Hay un animal inmenso
enjaulado en mi pecho.
Respira despacio,
pero cada exhalación
quiebra una costilla
Y se siente en cada paso.
No es rabia,
es materia estelar encerrada,
constelaciones que no entran
en una boca humana.
Fui mi propio carcelero,
cerré la jaula
con barro y silencio,
escondí el canto,
me tragué el oro,
me volví estatua
para no incomodar las horas de los demás.
Pero ahora…
la jaula se oxida.
Las puertas ya no resisten
el pulso del universo que habito.
Ya no soy yo quien grita:
es el mundo!!
que se astilla con mi silencio.
¿No era eso lo que pedían?
¿Una llama intacta en medio del colapso?
¿Un rostro limpio
que no tiemble ante el derrumbe ni la incertidumbre?
Bien, acá estoy.
Sin máscara,
con el pecho abierto
y el monstruo latiendo en calma.
No lo voy a contener.
No más.
Si arde,
que arda.
Si hiere,
que hiera.
Porque este fuego
ya no me consume...
me declara.
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