— según la consultora Zentrix, son la medida exacta del costo político que está abonando.
Ese costo político ya es irreversible. Milei pagará, con su imagen destruida, el precio de la obra. Y acá aparece la oportunidad estratégica más grande que el peronismo ha tenido en veinte años: el peronismo que vuelva en 2027 no va a tener que talar el bosque. Va a heredar el terreno limpio. Solo va a tener que administrar lo que queda, reconstruir lo esencial de lo que se rompió en el proceso, y ofrecer un rostro humano a un país que estará, para entonces, cansado de crueldad gratuita.
Esa es la apuesta. Y para hacerla hay que tener el coraje intelectual de reconocer que el peronismo ganador de 2027 no se parece al peronismo militante de 2015. Se parece, más bien, al peronismo pragmático de sus mejores momentos: el del 73 que disciplinó a su propia izquierda, el del 90 que privatizó sin romperse, el del 2003 que pagó al FMI sin hacer escándalo. El peronismo que administra, no el peronismo que milita.
II. Por qué este es el momento exacto
Tres variables convergen hoy, en abril de 2026, de una manera que el peronismo no puede desperdiciar.
La primera es la caída acelerada de Milei. No cayó del todo, todavía conserva un núcleo duro del 35% que lo sigue bancando, y tiene tiempo — un año y medio — para intentar recuperar. Pero la pendiente es inequívoca. De un 48% de imagen positiva en enero de 2026 pasó al 35% en abril. Perdió 13 puntos en tres meses. Su jefe de Gabinete está siendo evaluado por debajo de opositores. Tres dirigentes opositores (Kicillof, Bregman, Cristina) lo superan ya en imagen personal. Córdoba, la provincia donde Milei había arrasado con el 74% en 2023, hoy lo desaprueba con un 53%. La realidad del ajuste, cuando deja de ser promesa y se vuelve bolsillo vacío, erosiona a quien lo ejecuta. Siempre.
La segunda es que el peronismo está, por fin, obligado a replantearse. La interna Cristina–Kicillof–Massa no es un capricho de egos, aunque lo parezca en las crónicas diarias. Es una disputa estructural sobre qué peronismo puede volver. Kicillof representa la apuesta de renovación generacional con perfil socialdemócrata moderado. Cristina representa la conducción histórica kirchnerista con su núcleo duro leal. Massa representa el pragmatismo tecnocrático de gestión con llegada al empresariado. Ninguno de los tres, por sí solo, alcanza. Pero sumados, si pudieran estarlo, cubrirían un espectro enormemente amplio del tablero electoral argentino.
La tercera es la vacancia del centro-derecha pragmático. El PRO se autoinmoló cuando Macri y Bullrich se subieron al barco de Milei en noviembre de 2023, convirtiéndose en apéndice de La Libertad Avanza en lugar de mantener identidad propia. El radicalismo está fragmentado y sin liderazgo nacional visible. Juntos por el Cambio, como coalición, ya no existe. Hay un espacio enorme, electoralmente hablando, entre el libertarismo mileísta y el peronismo ortodoxo kirchnerista. Ese espacio hoy no tiene dueño. El peronismo, si se anima, puede ocuparlo.
Cuando tres condiciones así se alinean — caída del oficialismo, obligación de replantearse en la oposición, y vacancia del centro-derecha — se abre una ventana histórica. Las ventanas históricas duran poco. Se abrió la de 2001 para Kirchner y la aprovechó. Se abrió la de 2015 para Macri y la aprovechó a medias. Se abrió la de 2023 para Milei y la aprovechó con ferocidad. Ahora se está abriendo la de 2027. La pregunta es si el peronismo tiene la cintura para cruzarla.
III. Derecha contra extrema derecha: el posicionamiento
Acá está el corazón estratégico del argumento, y hay que formularlo con precisión porque la diferencia de matices define la elección.
