Cada amanecer es una carta sin firma,
un susurro dorado que cruza la ventana
antes de que el mundo despierte del todo.
No hace ruido el milagro.
No golpea la puerta.
Se posa en el borde de la cama
como una luz tímida que insiste:
“Hoy también estás aquí”.
Dios no siempre habla en truenos.
A veces se esconde
en el vapor del café,
en el aire frío que limpia los pulmones,
en el latido que no pediste
y, sin embargo, continúa.
Es un detalle pequeño
tan pequeño
que la prisa lo ignora,
pero sostiene el universo entero:
un día más.
Un día más para corregir el rumbo,
para amar mejor,
para pedir perdón sin orgullo,
para empezar de nuevo
aunque ayer haya dolido.
El detalle es simple,
casi humilde:
abrir los ojos
y que la luz aún esté ahí.
Y en esa claridad silenciosa
late una promesa invisible:
mientras haya amanecer,
hay esperanza.
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