Después de huir un poco de mi realidad, sin darme cuenta llegué a una pequeña cueva, pero ésta estaba perfectamente formada, no era oscura como si alguien habitara en ella. Sus paredes por completo lisas, suaves y cálidas, creo que solo entré para descansar, pues deseaba volver antes de que oscureciera. Me senté y al tiempo que lo hacía sentía que recorría sobre mi espalda una calma y una tranquilidad como nunca antes la sentí, como si me preparara para una larga charla y debía ponerme cómodo.
Suspiré, posé mis manos sobre mis rodillas y miré el paisaje afuera, se lograba ver el sol de gran tamaño, lo rodeaba un anillo casi naranja, irradiando paz. Como esas chimeneas qué daban calor en tiempos de frío, así me sentía. Pero me inquietaba el no poder llegar antes del anochecer.
Volví a suspirar.
- ¡Ya es el segundo suspiro!- me dijo una voz que se me hizo familiar.
- ¿Quién está ahí?- pregunté nervioso pero queriendo mostrar serenidad. El corazón se me aceleró.
-Tú me conoces muy bien- me respondió la voz - y yo a ti-.
- Si he invadido tu hogar, no lo he hecho con mala intención, lo prometo, incluso estoy por irme, ofrezco una disculpa.-
-No hace falta que seas tan propio y formal conmigo, somos viejos amigos.-
-Pero sino logro verte.-
-Todo a su momento-.
Me llené de inquietud, yo quería ya saber quién me hablaba con tal familiaridad.
-¿Qué te ha traído aquí?- me preguntó como si supiera que había un motivo.
-¿Debe haber algún motivo para querer estar solo?- dije firme.
-Hoy sí-. Me respondió casi gritando.
Me quedé callado un segundo, pero algo me decía que la voz sabía de antemano todas las respuestas.
-Creo que necesitas hablarlo con alguien, si así lo deseas aquí estoy-.
-Pero ni siquiera puedo verte, ¿cómo pretendes que te cuente lo que me sucede?-
-Entonces aceptas que si hay un motivo. Pues platícame como si estuvieras con tu mejor amigo, o como cuando te hablas a ti mismo. Llegado el momento, me presentaré a ti-.
-De acuerdo-, dije titubeante. -Lo voy a intentar-.
-Adelante-.
Me levanté y di la espalda a la voz, me concentré en el sol y su anillo casi naranja. Y al darme cuenta ya estaba platicando aquello que me llevó a ese lugar.
-Resulta que, se me ha negado la felicidad todo este tiempo, me siento inquieto, no me considero un mal hombre y siempre todos terminan o abusando de mi persona o huyendo de mí. Hoy por ejemplo me hallo enamorado de una mujer, y ella dice que lo está también de mí, sin embargo, hay algo que le impide estar conmigo porque tampoco está tranquila con ello y me ha "terminado",- hice la señal de comillas con mis dedos.
Me detuve un momento y sonreí sarcástico.
-Esto es ridículo, me largo-.
-¿La amas?- me lanzó como bomba la pregunta.
Me detuve de golpe. Quedé inmóvil unos segundos.
-Sí, la amo-.
-¿Ella lo sabe?-
-¿Qué no estás escuchando? Me mandó a volar. Y por su bien, acepté su decisión.-
-¿Tú qué es lo que quieres?-
Esbocé una sonrisa burlona y volteé para ver si asomaba el rostro aquella voz.
-Ya no importa, como siempre.-
-Nuevamente, pregunto. ¿Qué deseas?-
-En vez de haber venido aquí a lamentarme, quisiera estar frente a ella y decirle todo lo que siento, todo lo que me provoca, abrirle mi corazón y que viera la verdad en mis ojos. Tomarla de la mano y decirle...- callé.
-Que la amas-. Agregó la voz.
-Como si eso fuera a cambiar las cosas-.
-No podría asegurarlo, pero lo que sí te puedo decir es que no te caracterizas por rendirte a la primera de cambio.-
-No me estoy rindiendo, estoy aceptando su decisión-.
-Ambos sabemos que no es eso lo que te dicta tu corazón-.
-No. Pero es lo que debo hacer.-
Volví a suspirar como si de eso dependiera mi respiración.
-Te entiendo totalmente-.
-Solo eres una voz, no siquiera sé si estás vivo o estoy soñando-.
-Estoy vivo y no estás soñando. -
Hice un gesto de incredulidad y me mantuve callado.
-Le he escrito cartas-, agregué de pronto.
-¿Las ha leído?-
-Solo las que le he entregado, hay otras más que las tengo aún guardadas-.
-Te recomiendo que se las des-.
-¡Ya para qué!- contesté exaltado.
-Porque son para ella y pensadas en ella-.
Asentí con la cabeza.
-Quisiera que viera a través de mí, que atravesara con su mano mi pecho y viera como hace latir mi corazón.-
- Así como me lo estás diciendo, hacelo saber a ella. Merece saber que la amas-.
-Con toda el alma, desde el primer día-.
-Precisamente-.
-¿Y a todo esto, tú cómo sabes que no me rindo fácilmente?-.
-Te escucho y me doy cuenta que quieres luchar por ese amor que le tienes-.
-Eso no responde mi pregunta-.
-Porque alguna vez pasé por algo similar. Pero luché por ese amor-.
-¿Triunfaste?-.
-No puedo darte esa respuesta, pero sí puedo decirte que si la amas no la dejes ir-.
De pronto, el sol se fue ocultando, la cueva se hacía más oscura y fría. Comencé a temblar. Se encendieron unas velas al fondo muy tenues, pero alumbraban lo suficiente.
-Debo irme-, dije con cierto pesar.
- Un momento-, dijo la voz. Dile lo que sientes, que no vea que te vale y que a la primera te has alejado, que sienta que tus palabras son reales, amala como se merece.-
- ¿Y qué hay de lo que yo merezco?, siempre voy a estar con la felicidad a medias.
-Mereces la misma felicidad. Solo te estoy sugiriendo que no te alejes de ella.
-Hum! Nada pierdo con decirle de mis sentimientos. En fin, puede que lo haga.
-Antes de que te vayas quiero que veas algo-.
Las velas subieron su intensidad, al fondo había un gran espejo. Me acerqué y descubrí que todo este tiempo había estado hablando conmigo mismo.

Roberto García
Hombre arcádico con sentimientos farádicos. Escritor esporádico, iluso creador gonádico. Con amor pleno y poeta maniático, pero, poco simpático...
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