Milei ocupa el extremo del tablero. No es derecha conservadora, no es liberalismo clásico: es anarcocapitalismo operativo, con todo lo que eso implica en términos de ataque frontal a cualquier institución que represente lo colectivo. Universidad pública, salud pública, ciencia, cultura, jubilaciones, obra pública, ferrocarriles, YPF: todo lo que huele a Estado es enemigo ideológico. Esa radicalidad le sirvió para ganar en 2023 contra un peronismo agotado. Pero tiene un techo. Y el techo se está mostrando, con bastante claridad, en estos números de abril.
Una parte importante del electorado que votó a Milei en 2023 quería ajuste, pero no quería que se cerrara el Hospital Garrahan, ni que la UBA dejara de recibir fondos, ni que los jubilados perdieran la compra de medicamentos, ni que el interior se quedara sin rutas. Ese electorado, hoy, está huérfano. No vuelve al kirchnerismo porque ya lo rechazó. No se queda con Milei porque le está destruyendo cosas que no quería destruir. Y no tiene, en el tablero actual, una tercera opción clara.
Ahí es donde el peronismo tiene que plantarse. No para volver al Estado grande — eso ya lo rechazó el electorado y sería un suicidio electoral proponerlo — sino para disputarle a Milei la agenda desde la derecha pragmática. El discurso, formulado directamente, sería algo así: "el ajuste era necesario, el equilibrio fiscal es innegociable, la motosierra hizo falta. Pero Milei se pasó de rosca. Destruyó cosas que no había que destruir. Nosotros garantizamos que el Estado mínimo funcione bien — porque un Estado mínimo que funciona mal es peor que un Estado grande que funciona mal —, defendemos la universidad pública, la salud pública, las jubilaciones dignas, la seguridad, y las rutas. Pero no volvemos a los ministerios inflados, al empleo público como planero, ni al déficit descontrolado."
Esta es la tesis clave del ensayo: si el peronismo le compite a Milei desde la derecha, hoy la universidad pública estaría financiada. Porque la extrema derecha solo cede cuando tiene un competidor en su mismo terreno. Si el único que le habla al trabajador es el kirchnerismo clásico con discurso estatista, Milei arrasa. Si aparece un peronismo que dice "ajuste sí, pero no cualquiera", Milei tiene que moderarse o perder votos por el centro.
Y hay algo más profundo en esta operación. La derecha pragmática peronista no es una traición al movimiento. Es la forma específica que el peronismo adopta cuando gobierna en serio, desde Perón hasta Massa. El peronismo militante es para ganar elecciones internas. El peronismo pragmático es para ganar elecciones generales. Y 2027 es, inequívocamente, una elección general.
IV. La unificación multicolor
Hay una ley no escrita de la política argentina moderna: el peronismo gana cuando es ancho, no cuando es profundo. Los datos de los últimos cuarenta años lo confirman con monotonía.
En 1973, Perón vuelve con Cámpora adentro, con López Rega adentro, con Montoneros tolerado en los márgenes, con la CGT ortodoxa adentro, con el empresariado nacional adentro, con la derecha peronista y la izquierda peronista conviviendo bajo el mismo paraguas. Gana con el 62%. En 1989, Menem gana la interna contra Cafiero y después arma una coalición enorme que incluye desde el sindicalismo ortodoxo hasta la UCeDé de Alsogaray. Gana la presidencia. En 2003, el peronismo va fragmentado (Kirchner, Menem, Rodríguez Saá) y Kirchner entra con el 22%, al borde del fracaso. Cuando Néstor logra unificarlo hacia 2005-2007, Cristina gana con el 45% en primera vuelta. En 2011, peronismo unificado y transversal, 54%.
Cuando el peronismo se parte o se purifica ideológicamente, pierde. Cuando contiene a todas sus contradicciones bajo una conducción operativa, gana. Esto no es casualidad: el peronismo es, por definición, un movimiento policlasista que abarca desde el obrero industrial hasta el pequeño empresario pyme, desde el intelectual universitario hasta el intendente del conurbano. No puede ser ideológicamente puro sin dejar de ser peronismo.
