EL MAR DE TESTIGO
Durmiendo de niño entero
con espalda de anciano,
cargando el peso de mi distancia,
errante del mundo, desprecio social,
sabiendo bien qué tenía que hacer,
aunque no sabía nada.
Quería saber.
Tenía hambre.
Una sed antigua
por nombres que no me enseñaron.
Vestía una chaqueta vieja
y en el pecho:
una banderita mapuche,
bordada con torpeza,
pero con todo mi orgullo.
Así atraje tu curiosidad, princesa mía.
Yo giraba a tu alrededor
como si fueras centro y constelación,
esperando el momento justo,
para acercarme.
Te lancé palabras
como piedras suaves al agua.
—¿Y esa bandera?
—Es del pueblo mapuche— dije, inflándome un poco.
—¿Eres mapuche?
—Mi abuelita era mapuche, aunque nada sabe, porque olvidó su cultura desde muy niña...
¡QUÉ DISCURSO MÁS MEDIOCRE!
Hablando de un legado maternal
que poco o nada conocía,
pero que afirmaba mi identidad
con hebras de canas ancestrales
al abismo cultural.
Sí..., yo algo tenía.
Sé que pensaste:
“No está del todo perdido.”
Te vi sonreír,
y creí que te conquistaba.
Nos sumergimos por horas,
olvidados del mundo,
sentados en la playa.
Yo, todo tierno del mundo,
te hablaba perfecto experto
del Punun choike,
aunque con el nombre cristiano.
¡NUNCA PODRÁN NEGARME!
¡PORQUE NUNCA LOS NEGUÉ!
(Pulsos de mi alma)
Y justo cuando pensaba
que ya eras mía,
rompiste mi burbuja
me acorralaste contra el mar:
—YO SOY MAPUCHE,
Y SOY HIJA DE LONKO.

Alejandro Diaz
Poeta mapuche del desgarro y la memoria. Canta con furia y ternura, entre cuerpos heridos y ancestros que danzan. Su verso arde entre el amor perdido y la raíz viva.
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