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El peronismo del 27 tiene diagnóstico, pero no tiene cara.

Apr 22, 2026

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El peronismo del 27 tiene diagnóstico, pero no tiene cara.
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Sin rostro no hay retorno

Kicillof, Massa, Llaryora, Larreta: por qué el peronismo tiene diagnóstico pero todavía no tiene quien lo ejecute

Ignacio Uriel Galetto Rodríguez

I. La tesis que queda después del diagnóstico

En el ensayo anterior de esta serie argumenté que el peronismo del 27 tiene que ser multicolor, de derecha pragmática, y con el coraje intelectual de sumar incluso a quienes no son peronistas por origen. Sostuve que el costo político del ajuste ya lo pagó Milei, que el bosque está talado, y que queda un terreno limpio sobre el cual el peronismo puede volver al poder. Dije que esa es la mejor oportunidad electoral del movimiento desde 2011.

Todo eso sigue siendo cierto. Pero una tesis estratégica sin quien la ejecute es una tesis de biblioteca. La política se hace con personas, no con ensayos. Y acá aparece el problema incómodo que quiero enfrentar en este tercer ensayo del reto: el peronismo tiene diagnóstico, tiene estrategia, tiene hasta un mapa de candidatos disponibles. Pero hasta que no haya un rostro específico que encarne el diagnóstico y convierta la estrategia en campaña, no hay retorno posible. Sin rostro, no hay retorno. Por eso el título.

La pregunta urgente, entonces, es la siguiente: ¿tiene el peronismo, hoy, en abril de 2026, un rostro capaz de encarnar simultáneamente el posicionamiento de derecha pragmática, la unificación multicolor del movimiento, y la renovación generacional que el electorado está pidiendo?

La respuesta honesta, y este ensayo va a defenderla con todos los datos sobre la mesa, es que no lo tiene. Todavía. Y "todavía" es la palabra clave, porque la ventana para construirlo se está cerrando.

II. Por qué el multicolor es aritmética, no filosofía

Antes de entrar al mapa de nombres, conviene explicar por qué la unificación multicolor no es una preferencia estética ni una apelación sentimental al movimiento. Es aritmética electoral pura.

El peronismo, en su peor momento moderno, saca el 30% que sacó Massa en las generales de 2023. En su mejor momento moderno, el 54% que sacó Cristina en 2011. La diferencia entre esos dos números —veinticuatro puntos porcentuales— no se explica por carisma, no se explica por contexto económico, no se explica por casualidad. Se explica por amplitud del frente electoral.

Cristina 2011 contenía a todos: a Scioli y a Kicillof, a Moyano y a Yasky, a los intendentes del conurbano y a los gobernadores del norte, a los intelectuales orgánicos y al empresariado nacional pyme, a los movimientos sociales y a los sindicatos ortodoxos. Massa 2023 era un peronismo arrinconado en su propia militancia, con Cristina ausente, con la CGT dividida, con la gestión económica cuestionada desde adentro. La diferencia entre un peronismo amplio y uno estrecho son veinticuatro puntos. En términos prácticos, la diferencia entre ganar en primera vuelta y quedar fuera del balotaje.

Para ganar en 2027, el peronismo necesita recuperar algo cercano al 45% en primera vuelta, o llegar al balotaje con al menos un 35% y sumar transferencias favorables. Cualquiera de esos escenarios requiere multicolor. No hay manera matemática de llegar al 45% con solo el núcleo duro kirchnerista, que hoy tiene un techo del 32% según las encuestas más recientes de Opina Argentina. Los trece puntos faltantes —o los diez o los quince, según el escenario— solo pueden salir de sectores que hoy no están alineados automáticamente con el cristinismo: el peronismo del interior, el massismo tecnocrático, los intendentes pragmáticos del conurbano bonaerense, los gobernadores provinciales que negocian con Casa Rosada, y fragmentos del voto peronista histórico que se fue a Milei en 2023 y que hoy está disponible para volver.

El candidato del 27, por lo tanto, tiene que ser alguien que pueda hablarle a todos esos sectores sin ofender a ninguno. Una figura que los núcleos duros kirchneristas toleren —aunque no sea su favorito— y que los sectores periféricos puedan abrazar sin traicionar su propia identidad. Ese perfil es lo que acá llamamos "pragmatismo de derecha con envoltorio peronista". Y la pregunta siguiente es: ¿quiénes, de los nombres disponibles hoy, cumplen ese perfil?

