No siempre fui un vagabundo, han de saber aquelles Dío Fetentes que la vida de ermitaño se construye más no nace uno con aquella. No podrían ustedes imaginarlo, pues no me diera Dios la peor fortuna con la moneda en mi bulín que sino también, hizo de mi familia un rejunte de marginados dignos de subirseles a un escenario y brindar una presentación grotescamente criolla.
De oficio, alcohólico mi padre fue, más no le cabría envidia alguna en el pecho sobre los malos hábitos a mi madre de mi padre que ella así, drogadicta fuere también.
Quiero hacer de esta autobiografía un espacio para conocerme, y quizá, así, dejá de pateá piedra por cada vereda que camino, con las manos en los bolsillos preguntando siempre por qué y para qué, si el castigo que recibo he de abrazarlo, o erradicarlo; si la zozobra que arrastra este pecho he de pasarla como quien a la mancha juega, o si he de hacer con ella lo que llaman origami y admirarla por cuán precavido y multifacético me ha llevado a ser.
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