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El juego del monje

Jul 5, 2026

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El juego del monje
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Estaba pasando el verano en Viena con una amiga francesa, el calor pegaba más fuerte que ron barato, entonces decidí dejar a mi amiga en la casa donde nos estábamos quedando y salí a caminar para despejarme. En el recorrido me encontré con una feria de artesanos, habían también cantantes y un grupo de personas que vestían ropas blancas, se adornaban con flores y bailaban la tarantela.

Todo estaba bien, el paseo me estaba sirviendo para recuperar el aire, hasta que un chico corpulento y rapado me interrumpe el paso, comienza a hablarme en chino y de su boca sale un olor a levadura y cebada. En principio pensé que hablaba así porque efectivamente estaba ebrio, pero en un momento veo llegar a su grupo de acompañantes, eran cuatro chinos enormes y también estaban todos ebrios, se acercaban sosteniendo porrones de cerveza.

De un momento a otro me encontré rodeada por estos individuos, uno me tomó del brazo y me jaló con fuerza, otro intento hacer lo mismo, pero zafé, entonces tomé uno de los porrones de cerveza qué traían en las manos y le rompí la cabeza a uno de los chinos. Cuando pasó eso tardaron un segundo en reaccionar y fue tiempo suficiente para que tome un trozo de vidrio y le raje la cara al chico rapado, lo peor fue ver que cuando le rajé la cara, su piel se despegó íntegra y dejó ver un maxilar robótico; intente no paralizarme con la situación, pero cuando estaba por pegar la vuelta para irme, el chino que había recibido el golpe en la cabeza estaba en lo que parecía a simple vista un estado de convulsión, pero en realidad estaba en cortocircuito.

Eché a correr a más no poder, ellos me siguieron con toda la furia, la calle se hizo finita y los perdí de vista. Llegué a la casa con los nervios a flor de piel, buscando a mi amiga francesa para intentar contarle todo lo ocurrido sin trabarme en los fonemas enredados del francés. Ella asentía a todos mis desesperantes balbuceos, hasta que comenzaron a darle piñas a la puerta, eran ellos, los chinos y el chico rapado nos habían encontrado; estaban apunto de romper la puerta entonces le dije a mi amiga que nos escondiéramos en el baño.

De repente un silencio seco nos golpeó los oídos, no entendíamos nada, se habían ido. Pero la calma no duró mucho, al salir del baño nos encontramos con dos hombres de negro, eran agentes del gobierno que venían a por nosotras. Cuando nos vieron sacaron de sus bolsillos pistolas láser y comenzaron a dispararnos, fue ahí cuando subimos al altillo de la casa qué tenía una ventana que daba con la terraza de algún vecino y escapamos.

Mientras corríamos mi amiga y yo conversábamos sobre que estaba pasando, desde cuando estos robots estaban entre nosotros y porque se revelaban ahora. Cuando nos cansamos decidimos sentarnos en unas escaleras; al recuperar el aire nos dimos cuenta que dirigían a una plaza, era un lugar pequeño y escondido, de esos lugares que mil veces se pasan por alto y poco importan a la vista. Subimos para ver que había, ya que todo el panorama ahí se veía tranquilo y no correspondía con lo que pasaba fuera, al terminar de subir fue realmente cruzar un umbral; un manto alcalino nos cubrió y este contenía un millón de colores que en esta realidad no existen, por eso no los pudimos identificar, fue como si nos quitara un velo.

Cuando por fin estuvimos totalmente dentro de la plaza escuchamos música ancestral y vimos a un grupo de personas que vestían de blanco y se adornaban con flores, se encontraban rodeando a un viejo monje; entre ese grupo de personas reconocí a los que bailaban tarantela en la feria de artesanos.

El monje nos vio entonces y dijo con una paz que da envidia, felicidades han ganado el juego.

Emilse Cerda

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