III. El mapa de nombres disponibles

Vamos a revisarlos uno por uno, con frialdad.

Axel Kicillof es, hoy, el principal precandidato según todas las encuestas. Lidera la imagen positiva entre los opositores con 42%, por encima de Cristina y Massa. Acaba de regresar de una gira por España donde se mostró con Lula y Sheinbaum. Tiene el respaldo de la CGT, las dos CTA y un bloque importante de intendentes bonaerenses. Ganó su reelección con el 45% en la provincia en 2023 y gestionó con solvencia bajo presupuesto recortado. Su fortaleza es triple: tiene estructura propia, tiene gestión demostrable y tiene el ecosistema intelectual que lo respalda.

Pero Kicillof tiene tres problemas estratégicos serios. El primero es identitario: es economista heterodoxo, ex ministro de Cristina, figura indisolublemente ligada al kirchnerismo. Puede moverse al centro, y su gestión bonaerense muestra pragmatismo, pero proyectar nacionalmente un perfil de derecha pragmática desde esa biografía es casi imposible. El electorado no peronista no le va a creer el giro, y el núcleo duro kirchnerista lo va a acusar de traición si lo intenta. Es la doble pinza clásica.

El segundo problema es la interna con Cristina. Verbitsky lo dijo con claridad en abril: Cristina apoyaría a cualquier otro candidato peronista antes que a Kicillof. La relación está rota, y la Cámpora solo lo respaldaría "si Cristina lo pide" —condición que difícilmente se cumpla. Sin Cristina adentro o al menos neutral, Kicillof pierde al núcleo duro histórico, y ese núcleo es el piso que no se puede regalar.

El tercer problema es la rebelión de intendentes. En los últimos días del abril 2026, intendentes del conurbano bonaerense de la tercera sección se juntaron con Massa en San Vicente a considerar candidaturas alternativas. Le reprochan a Kicillof ser "prematuramente expulsivo" con su Movimiento Derecho al Futuro. Sin los intendentes bonaerenses, no hay máquina electoral peronista en el único distrito donde el peronismo sigue ganando. Y hoy Kicillof no los tiene alineados.

Sergio Massa es el que más se acerca al perfil de derecha pragmática por trayectoria. Habla con el empresariado, maneja la gestión tecnocrática, tiene vínculos internacionales, conoce el mercado. Su estilo moderado y negociador es exactamente el envase que la tesis de este ensayo y del anterior propone. Y está activo, moviéndose, articulando voluntades.

Pero Massa arrastra un lastre durísimo: perdió el balotaje de 2023 siendo ministro de Economía. Esa derrota es difícil de borrar. Su imagen personal registra 34% positiva en las encuestas actuales, detrás de Kicillof y Cristina. El electorado que dice "peronismo sí, Massa no" es consistente en todos los relevamientos. Recuperarse de ese techo en dieciocho meses es técnicamente posible pero requiere una reconstrucción fina: necesita aliados visibles que le presten credibilidad (Macri reposicionado, empresarios del círculo rojo, eventualmente un ex presidente no peronista que lo bendiga), y necesita un relato que le permita separarse del fracaso económico de 2023 atribuyéndolo a Alberto Fernández o a las circunstancias y no a su propia gestión. Es una operación compleja, pero Massa tiene la astucia táctica para intentarla.

Cristina Kirchner ya no es candidata presidencial viable. Su imagen positiva es 39% contra 61% negativa. Tiene limitaciones legales por sus condenas. Representa, en el imaginario público, el peronismo que se agotó. Su rol, a esta altura, solo puede ser simbólico: dar el visto bueno a un sucesor o vetarlo. Si lo que quiere es mantener el control del movimiento, va a bloquear a Kicillof y empujar a un candidato más controlable. Si lo que quiere es que el peronismo vuelva, va a tener que dejar que alguien con más llegada al centro lidere la fórmula. Hasta ahora, su conducta pública sugiere que prioriza lo primero sobre lo segundo, y eso es parte del problema estructural del peronismo hoy.

