Durante mucho tiempo creí que mi problema era la bronca.
Que yo era un tipo enojado.
Que reaccionaba mal.
Que explotaba.
Pero con el tiempo empecé a ver otra cosa.
La ira no aparecía sola.
Siempre venía después de algo más.
Antes del grito, había miedo.
Antes del impulso, había inseguridad.
Antes de la dureza, había una sensación de amenaza.
No miedo como en las películas.
No miedo a que me peguen.
Miedo a perder el control.
Miedo a quedar mal parado.
Miedo a que me pasen por arriba.
Miedo a que se caiga lo poco que tenía armado.
La ira era una forma rápida de tapar eso.
De no sentirlo.
De no mostrarlo.
Si me enojo, no parezco débil.
Si grito, no se nota que tengo miedo.
Si ataco, no tengo que admitir que algo me duele.
Era una defensa.
Una coraza.
No era que yo quería pelear.
Era que no sabía cómo sentir miedo sin convertirme en otra cosa.
Y así vivía:
siempre listo para reaccionar,
siempre tenso,
siempre esperando el próximo problema.
No porque los problemas fueran tantos.
Sino porque yo estaba preparado para ellos todo el tiempo.
Con el tiempo entendí que la ira no era el problema principal.
Era el síntoma.
Debajo había un pibe que no aprendió a sentirse seguro.
Que aprendió a aguantar.
A resistir.
A no aflojar.
Y cuando algo parecía poner eso en riesgo,
salía la bronca.
No para destruir al otro.
Sino para no derrumbarme yo.
Ver eso no me volvió más bueno.
Me volvió más honesto.
Y cuando pude ver el miedo sin taparlo con bronca,
la ira empezó a perder fuerza.
No porque yo me volviera distinto,
sino porque dejé de pelear con lo que había debajo.
Pero cuando todo parecía controlado otra vez,
volvía la sensación de fuego en los brazos.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in