Pisamos el umbral de diciembre de 2025, y el aire ya se siente cargado, no solo de promesas de un nuevo ciclo, sino de una tiranía sutil: la tiranía de la rapidez. Todo se exige de inmediato: la respuesta, el resultado, el reemplazo. Esta urgencia constate es la maquina perfecta que tritura lo profundo y lo lento, cimentando una cultura de la individualidad tan extrema que ha generado una epidemia silencio: la falta de vínculos humanos reales.
Hemos aprendido a navegar en plataformas sin tocar tierra. El contacto se ha vuelto digital, la empatía un emoji, y la conversación, un mero intercambio de información sin resonancia. La verdadera tragedia social de nuestro tiempo no es la escasez de bienes, sino la escasez de presencia. Estamos rodeados, hiperconectados, y aún así, profundamente solos. Se ha normalizado el ghosting de la existencia, desaparecer de la vida del otro sin explicación, porque el esfuerzo de la confrontación o la construcción ya no “vale la pena” en el cálculo de la eficiencia.
Y es precisamente en este desierto de la superficialidad donde se debe sembrar de forma radical el amor genuino. El amor se levanta como un gesto insumiso. No es un refugio privado, sino una declaración política y poética. Amar de forma genuina, en la era del consumo desechable, es optar por la permanencia, por la complejidad, por el trabajo artesanal de un vínculo que exige tiempo y vulnerabilidad. Es negarse a que los otros sean objetos temporales o escalones. Es la resistencia ante la orden no dicha de ser islas.
Si el amor es la decisión de quedarse, el arte es el lenguaje que nos permite enunciar esa decisión. ¿Qué es crear sino un acto de profunda conexión con nuestra sensibilidad y la del mundo?
El arte, en cualquiera de sus formas – la poesía que nombra lo que duele, la pintura que le da color a la esperanza, la música que resuena en la memoria colectiva – es un arma de lucha porque es inherentemente inútil para la lógica del mercado, pero vital para la supervivencia del corazón. El arte nos obliga a sentir, a romper la coraza de la indiferencia que nos protege de la pena, pero también del gozo compartido. Son la ternura, el cuidado y la creación desinteresada nuestras excelentes armas de lucha y resistencia.
Que este fin de año, al hacer un recuento de lo vivido en 2025, no solo contemos los logros y fracasos en números pensando en lo académico o profesional. Preguntarse: ¿Cuánta presencia entregué? ¿Cuánta lentitud me permití?
Permitamos que la escasez de vínculos se convierta en el motor para construir puentes de verdad, donde la honestidad sea más valiosa que la perfección efímera. Que el amor genuino sea la revolución más íntima y, a la vez, el eco más fuerte de la presencia social. Y que tu corazón (y el mío), al cerrar este ciclo, sea un acto de insurrección, vasto e innegociable.
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