A él muchas veces le asalta la luna,
ese satélite oscuro a medio pintar,
acosando con la entropía,
desmontando su bondad.
En sus ojos se enzarzan espinas,
finas, suaves e inquinas.
Por sus venas circulan eclipses,
sus arterias brotan con las mareas.
Su naturaleza lo somete a su yugo,
entre viejos deberes y antiguos apaños.
Se revela con el dolor del espino,
como la cadena que desgarra su níveo plumaje.
El don desangelado que le fue confesado
sabe ahora a hierro y escarcha, metálico y helado,
como el sentimiento que sobreviene al verdugo,
al olvidar al condenado.
El muchacho lunar y olvidado,
el ángel eterno y torturado,
un cuerpo férreo y fracturado.
Son todos uno, idéntico.
Y soy los tres otros, alternos.
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