Los gobernadores del interior. Acá hay un grupo heterogéneo pero importante: Gerardo Zamora en Santiago del Estero, Raúl Jalil en Catamarca, Ricardo Quintela en La Rioja, Gildo Insfrán en Formosa, Osvaldo Jaldo en Tucumán. Todos ganaron sus provincias. Varios gobiernan con equilibrio fiscal. Todos tienen experiencia de gestión. Y, crucialmente, ninguno arrastra la mochila del kirchnerismo duro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pero casi ninguno tiene proyección nacional, y los que la tienen tampoco cubren el perfil completo. Zamora es un cacique tradicional, poco vendible como cara de renovación. Jalil negocia con Casa Rosada y tiene el litio como activo, pero carece de proyección. Insfrán ya gobierna hace treinta años, imposible venderlo como renovación. Jaldo es nuevo pero demasiado peronista clásico.

El nombre interesante en este grupo podría ser Sergio Uñac en San Juan, que tiene perfil moderado, llegada al empresariado minero y experiencia de gestión, pero la Corte lo inhabilitó para su tercer mandato provincial en 2023 y perdió peso. Otro nombre emergente es Ricardo Quintela, quien ganó la interna simbólica del PJ contra Cristina hace tiempo y viene posicionándose nacionalmente, aunque su estructura nacional es débil.

Los outsiders posibles. Hay un escenario, menos improbable de lo que parece, donde emerge un nombre nuevo. Podría ser un intendente del conurbano joven y pragmático (algunos mencionan a Federico Otermín de Lomas de Zamora o Juan Andreotti de San Fernando). Podría ser un ministro provincial que hoy no figura en encuestas nacionales. Podría ser un dirigente sindical moderado con perfil político. El precedente de Kirchner en 2003 —desconocido nacional que emergió en quince meses— muestra que es factible. El problema es que, por definición, no podemos nombrar hoy al outsider; solo podemos decir que el peronismo debería estar buscándolo activamente, y no lo está haciendo.

El caso Wado de Pedro merece mención aparte. Es joven, tiene vínculos con Cristina pero se ha ido autonomizando, tiene experiencia de gestión y estilo mesurado. Su problema es que carece de estructura propia: depende de la Cámpora, que no controla, y no tiene máquina electoral fuera de ese circuito. Aun así, es uno de los pocos nombres que podría funcionar como consenso entre Cristina y los gobernadores del interior.

Martín Llaryora: el cordobesismo como proyecto nacional. El gobernador de Córdoba representa la tradición política más consistentemente exitosa del peronismo contemporáneo. El cordobesismo construido por De la Sota desde 1998 y continuado por Schiaretti y ahora por Llaryora es, sin eufemismos, peronismo de derecha pragmática aplicado: orden fiscal, gestión profesional, buena relación con el empresariado, distancia del kirchnerismo duro, obra pública continua. Ocho elecciones consecutivas ganadas con ese modelo en una provincia tradicionalmente antiperonista. El propio Llaryora lo resumió en una frase: orden fiscal y seguridad por la derecha, educación y salud por la izquierda, política por el centro moderada y plural. Es, textualmente, el perfil que este ensayo propone.

Sus fortalezas son claras: estructura provincial consolidada, gestión demostrable bajo ajuste, narrativa ya construida que no requiere reinvención, perfil generacional joven, llegada al empresariado agropecuario e industrial. Sus debilidades también: hoy Llaryora prioriza su reelección provincial en 2027, no figura en la conversación nacional, y llevar el modelo cordobés a escala federal requiere enfrentar resistencias del kirchnerismo duro que en Córdoba nunca tuvieron peso. Pero si se dispusiera a dar el salto, sería probablemente el candidato con mejor relación entre perfil ideal y probabilidad de victoria en primera vuelta. Y si no lo da él, el modelo existe y es replicable: alguien puede encarnarlo incluso sin ser él.

Horacio Rodríguez Larreta: el candidato que el peronismo no se anima a imaginar. Larreta no es peronista por origen. Viene del PRO, gobernó dos veces la Ciudad de Buenos Aires, fue candidato presidencial en 2023 antes de ser derrotado en la interna por Bullrich. Desde el pacto Macri-Bullrich-Milei quedó políticamente huérfano: su propio partido se subordinó al mileísmo. Hoy es un dirigente sin estructura formal, pero con lo que más importa: perfil exacto al hueco electoral disponible. Gestión pragmática comprobada, llegada al empresariado, credibilidad técnica, moderación institucional, rechazo explícito al extremismo tanto kirchnerista como libertario, conocimiento profundo del conurbano bonaerense.