Entonces la unificación para 2027 tiene que ser multicolor, no celeste. El celeste es el color del kirchnerismo puro, y el kirchnerismo puro es el piso electoral del peronismo, no su techo. El techo se alcanza sumando colores. Grabois adentro no porque sea ganador — no lo es —, sino porque contiene al votante que si no se va al Frente de Izquierda y ya no vuelve. Moreno adentro por el mismo motivo: retiene al peronismo nostálgico de los setenta. Massa adentro porque aporta el puente hacia el empresariado y la gestión tecnocrática. Kicillof adentro porque ganó la provincia de Buenos Aires con solvencia y tiene estructura propia. Los gobernadores del interior adentro, cada uno con su estilo: Uñac, Zamora, Jalil, Quintela, Insfrán. La CGT adentro. Las CTA adentro. Los movimientos sociales adentro. Y, si el ego lo permite, Cristina adentro — aunque sea en un rol simbólico que le reconozca el peso histórico sin darle el control operativo.
Ahora bien, la unificación sin conducción es populismo sin dirección, y eso también pierde. Acá viene la parte más difícil del planteo: la conducción efectiva, el vértice, el candidato, no puede ser militante. Tiene que ser un perfil de derecha pragmática. Uno que le hable al empresariado sin espantar al trabajador, que hable de equilibrio fiscal sin hablar de motosierra, que hable de seguridad sin caer en la demagogia punitivista, que hable de unidad sin entregarse a la vieja liturgia de la Cámpora. Ese perfil es el que gana 2027. Los otros — los Grabois, los Moreno, los Máximo Kirchner — tienen que estar en el Congreso, en las provincias, en los gabinetes, pero no en el vértice de la fórmula.
Perón hizo esto mismo en 1973 cuando puso a Cámpora primero, usó a la izquierda peronista para ganar la elección, y después los disciplinó para gobernar. Es una maniobra clásica del movimiento: usar a todas las alas para llegar, pero conducir con pragmatismo. Lo que en 2027 está en disputa es precisamente esto: si el peronismo puede volver a hacerlo, o si las internas del kirchnerismo lo van a partir definitivamente.
V. El problema del candidato
Aquí está el nudo no resuelto de la tesis, y conviene decirlo con honestidad: ninguno de los candidatos peronistas visibles hoy encarna del todo el perfil que este ensayo propone.
Kicillof, que es el principal precandidato según todas las encuestas y tiene el respaldo de la CGT, las dos CTA y muchos intendentes, arrastra sin embargo un problema identitario: es economista heterodoxo, ex ministro de Cristina, figura intelectualmente kirchnerista. Puede moverse al centro — y de hecho su gestión bonaerense muestra más pragmatismo del que su biografía sugeriría — pero le va a costar proyectar un perfil de derecha pragmática sin romper con su base. Además tiene la rebelión interna de los intendentes del conurbano, que lo ven prematuramente expulsivo, y la resistencia frontal de Cristina, que según Verbitsky apoyaría a cualquier otro candidato antes que a él.
Massa, que es el que más se acerca al perfil por trayectoria y estilo, arrastra el techo de 2023. Perdió siendo ministro de Economía en una elección que muchos consideraban ganable. Su imagen registra 34% positiva en las encuestas actuales, detrás de Kicillof y Cristina. Recuperarse de ese techo en un año y medio es posible pero difícil. Requiere construcción fina, aliados visibles y una ocasión política que lo relance.
Los gobernadores del interior — Uñac en San Juan, Zamora en Santiago del Estero, Jalil en Catamarca — tienen el perfil pragmático pero carecen de peso nacional. Son jugadores provinciales exitosos que no han demostrado capacidad de construir una candidatura federal. Podrían emerger si hay un proceso de internas abiertas, pero hoy no están en la conversación nacional.
