¿Será cierto eso que dicen, que el cuerpo lleva la cuenta? Que habla lo que callamos. Un milagro de la naturaleza soportando, por años, nuestros descuidos.
Un día dije, a modo de chiste: “Me estoy cagando a trompadas”, mientras enunciaba mis desgracias y quejas cotidianas, sin saber que pronto esas palabras se manifestarían tan intensamente. Llegando a ser tan reales como golpes en la piel, como músculos entumecidos, como úlceras en la boca, como encías sangrantes. Todo tan morado y rojo.
El cuerpo siempre advierte, da señales que elegimos ignorar. Nos muestra aquello que negamos. Y sí, podemos mirar para otro lado, pero no por mucho tiempo. Merece respeto.
Muchas veces no entiendo lo que quiere decirme. Me esfuerzo por descifrarlo. Me cuesta, y me enojo con él como si tuviera la culpa, como si fuera algo tangible por fuera de mí, encerrado en un infierno que yo misma propicio. Me hundo en la angustia de no conectarnos, de hablar distintos idiomas. Y me rindo. Y me sumerjo en lo más profundo de la oscuridad -nuestra oscuridad- y me quedo ahí, por un largo tiempo, inerte.
Y si bien cuesta encontrar la salida, una vez ahí hacemos las paces, y vuelvo a empezar. Le pido perdón, le prometo que esta vez las cosas van a ser diferentes. Lo mimo un ratito. Y el ciclo vuelve a repetirse, una y otra vez.
Me engaño a mí misma.
Soy mi propio abusador.
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