La idea de que Larreta pueda ser candidato presidencial del peronismo suena, a primera vista, como ficción política. Pero la aritmética electoral la vuelve plausible. Si el peronismo necesita entre diez y quince puntos del centro-derecha moderado para llegar al 45%, esos votos no los arrastra un candidato peronista con Larreta de compañero. Los arrastra Larreta encabezando, con estructura peronista detrás. El electorado moderado no vota "peronismo con Larreta adentro"; vota "Larreta con peronismo apoyando". La jerarquía de marca importa para ese segmento.

Los precedentes históricos respaldan la operación: Frondizi gobernó con pacto peronista sin ser peronista; Lavagna, formado en el alfonsinismo, condujo la economía de Duhalde y Kirchner entre 2002 y 2005. El peronismo, cuando prioriza volver al poder, incorpora figuras no peronistas en roles decisivos. Lo que sería nuevo con Larreta es la magnitud: no como ministro técnico invitado, sino como candidato presidencial de la coalición. Es el paso que el movimiento no se animó a dar nunca, y que el contexto del 2027 vuelve concebible por primera vez.

Los costos son altos y hay que nombrarlos. La militancia dura rechazaría una candidatura ex-PRO. Cristina bloquearía salvo que medie una concesión política específica que merece tratamiento aparte. Una parte del electorado PRO moderado podría no seguirlo y quedarse con Milei o abstenerse. Pero si la conducción del peronismo tiene la lucidez de calcular bien, los beneficios superan los costos: Larreta es quizás el único candidato capaz de ganar en primera vuelta con más del 45%, evitando el balotaje donde el peronismo siempre queda expuesto al voto antiperonista consolidado.

IV. El dilema estratégico: las opciones reales

Si miramos el mapa completo con los nuevos nombres incorporados, emergen cinco opciones estratégicas para el peronismo del 27. Cada una con sus costos y beneficios.

Opción 1: Kicillof candidato con respaldo forzado. Costo: pierde al núcleo cristinista si Cristina no lo bendice, y pierde al votante de centro que no le cree el giro pragmático. Beneficio: tiene estructura propia y gestión demostrable. Probabilidad de ganar la presidencia: baja-media. Acepta que el peronismo se la juega a una candidatura con perfil kirchnerista moderado, apostando a que el contexto de caída de Milei le alcance.

Opción 2: Massa candidato reciclado. Costo: arrastra el techo del 2023 y necesita reconstrucción fina de imagen. Beneficio: encarna por trayectoria el perfil de derecha pragmática. Probabilidad: media. El problema de Massa es que nadie se entusiasma, y en política sin entusiasmo no hay 45%.

Opción 3: Llaryora candidato con el cordobesismo nacionalizado. Costo: requiere que abandone su reelección provincial, y que el peronismo bonaerense acepte someterse al modelo cordobés. Beneficio: es el único candidato que ya demostró empíricamente que el perfil de derecha pragmática funciona electoralmente, con veintisiete años de evidencia provincial. Probabilidad: media si se dispone a dar el salto; baja si prioriza Córdoba. Esta opción es la más "orgánicamente peronista" de las alternativas pragmáticas, porque no requiere ningún salto ideológico ni operativo: el modelo existe, solo hay que federalizarlo.

Opción 4: Larreta candidato con respaldo peronista. Costo: alto en términos identitarios; ruptura con parte de la militancia; necesita resolver la cuestión Cristina mediante promesa de amnistía. Beneficio: es probablemente el único candidato capaz de ganar en primera vuelta con más del 45%. Probabilidad: depende enteramente de la lucidez de la conducción peronista para hacer el cálculo correcto entre costos identitarios y beneficios electorales.

Opción 5: Fragmentación y pérdida. El peronismo va dividido: Kicillof por un lado, Massa por otro, Llaryora compite desde Córdoba, el cristinismo duro saca su propio candidato. Es el escenario de 2003 repetido, pero sin un Duhalde que ordene. Resultado: ninguno llega al balotaje, Milei o su sucesor ganan en primera o cómodamente en segunda. Probabilidad si el peronismo sigue con las internas actuales sin resolverlas: también alta.

Las opciones estratégicamente superiores son la 3 y la 4. La 3 (Llaryora) es más natural pero tiene techo menor; la 4 (Larreta) es más radical pero tiene techo mayor. Cualquiera de las dos requiere madurez política en la conducción peronista. Si se ejecuta una combinación —Larreta candidato con Llaryora como jefe de gabinete o ministro económico, o Llaryora candidato con Larreta en un ministerio de peso—, la fórmula pasa a ser invencible electoralmente.

