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El pasado invierno

fae

Nov 20, 2024

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El pasado invierno
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¿A qué huele el pasado? El ser humano es un ser curioso preocupado por el futuro, pero también un ser nostálgico ensimismado muchas veces en el pasado. Lo observa y lo huele desde diferentes perspectivas. Lo saborea de diversas formas, dependiendo el lugar en el que se encuentre parado. A veces puede ser amargo, o dulce, o algo ácido. Con aroma a casa antigua o a fiesta. Puede sonar como el eco de las agujas de un reloj en una habitación vacía y gris, o como el susurro de un ser amado en tu oído.

A veces huele como el interior de una ambulancia en medio de una noche helada lejos de casa, mientras tu cerebro semi-inconsciente decide repasar en un flash todas tus vivencias y arrepentimientos mientras te asegura que estás a punto de morir.

Ese pasado, precisamente, huele a angustia, a vergüenza, a desesperación. Quiero aferrarme con garras y dientes a la vida. No me permito abandonar la lista a medio completar.

Tiemblo de frío, quizás también del miedo. ¿Miedo de qué? De morir sin haber podido dar un último abrazo. Pero yo abrazo todo el tiempo. Pero ninguno puede ser el último. Tiene que haber uno después, y otro, e infinidades luego. Miedo de no haber podido expresar todo lo que mi corazón siente y desea. Pero eso contradice, porque luego en vida no quiero decirlo, me lo quiero llevar a la tumba. Y cuando paso un pie, irrumpe el desconsuelo.

"¿Qué es lo que sentís?"

"Nada."

¿Nada? Creo que siento tanto que estoy por explotar en pedazos. A veces me da tanta vergüenza sentir que después me avergüenzo de haberme avergonzado en primer lugar. Me encierro en mi baúl de invalidación porque temo que me invalide alguien más. Me duele cargar tanto amor en mi corazón, pero más me dolería que nadie lo reciba. Y es que llevo tanto de él dentro mío, que pasarle la carga a otra persona sería letal para ambes. Es el peso que me construí desde que puse un pie en este mundo. Y es el peso con el que me iré de él. Porque es imposible liberarse. Jamás amaré hasta que se acabe porque no es algo que tenga un final.

Quizás mi alma transmute en el cuerpo de otro amante que no se avergüence de experimentar todas sus emociones. Y deseo que así sea, porque este amor está para ser depositado en el mundo, pero soy demasiado débil como para intentarlo. Me contento con las pequeñas cosas y me callo lo demás. Y cuando me dejan a solas con ello, lloro en la oscuridad. Y no hay nada que sacie mis lágrimas. Porque no hay nadie afuera que se anime. Porque son todos con todos, pero ninguno conmigo. Y yo me encierro y no le dejo el paso libre a nadie que se predisponga, porque me convenzo de que en el fondo no es así. Mientras tanto me convenzo de que hay alguien afuera cuando en realidad quien está afuera soy yo. El resto está adentro. Puertas y cortinas cerradas, no se atreven a mirar hacia afuera y encontrarme.

¿El tiempo dura lo mismo en invierno que en verano? En este afuera siempre es invierno. Intento participar del verano de adentro pero me abrumo pronto.

En este invierno el tiempo transcurre lento y, lógicamente, frío. Pelado, vacío. La calidez y los colores de adentro no me buscan, ni me encuentran. Me acostumbré tanto al clima, que cuando algún cascote de nieve intenta derretirse, me aparto hacia rincones más oscuros, donde todavía no intenta irrumpir el calor. A veces intento permanecer junto a la llegada de la primavera, pero me asusta la idea de que no le guste mi fría profundidad, y corro a esconderme nuevamente. Es el recorrido cíclico de mi destino.

Pero entonces me pasó que un día me quedé demasiado tiempo espiando los pajaritos nacientes, y me dieron una esperanza que por un momento me hizo olvidar de la comodidad de mi acostumbrado hielo. Y esos primeros trinos crecieron hasta convertirse en una fauna completa y de repente ya no me hallaba absolutamente en la soledad seca de mi afuera. Había llegado la primavera y me había extendido los brazos para abrazarme dentro de sus colores y para abrasarme con sus calores.

Actualmente me encuentro en esa estación. Pero descubrí la forma de dejar de caer en el hechizo por un rato, para de vez en cuando retraerme nuevamente en el único árbol perenne del centro de mi jardín muerto. Y cuando estoy ahí, y el sol vuelve a encantarme con su hechizo, mis últimos pensamientos semi-inconscientes antes de caer por completo en la tibieza de las flores, son el deseo de no volver a pisar la vida triste y solitaria en la que me refugié, y dejar que los animales me cuenten como parte de su familia, así yo no lo sea.

fae

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