Hay un cuarto escenario que las crónicas empiezan a mencionar tímidamente: un outsider peronista. Un intendente o gobernador joven, sin mochilas kirchneristas visibles, con gestión concreta y discurso moderado. Alguien que hoy no figura en las encuestas pero que podría emerger rápido si la maquinaria del PJ se ordena detrás de él. Este escenario es menos improbable de lo que parece. El peronismo tiene historia de sorpresas tardías: Kirchner era un desconocido nacional hasta quince meses antes de ganar la presidencia. Milei, del otro lado del espectro, también.
Lo que este ensayo no puede resolver — porque no tiene sentido que lo haga — es de dónde va a salir ese nombre. Lo que sí sostiene es que el peronismo no debería casarse tempranamente con un candidato de perfil militante (Kicillof en modo kirchnerista) ni con un candidato agotado (Massa 2.0). Debería abrir la competencia — una PASO, un consenso entre gobernadores, lo que sea — y dejar que el perfil de derecha pragmática emerja. Porque si el candidato no es ese perfil, por más que se unifique todo el peronismo, va a perder contra Milei o contra quien lo reemplace desde la centroderecha que seguramente va a reorganizarse antes de 2027.
VI. Los tres riesgos
Esta tesis tiene tres riesgos estratégicos que conviene nombrar con claridad, para que el lector sepa que no se formula ingenuamente.
El primer riesgo es la ruptura. Si el peronismo intenta correrse a la derecha, una parte de su militancia histórica — La Cámpora, los movimientos sociales duros, los intelectuales orgánicos del kirchnerismo — puede romper y armar su propia opción. Eso dividiría el voto opositor y facilitaría la reelección de Milei o el traspaso a su sucesor. Sería una versión aggiornada del error de 2003, cuando el peronismo fue partido y entró con el 22%. El desafío de la conducción sería, entonces, convencer a la militancia dura de que la moderación temporal es el único camino para volver, y que la pureza ideológica en la derrota no alimenta a nadie.
El segundo riesgo es la falta de credibilidad. Si el peronismo de pronto aparece hablando de equilibrio fiscal, elogiando lo que hizo bien Milei, y pidiendo el voto del empresariado, el electorado puede leerlo como oportunismo puro y no creerle. La credibilidad en política se construye con años, no con discursos. La manera de construirla es a través de los gobernadores peronistas que ya gobiernan con equilibrio fiscal (varios del interior lo hacen), a través de cuadros técnicos reconocidos en el mundo privado, y a través de declaraciones públicas que marquen el giro con suficiente anticipación como para que no parezca oportunista. Todo esto requiere empezar hoy, no en 2027.
El tercer riesgo es que Milei se recupere. Es improbable pero no imposible. Si la inflación baja del 2% mensual sostenido, si el crecimiento económico vuelve, si la imagen internacional de Argentina mejora, Milei puede remontar. Ya pasó con otros presidentes que tuvieron valles profundos y volvieron — el propio Menem hacia 1995, Cristina hacia 2011. En ese escenario, el peronismo necesitará no solo un candidato bueno, sino un proyecto alternativo concreto que no sea "somos como Milei pero menos malos". La derecha pragmática peronista tiene que tener contenido propio: ideas concretas sobre seguridad, sobre producción, sobre federalismo, sobre infraestructura, que la diferencien de la propuesta libertaria. Sin contenido propio, la derecha pragmática es solo oportunismo, y el oportunismo no se vota cuando la alternativa original está funcionando.
VII. Lo que esta tesis no dice
Antes del cierre, conviene ser explícito sobre lo que este ensayo no afirma.
