Me siento en un tren fantasma,
donde cada pasajero es una historia de miles.
Una historia de miles…
Veo a través de ellos.
Puedo manosear sus pensamientos
en un intento de tocarles el alma.
Mi piel brota un color distinto,
el faro se hace sombra.
Un eco en mi piel
hace que mis latidos se hagan cristal.
Busco en el humo alguna alegría,
alguna alegría que me sirva de luz en mi camino.
El tren se sumerge en mi vacío océano
y mi mirada se bruma.
Abro la puerta de los deseos
y dejo que la marea se lleve mis sombras.
Veo lienzos hechos con mis gritos y mi sangre:
obras que surgen de espejos rotos y de esperanzas perdidas en laberintos.
La cicatriz se hace mariposa y vuela por las estrellas.
La balanza se equilibra y llego al final de la habitación.
Me espera la alegría, esa luz que oscurece hasta el mayor de mis pecados
El sentimiento toma forma, cobra vida.
Un niño me saluda del otro lado del espejo,
con una sonrisa hecha de los restos de inocencia y amor que no se usaron en las pinturas.
El peso de la culpa irrumpe mi encuentro
y destruye la dimensión de los deseos.
La melodía del niño sonaba como un eco sereno de lo que alguna vez fui.
Derramo sangre de mis manos y caigo de nuevo en el pozo.
El vacío invade mis ojos, e irrumpen en las ventanas de mi alma.
Un frío infernal arde en mi corazón.
Cadenas toman prisionera a mi mente
y me condenan a permanecer junto a la muerte.
Sin más remedio,
me amparo en las alegrías
hasta que alguien pueda salvarme,
y me condeno a este abismo
donde los ojos nos saben mirar
y la voluntad se marchita.
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