Pedro toma el morral y el aire cambia. No es un objeto: es un pequeño territorio sagrado que despierta apenas roza su mano. La mañana se abre como una hoja en blanco y él camina dentro de ella, dejando que el mundo lo escriba.
El morral guarda tintas, plumines, pinceles… pero también guarda lo que no se ve: sus silencios, sus visiones, la bruma de los viajes, la humedad de las rías, el pulso de los ríos, la sal de los mares. Todo eso duerme ahí adentro, esperando el instante en que él decida abrir la puerta de la belleza.
La banda de cuero que cruza su pecho late con él. Conoce su respiración desde hace años. Por eso, cuando Pedro pinta, el morral susurra como un animal antiguo. Y cuando él medita, el morral respira, acompasado, como si ambos compartieran un corazón prestado por la tierra.
Su andar es simple, casi un canto bajo. No busca aplausos: camina como quien honra el suelo. Cada paso es un compás que ordena el mundo, una nota limpia que sostiene el aire sinpedir nada.
Cuando abre el morral, la atmósfera se inclina. La luz se acomoda sobre el papel, la tinta se despierta, y su alma se posa suave sobre cada trazo. El morral lo sabe: es guardián, es testigo, es cómplice de esa magia que solo aparece cuando él está en silencio.

Miriam Rodriguez Roa
Crea cuentos que ritualizan vínculos y emociones. Su obra honra linajes y transforma gestos en memoria viva.
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