La opción realmente óptima, entonces, no es elegir entre una y otra: es combinarlas. Pero eso requiere algo que el peronismo no demostró tener en los últimos años: capacidad de articulación estratégica de largo plazo por encima de la disputa táctica diaria.

V. El problema de la conducción

Acá está el nudo que las cuatro opciones comparten y que ninguna resuelve por sí sola: el peronismo no tiene hoy un conductor. No tiene un Perón. No tiene un Néstor. Tiene una ex-presidenta con centralidad simbólica pero sin proyección futura, un gobernador ambicioso sin el respaldo del núcleo duro, un ex-ministro con techo electoral, y una liga de gobernadores que se reúne esporádicamente pero no opera como conducción efectiva.

La falta de conductor es el problema estructural detrás de todos los problemas coyunturales. Si hubiera un conductor, se podrían ordenar las internas, elegir un candidato, armar una fórmula multicolor y presentarla con coherencia. Sin conductor, cada actor juega su propio partido, las internas se multiplican, y el tiempo se va pasando.

Históricamente, el peronismo resolvió este problema de dos maneras. La primera es un liderazgo carismático personal (Perón, Menem en sus mejores años, Néstor y Cristina). La segunda es una coalición de intereses disciplinada por la perspectiva cercana del poder (el operativo retorno de Perón en 1973, la articulación entre Duhalde y Kirchner en 2003). Hoy no hay liderazgo carismático visible y la coalición de intereses está desalineada.

Pero —y acá aparece la oportunidad— el peronismo tiene un enemigo claro, Milei, que está en caída libre. Ese enemigo puede operar como disciplinador externo. Si los distintos actores ven que el peronismo podría ganar con relativa facilidad en 2027 pero solo si se ordena, quizás se ordenen por cálculo, no por convicción. Es lo que pasó en 2003: Duhalde no apoyó a Kirchner por cariño, lo apoyó porque era la única manera de que el peronismo mantuviera el poder. Ese mismo cálculo, hoy, podría empujar a Cristina a tolerar un candidato no cristinista, a Massa a aceptar un rol de vicepresidente o ministro, a Kicillof a bajarse si los números no lo acompañan, y a los gobernadores del interior a cerrar filas.

El cálculo puede funcionar. Pero no va a funcionar solo. Requiere que alguien, adentro del peronismo, se tome la tarea de ordenar. Y ese alguien, por ahora, no apareció.

VI. Lo que el peronismo debería estar haciendo y no está haciendo

Si yo tuviera que dar un diagnóstico técnico de lo que el peronismo necesita hacer entre hoy, abril de 2026, y octubre de 2027, serían seis cosas concretas.

Primero, definir un mecanismo de selección de candidato antes de fin de año. PASO abierta, consenso de gobernadores, interna cerrada del PJ, lo que sea. Pero algo. Dejar la definición para mediados de 2027 es regalarle seis meses de oxígeno a La Libertad Avanza para que se reorganice.

Segundo, producir una plataforma programática concreta, no militante. Un documento de cincuenta páginas, técnico, que hable de equilibrio fiscal, de federalismo, de seguridad, de infraestructura, de producción, en términos que el empresariado pueda leer sin alarmarse. Ese documento hoy no existe. Lo que hay son consignas.

Tercero, construir un equipo económico visible. Hoy el peronismo no tiene un nombre económico que genere confianza en los mercados. Massa podría, pero está jugando la interna política. Kicillof tiene perfil académico pero genera desconfianza en el empresariado. Necesitan un tercer nombre, técnico, con credibilidad, que empiece a aparecer en medios no peronistas hablando con sensatez. Sin eso, la campaña del 27 va a chocar contra el muro de "si vuelven, vuelve el descalabro económico".

Cuarto, aceptar la autocrítica del 2023. Decir, públicamente y sin rodeos: "nos equivocamos con Alberto Fernández, nos equivocamos con el cepo eterno, nos equivocamos con la inflación". La gente quiere oír eso, y el peronismo se niega a decirlo por orgullo. Ese orgullo cuesta votos. Menem, en su momento, pudo romper con el peronismo estatista porque dijo que las cosas habían que hacerlas distinto. El peronismo del 27 necesita un acto de contrición equivalente.

Quinto, reconstruir el vínculo con los intendentes y con los sindicatos moderados. La CGT hoy está más cerca del pragmatismo que de la militancia; hay que formalizar esa relación antes de que Milei intente cooptarla. Los intendentes del conurbano son el ejército electoral: hay que tenerlos alineados, no enemistados con el candidato. La rebelión actual contra Kicillof es una señal de alarma que el peronismo no está leyendo bien.

