Te lloro,
te lloro porque no puedo hacer más que lamentarte.
Puedo anhelarte, así como siempre deseo un abrazo tuyo
y acurrucarme sobre tu pecho en momentos de luto.
Pero ya no estás, ni acá, ni allá,
y no puedo hacer nada contra eso.
Ya nada es para mí,
y es probable que, dadas las circunstancias,
ahora todo sea para otra.
que estés llenando su vaso,
rebosándolo de cosas hermosas,
mientras yo me apego al vacío,
intentando hundir los recuerdos en aquel olvido.
El tan solo pensarlo me rompe a pedazos, y es por eso que sufro.
Te lloro a vos, a mí, a nosotros.
A tu esencia, a tu olor, al calor de tus besos y la textura de tu pelo.
Todo tan simétricamente reconfortante.
Tan mágico.
Tan inusual.
Que con solo sentirlo me revolvía por completo,
me aliviaba, me hacía feliz.
Y como hoy no puedo hacer más que hundirme en mi lamento,
me dediqué a crear un mar con mis propias lágrimas,
que en el fondo contiene cada recuerdo de ese maldito “nosotros” que alguna vez existió.
Hoy dejo de ser egoísta —o temerosa— y las comparto con los demás.
Comparto eso que alguna vez fue y creé para vos.
Lo despojo y lo dejo ser,
lo dejo fluir, lo dejo flotar.
A esta altura, espero pronto no sufrir más,
pero la angustia, por más mínima que sea, sigue ahí,
latente,
apretujándome hasta el cansancio,
adormeciendo por completo mi complejo corazón.
Quiero dejar sentir esa angustia y llevarte a conocer,
de la mano,
juntos,
ese mar espectacular.
Que por más oscuro que sea, en lo profundo es bello porque es sincero.
Es honesto,
real,
sentimental.
Tan profundo, que con solo observarlo por unos segundos te inunda por completo,
te sumerge en todas esas experiencias que alguna vez compartimos.
Es gratificante, hermoso,
porque en el dolor también hay belleza.
En las lágrimas también hay algo reconfortante y amigable,
algo que todos conocimos alguna vez.
Dentro de ellas, se desprende algo real,
que se transforma constantemente hasta llegar a ser algo maravilloso,
puro,
divino y lleno de vida.
Quisiera que vengas a conocerlo,
para que te hundas en la mera nostalgia junto a mí.
Para que veas cómo el dolor y la angustia de nuestra historia, se convirtió en arte.
Ya no existe aquel sufrimiento muerto que alguna vez escurrí de mi ropa,
ahora hay vida.
Y con ello, hay mareas, hay olas,
reconstrucción, transformación; fluidez, cambios.
Una marea que se mueve constantemente,
que viaja y transporta sensaciones.
Entendí que,
en vez de derramar lágrimas por un ser mediocre que no vio la belleza de esas gotas,
que no supo qué hacer con tanta sensibilidad que se le entregaba voluntariamente;
yo misma podría ser capaz de apropiarme de mi dolor,
de volverlo arte.
De apreciarlo y resurgirlo.
Darle el reconocimiento que tanto se merecía.
Convertí el lamento en algo enorme,
y es por eso que no permitiré que te lo vuelvas a apropiar.
Tal vez te tocó ser la musa en esta historia,
pero las decisiones, el poder y el control son de mi propiedad.
Gracias por enseñarme que,
cuando ya no hay más llanto que expulsar,
aún queda el mar.
Queda todo el recurso natural invicto, en busca de más.
En busca de sanar,
de ser proveedor de algo mucho más poderoso.
De generar impacto en lo más fundamental para los demás.
Ahora todos aman ir al mar,
porque saben que si lo ven atentamente,
me ven a mi, a vos, a nosotros;
y entienden aquel sufrimiento,
porque ven el reflejo del suyo también.
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