No afirma que la derecha, en sí misma, sea la mejor opción para Argentina en términos de política pública. Afirma algo más modesto y más preciso: que para el peronismo, dada la configuración del tablero en 2026, el camino hacia la victoria en 2027 pasa por un posicionamiento de derecha pragmática. Es un diagnóstico estratégico, no un juicio moral.
No afirma que todos los aspectos del programa de Milei sean defendibles. Afirma que el ajuste ya hecho es un hecho consumado, y que intentar revertirlo completamente no es electoralmente viable, ni probablemente deseable en términos macroeconómicos. Lo que se puede discutir, y donde el peronismo puede diferenciarse, es cómo se administra el Estado mínimo resultante, qué servicios se preservan, qué equilibrio se busca entre mercado y protección social.
No afirma que el peronismo deba convertirse permanentemente en una fuerza de derecha. Afirma que para el momento 2027 —dada la oportunidad específica que abrió Milei al talar el bosque y pagar el costo político— la derecha pragmática es la posición ganadora. Después, ya en el gobierno, el peronismo haría lo que siempre hace: adaptarse a lo que la realidad le imponga.
Y no afirma que esta estrategia sea moralmente elevada. Es una estrategia de poder, fría, diseñada para volver. El peronismo se define a sí mismo, desde siempre, como un movimiento con vocación de poder. Si se toma en serio esa autodefinición, este es el camino. Si prefiere la pureza ideológica en la oposición, puede seguir ese otro camino; pero que no se queje después de seguir perdiendo.
VIII. Cierre
Estamos en abril de 2026. Milei tiene 63% de imagen negativa y empata técnicamente con el peronismo en intención de voto. El peronismo tiene una interna feroz entre Kicillof, Cristina y Massa, y no termina de encontrar un rostro para 2027. La centroderecha no peronista está desarticulada, absorbida por La Libertad Avanza o fragmentada en restos del PRO y la UCR. El país está cansado de crueldad gratuita, pero también cansado de la promesa del Estado grande que nunca cumplió.
Esta es, sin exagerar, la mejor oportunidad electoral que el peronismo haya tenido desde 2011. Tiene un adversario en caída libre, un tablero con un centro vacante, y un Estado ya ajustado por otro — con lo cual puede volver al poder sin pagar el costo del ajuste que siempre fue su mayor pesadilla.
La pregunta es si va a tener el coraje intelectual de agarrarla. Si va a ser capaz de abandonar las consignas de 2011, de moderar sus alas militantes, de construir una conducción pragmática, de hablarle al empresariado sin perder al trabajador, de defender la universidad pública sin reabrir ministerios inflados, de presentarse unificado en vez de fragmentado.
Porque el bosque ya lo taló Milei. El costo político ya lo pagó Milei. El desprestigio del ajuste ya lo absorbió Milei. Al peronismo, por primera vez en mucho tiempo, le toca la parte fácil: llegar, administrar, y ofrecer un rostro humano a un país agotado.
Solo tiene que hacer lo que siempre hizo cuando gobernó en serio: ser pragmático, ser ancho, ser conducido con firmeza, y no mentirle al pueblo sobre lo que se puede y lo que no. Si lo logra, vuelve. Si insiste en militar su propio duelo con el kirchnerismo puro, pierde otra vez.
El bosque está talado. Lo que falta decidir es quién camina primero por el terreno limpio. Y, por ahora, los que se ven caminando son los peronistas discutiendo entre ellos mientras Milei todavía manda la motosierra.
Tal vez, y solo tal vez, sea hora de dejar de discutir entre ellos y empezar a caminar.
Este ensayo forma parte del reto personal: 4 dias 4 ensayos — Continúa la línea de análisis iniciada en "Si el minarquismo es la evolución del peronismo".
Ignacio Uriel Galetto Rodriguez
🇦🇷 Cordobes en 🇪🇦 Betanzos ❤️ por el ☕️ Modelo '97 👨🎓Institucionalista Minarquista Republicano Improvisando hasta que encuentre mi sitio 🍮
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