El agua salada choca con las grandes rocas de la orilla y yo camino sobre ellas como si no le temiera al desequilibrio de mi pies, a mi propia torpeza o a mis sentimientos desubicados.
El cielo se pinta de rosas y naranjas, su reflejo enamorado del mar inquieto que baila y se mece. Pienso en lo mucho que me gustaría fundirme en ellos eternamente.
La gente camina, ríe o llora alrededor. Son tantos que me siento pequeña, son tantos que se siente bien ser humana, son tantos que ya no importa nada más que la vulnerabilidad del tiempo. En otro momento diría que quiero saber todo lo que pasa por la mente de cada uno, hoy, creo que no hay nada mejor que la sensación de desconocerlos, me acurruco en ella y en el pensamiento de que no soy la única con algo roto. Es el efecto del ruido.
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