Camino entre las sombras del día, sintiendo que mi existencia se desdibuja en el aire, como el humo que se pierde tras el último cigarro. Nadie me llama en sus sueños, nadie susurra mi nombre al amanecer. No soy un recuerdo que quema ni una ausencia que llora. No habito en la urgencia de otros corazones ni en los planes que se trazan con prisa y esperanza.
Me miro al espejo y me pregunto si alguien, alguna vez, ha visto este rostro más allá de la superficie. Si mis gestos dejaron huella, si mi risa fue eco en el pecho de alguien. Pero el silencio responde, denso, inquebrantable.
Pienso que soy una figura que se cruza en las vidas de otros, sin dejar marcas, como la brisa que acaricia pero no transforma. Nadie me incluye en sus días, nadie se detiene en sus caminos imaginando el mío al lado. Soy como un libro cerrado en la última fila de una estantería, presente pero no buscado, existente pero no necesario.
Y, sin embargo, en esta soledad absoluta, me aferro al latido dentro de mi pecho, único testigo de mi ser. Porque aunque nadie me piense, yo estoy aca, sintiéndome en cada respiración, encontrándome en cada espacio vacío que otros dejan.
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