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El deporte extremo de extrañarte

Iv

Jun 29, 2026

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El deporte extremo de extrañarte
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El 22 de junio fue el cumpleaños de mi novia y, sin sorpresas, decidí regalarle una experiencia juntas: saltar a 2000 metros en paracaídas.

Hacía meses lo había pensado y un mes antes hice la reserva cerca de ella, en Alta Gracia, Córdoba.

Lo cierto es que, mientras más se acercaba la fecha, más presente tenía ese evento y cómo iba a ser.

Normal, pensé. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a que lo expusiera a semejante situación, y mi cerebro mucho menos; entonces todo el vacío de experiencia lo llenaba con suposiciones, con ideas, con miedos, con ansiedad.

Pasé muchos días sin dormir bien porque, en mi mente, quería poder controlar todo: desde el momento en que nos iban a poner los arneses y dar las instrucciones, hasta cómo iba a preparar mi cuerpo para saltar; la posición en la que estaría al momento de la caída libre; si iba a abrir los ojos para ver la avioneta desde abajo o el suelo mientras caía; si iba a sentir frío por estar tan alto y en pleno invierno; si me iba a dar un paro cardíaco en el momento en que mi cerebro entendiera que estábamos cayendo a 200 km por hora durante 25 segundos, sin nada; o si el paracaídas fallaría y finalmente me haría papilla en el suelo. También pensaba en la recomendación de una amiga, que me dijo que, cuando estuviera cerca del suelo, empezara a correr en el aire para aterrizar bien, pero también en lo que le respondí: que iba a fracturarme las piernas porque la velocidad es tanta que no podés controlarlo, que es estrellarte o estrellarte.

Alta Gracia, Córdoba. Junio 2026

Recuerdo que le dije a mi novia, una noche antes de dormirnos, que tenía mucho miedo y no podía dejar de pensar en eso; que podía escuchar mi corazón queriendo escapar de mi cuerpo antes de que lo sometiera a una posible muerte. Le pregunté cómo hacía para no pensar en eso todo el tiempo, que me gustaría hacer lo mismo, pero sabía que jamás podría tener el poder que tiene ella de vivir el presente, porque mi neurosis siempre quiere saber qué va a pasar; y son más las ansias de descubrirlo que lo que mi sistema nervioso puede calmarse y decirse: “Bueno, hasta acá. Fuiste muy neurótica por hoy”.

Por supuesto que no pasó nada. Por el contrario, salimos las dos ilesas, extasiadas, con ganas de volver a tirarnos, incluso de hacerlo de manera profesional, porque la adrenalina que genera es insuperable e incomparable con cualquier otra cosa. Enfrentarte al miedo de esa manera te hace sentir poderosa. No porque creas que podés hacer todo y nada es imposible, sino porque el poder viene de sentirte tan viva.

Alta Gracia, Córdoba. Junio 2026

Una semana después del gran salto, después de sentirme poderosa, viva y liviana, vuelvo a someterme a mi neurosis por otro deporte extremo.

Extrañarla.

Esta semana es la última que voy a estar con ella y volví a experimentar, de nuevo, cómo me iba a sentir.

Normal, pensé. Pero ahora mi mente no llena el vacío de experiencia con suposiciones, con ideas, con miedos, con ansiedad: lo llena con todo lo que sé que voy a vivir cuando vuelva a mi ciudad, a 700 kilómetros de distancia.

Entonces quiero volver al momento en que mi preocupación no era cómo iba a estar cuando estuviéramos lejos, otra vez. Quiero que mi preocupación vuelva a ser cómo prepararme para saltar, pero ahora mi mente se imagina cómo mi cuerpo tiene que prepararse: qué cosas no comer antes de que la angustia genere una gastritis; en qué posición colocarse para llorar; que la cama le va a quedar demasiado grande y va a tener que ver cómo acomodarse para que los espacios no se sientan tan vacíos y fríos.

Extrañarla es una amenaza porque sé que los primeros días me va a doler el corazón y me va a costar reencontrarme con mi rutina, con mis hábitos en soledad — que son parte de mí y me gustan —, pero también me gusta vivir la vida compartida con ella, que mis preocupaciones sean otras, poder contárselas antes de cerrar los ojos y dormir. Pero sé que ahora sí solo me queda estrellarme o estrellarme, que las primeras semanas sí me voy a hacer papilla con la realidad, hasta que junte de nuevo las fuerzas para volver a sentirme liviana y viva; con ansias esta vez no solo por volver a tirarnos juntas de un paracaídas y volar, sino también por volver a estar en caída libre hasta llegar a reencontrarnos.

Iv

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