Creo que son las dos de la tarde. Me parece que es viernes. Es feriado, de eso estoy seguro. Mi cuerpo huele a bebida alemana y los efectos secundarios de la noche me dicen buen día.
Desayuno entre botellas vacías y ceniceros que piden ayuda. De repente, golpean la puerta. Abro, y frente a mí, dos chicas. Una me sonríe, la otra me encandila con sus ojos celestes. Esa sonrisa y ese océano son lo más lindo que veo en lo que va de la semana. Me cuentan que traen el mensaje de Dios, quieren saber si estoy dispuesto a escucharlo.
Digo que soy agnóstico o algo así, con una rapidez que no me pertenece, como si me excusara de algo. La verdad es que no sé qué creo. En realidad, lo que quiero decirles es que antes creía, hasta que un día desapareció. Yo no quiero un mensaje, yo lo quiero a él, cara a cara.
Me saludan con un poco de tristeza y se van. Cierro la puerta, miro hacia el interior y casi a los gritos pregunto: ¿dónde carajo está Dios? Al menos en esta casa, hace rato no aparece. Ya deben ser las tres. Pongo música y arranco a limpiar el caos, porque hoy se sale otra vez. En una de esas, quien te dice, lo encuentro bailando.

Niyén Pibuel
voy por la vida muy tranquilo y sin apuros porque para mí es excesivamente larga y cada tanto aburrida :)
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