Escaparse del molde es un arte superior al arte mismo. Alejarse de lo ya experimentado para lograr que la sinapsis alcance cierta capacidad de mutación es absolutamente incómodo porque nos propone romper el pensamiento, darlo vuelta y reconstruirlo de otra manera. Dejarse influenciar por el cambio de época y los estímulos cercanos y huir despavorido de ese enemigo silencioso, persuasivo y paralizante que es el snobismo. Silencioso porque no hay alarmas que avisen que uno está estratificando calidades artísticas subjetivamente, persuasivo porque si la vara es inalcanzable, es sumamente tentador no intentar acercarse y paralizante porque la idolatría hacia la obra ajena nos impone un respeto humilde y mentiroso al cual es imposible empatarle en la comparación.
El terreno del snobismo es un adoquín difícil de esquivar para el artista del espectro alternativo y supone la oportunidad de alejarse del carácter popular para exponerse a la experimentación y la búsqueda de vanguardia. En el medio, siempre está la posibilidad de que lo desconocido lo traicione y lo traslade al limbo del incomprendido. La intrascendencia del arte sobre estimulado por la búsqueda de originalidad y obsesionado por la intelectualización de los que persiguen la novedad de un nicho reducido que los eleve al estatus de culto, donde una supuesta superioridad moral pareciera posicionarlos por encima del resto, aún cuando los grandes públicos le dan la espalda.
La incertidumbre de la situación responde a la imposibilidad de determinar, a ciencia cierta, el resultado de la obra. La falta de criterio inmediato para comprender si las influencias que nos llevaron a tomar determinadas decisiones artísticas nos llevan a buen puerto o nos hunden a cañonazos. Si el futuro de nuestra carrera será tildado por la revelación de un carácter artístico inesperado, la madurez de una búsqueda arriesgada que nos acerque a nuevas escenas o la desaparición total del respeto popular.
Es comprensible que la sensibilidad sea capaz de interesarnos por lo que pasa en los rincones oscuros del medio artístico. Los laboratorios culturales donde lo diferentes encuentra un espacio de admiración crítica y los ensayos son escritos bajo los cánones del discurso mordaz y el análisis técnico se impone a la masividad, pero el pecado no es adentrarse en lo que uno desconoce, sino enarbolarse con lo que no nos identifica. Sostener un proyecto solo desde la búsqueda de pertenencia y no desde la convicción. Poner el cuerpo a disposición de lo que no se cree, ya sea por conveniencia, equivocación o falta de inspiración.
Como en todo generalismo, tal vez sea un error demonizar al snobismo por los vicios adquiridos y convenga utilizarlo como herramienta de descubrimiento personal. Ponerle la lupa y rescatar los elementos que nos permitan desbloquear nuevos caminos creativos y amplie los recursos de nuestra construcción simbólica. Es necesario recoger sus propuestas y adaptarlas al discurso propio sin perder la esencia de nuestra identidad discursiva para que la obra no se estanque. Disponernos a asimilar lo que nos ofrece desde su desprecio y democratizarlo en beneficio de la riqueza cultural del pueblo.
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