Sobresaltada recorrí nerviosa cada rincón de la casa, cada espacio de arriba a abajo para encontrar el punto de fuga: la cocina, los enchufes, los aparatos eléctricos.
¿Habré olvidado algo encendido?
Abrí las ventanas de par en par, para asegurarme que no provenía de afuera, de los vecinos, la fábrica. El aroma ardiente husmeaba sobre mí, rodeándome en todas partes. Por momentos respiraba tan fuerte que perdía el sentido; no distinguía si realmente existía o lo estaba imaginando.
Cerré las ventanas, inspeccione otra vez toda la casa olfateando como un animal salvaje en estado de alerta; estaba en todos lados y en ninguno al mismo tiempo. Bajé la térmica, esperé paralizada la humareda. Nada.
Tal vez solo se trate de mi cabeza pidiéndome por favor que pare de pensar.
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