No sé en qué momento he vuelto y sin remedio
a perder las riendas.
La vida se me escapa entre los dedos
agua tibia que yo ya no reconozco
pero que sé que me ha recorrido.
La mente sabe que duele,
pero el cuerpo se queda quieto,
enredado en esta espera que no espera nada.
El apego — ese monstruo de ojos dulces —
me ata de pies y manos,
me arrastra al fondo de mí misma
y allí me deja,
sin voz, sin aire,
Autoasfixiada.
Abandonada por quien me hace falta
Y con esta herida que sangra lento
y no encuentra consuelo ni cuidado.
Levanto muros, paredes de piedra dura.
Intento hacerme parecer fuerte.
Me entrego a aprender,
intento encomendarme al desapego.
Pero la razón es un zumbido lejano,
que no se acerca nunca demasiado
y la emoción,
esa es una copa de arsénico
que bebo sin querer beberlo.
Estoy borracha de sentimiento,
y en esa embriaguez
es ahí donde me pierdo.
¿Será tan difícil tratar la fragilidad
como se trata una flor en invierno?
Tal vez por eso solo quedan restos,
pétalos secos y marchitados
que no sobreviven al sol abrasador del verano.
¿Será imposible dejar el ego a un lado
y entregar lo que nace desde lo más hondo
pedir lo que más anhelo desde dentro
sin desaparecer en tan pueril deseo?
Vivir incómoda
para que otros vivan en paz.
Callar lo que arde
para que no moleste.
Me dicen los que en teoría saben:
“Quererse a una misma implica
elegir la soledad y bautizarla amor”.
Y si quiero paz,
si de verdad la quiero,
que voy a tener que renunciar.
Y si obedezco a esa lógica entonces pasará,
El alma, mi alma, lo que queda de mi alma
Partida en mil partes de silencio.
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