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El pañuelo de seda amarillo

Jun 17, 2025

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El pañuelo de seda amarillo
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El pañuelo de seda amarillo.

Nadie nos prepara para volver al lugar que fue parte de nuestra infancia.

Mis abuelos murieron hace dos años, con un mes de diferencia. Después de su muerte, todo fue un caos. Internas feroces se desataron entre mi madre y mi tía Eva. Los celos que se tuvieron toda la vida explotaron como una bomba cuando dejaron de ser hijas. No permitieron que ninguno de la familia volviera a la casa, que se cerró poco tiempo después del último entierro

Hace tres meses murió mi tía Eva. Entonces, los nietos, decidimos volver a la casa para elegir algún recuerdo. Mi mamá no opuso resistencia.

Yo tenía decidido lo que me iba a traer. Una caja de madera rectangular, ni grande ni chica, con hojas de roble labradas, forrada en pana bordó, en la que mi abuela guardaba sus anillos. Lo que menos me importaba eran las joyas, yo quería esa caja. Siempre la había querido y tuve el permiso de mi abuela, que mucho tiempo antes de perderse en sí misma, me dijo que era para mí.

Fui el domingo pasado. Había una lluvia débil. No se veía el cielo, solo nubes grises. Los autos hacían ruido, no caía mucha agua, pero sí la suficiente para mojarlo todo y hacer charcos.

    Le pregunté a mamá si quería acompañarme, pero me dijo terminante, andá vos, porque yo no voy a poder entrar nunca más a esa casa.

      Yo la escuché: pobre mamá, separada de mi viejo apenas nací, sola, sin despedirse de su hermana con la que estaba peleada. Qué al pedo todo. Qué mierda los celos. Sentí una pena inmensa.

        Al traspasar la puerta no sentí olor a humedad como supuse. Todo lo contrario. El olor de esa casa estaba concentrado ahí. El tuco de los domingos al mediodía, las tortas de cumpleaños, los jazmines del patio, la tela del sillón de la abuela, el pasto recién cortado, los asados del abuelo.

          Lo primero que vi fue el álbum de fotos que en el último tiempo la abuela miraba todos los días. Yo creo que lo hacía para poder recordar. Se la pasaba preguntando. “Y éste con esa cara de boludo quién es”. “A esta señora no la he visto nunca en mi vida, por qué tengo fotos con ella” El boludo, era mi abuelo Juan y la señora desconocida era mi tía Eva. Había que repetírselo a cada rato.

  Fue sentarme en ese sillón y sumergirme en ese álbum. Detenerme en cada foto, cada gesto. De todos los que estaban ahí, sólo quedaba mi mamá.

          Abrí roperos, revisé la ropa. Descolgué el abrigo de mi abuelo que aún olía a él. Un nudo me atravesó la garganta. Lloré un rato.

          Apiladas en la repisa del estudio, las enciclopedias del Larousse Ilustrado. Fuente de información de toda nuestra escuela primaria y secundaria.

          Entré a la pieza de mis abuelos y encontré la caja, que estaba vacía. Me la llevé al pecho. Pasé por el cuarto que era de mamá, lleno de cosas arrumbadas y, antes de irme, entré al que era de Eva.

          Como si un instinto superior me guiara, abrí sólo un cajón de una repisa antigua. Tiré de las manijas, y tuve que hacer fuerza porque estaba atorado. El chirrido de la madera me crispó los nervios. Adentro, pañuelos bordados, otros de seda. Empecé a revolverlos sin saber bien qué buscaba. Debajo de uno de seda amarillo, había una foto en blanco y negro, pegada sobre una cartulina blanca con bordes festoneados. Apenas la toqué sentí un escalofrío.

          Tomada en la playa. Un mar calmo, la sombra de una sombrilla. En primer plano, una jovencísima Eva, con malla negra, rulos sueltos que se escapaban de una capelina blanca, la piel bronceada. Una sonrisa que nunca le había visto a mi tía. Como si la foto hubiera capturado a otra mujer.

Estaba abrazaba a un hombre. También joven, de short a rayas, moreno, de mandíbula recta que la miraba con ternura.

Me costó un segundo reconocerlo. Era Darío, mi papá.

Sentí como si un vidrio estallara en cámara lenta. La foto temblaba en mis manos. Tuve que tomarme del cajón porque un mareo intenso me hizo tambalear.

En el anverso decía, con la letra redonda de Eva, Mar del Plata, siete de enero del año más feliz de mi vida junto al amor de mi vida. Año mil novecientos setenta y uno.

No podía ser. Mis viejos habían empezado a salir en abril del setenta y dos.

Quedé inmóvil. La cabeza repleta de preguntas. No había historia oficial. Nadie habló nunca. Ni mi mamá, ni papá, ni Eva, ni su esposo, ni mis abuelos, mis primos. Nadie. ¿Acaso sabrían?

Volví a poner la foto donde estaba, con las manos aun temblando y cerré el cajón muy despacio.  Di una última vuelta por la casa con la caja contra el pecho y me fui.

          Afuera seguía lloviendo, ahora con más fuerza.

 

Silvina Casteller

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