Sexto, abrir el espacio a perfiles no tradicionales. Dirigentes más jóvenes, intendentes provinciales, empresarios peronistas, cuadros técnicos. El peronismo está cerrado a los mismos nombres de siempre. Hay que oxigenar el casting. Si no, el 27 va a ser una repetición cansada de las figuras del 2015 y del 2019, y la gente lo va a leer como más de lo mismo.

Nada de esto es imposible. Todo requiere decisión política y tiempo. El tiempo, hoy, todavía alcanza. Pero cada mes que pasa sin que se empiece a trabajar en esto es un mes menos para llegar a octubre de 2027 con la estructura en orden.

VII. Lo que este ensayo no pretende hacer

Este ensayo no pretende sugerir un nombre específico. Y esa omisión es deliberada, por dos razones.

La primera es honestidad analítica. No tengo información que me permita asegurar qué nombre específico va a ser la mejor opción. El político que gane en 2027 quizás hoy no está en la primera línea. Decir "Kicillof sí", "Massa no" o viceversa sería arriesgar una predicción que no tiene base sólida.

La segunda es estratégica. El problema del peronismo no es tanto "qué nombre elegir" como "cómo elegir el nombre". Mientras el movimiento siga discutiendo nombres sin ordenar el mecanismo de selección, sin construir la plataforma programática, sin armar el equipo económico, sin aceptar la autocrítica del 2023, cualquier nombre que elija va a ser un parche. En cambio, si ordena todo eso primero, el nombre va a emerger casi por deducción lógica: será el que mejor encaje con la plataforma, con el equipo y con el mecanismo de selección acordado.

Hay una frase atribuida a Perón —probablemente apócrifa, como tantas— que dice que "la única verdad es la realidad". La realidad del peronismo en abril de 2026 es que tiene un diagnóstico razonable de lo que necesita (la derecha pragmática, el multicolor, la unificación), pero no tiene todavía el rostro que va a encarnar ese diagnóstico, ni el mecanismo para encontrarlo. Tiene el texto y no tiene el actor.

VIII. Cierre

El título de este ensayo lo dice todo: el peronismo del 27 tiene diagnóstico, pero no tiene cara. Los otros dos ensayos de esta serie —el filosófico sobre el minarquismo como evolución del peronismo, el estratégico sobre por qué hay que ganar desde la derecha pragmática— construyeron el diagnóstico. Este ensayo termina reconociendo el límite: el diagnóstico sin candidato es una tesis académica, no un proyecto político.

La tarea política real, la que ningún ensayo puede resolver, es la construcción del candidato. Y esa construcción requiere decisiones que hoy nadie está tomando. Cristina tiene que decidir si acepta que el peronismo la sobreviva como conducción. Los gobernadores tienen que decidir si operan como Liga real o como clientes individuales de sus provincias. Kicillof tiene que decidir si se juega a ser Perón o si se retira a ser Scioli. Massa tiene que decidir si hace la reconstrucción paciente o si se resigna a un rol de armador. La CGT tiene que decidir si se la juega o si espera a ver qué pasa.

Hasta que esas decisiones se tomen, el peronismo va a seguir teniendo razón en el diagnóstico y perdiendo en las urnas. Es la paradoja que persigue al movimiento desde 2015: intelectualmente capaz de analizar sus derrotas, políticamente incapaz de evitarlas.

La frase con la que abrí el ensayo era: hoy el peronismo tiene que ser multicolor si quiere gobernar en 2027. Permítanme cerrar con una variación más incómoda: hoy el peronismo tiene que decidir si prefiere gobernar en 2027 o si prefiere seguir teniendo razón en la oposición. Si elige lo primero, multicolor, derecha pragmática, candidato de consenso, equipo económico visible, autocrítica del 2023. Si elige lo segundo, puede seguir discutiendo internas y escribiendo ensayos como este.

Yo espero que elija lo primero. El país no aguanta otro ciclo sin alternativa gobernable.

Este ensayo forma parte del reto 4 dias 4 ensayos Completa la trilogía iniciada en "Si el minarquismo es la evolución del peronismo" y continuada en "El peronismo que puede ganar en 2027 es de derecha". Se publicará oportunamente un cuarto ensayo sobre el eventual segundo mandato de Javier Milei.

Ignacio Uriel Galetto Rodriguez

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