Ahí estaba ella, con una navaja entre sus manos.
Mientras lloraba, no solo sus ojos soltaban lágrimas, sino también sus muñecas.
Yo solo pude sonreír mientras decía que todo estaría bien. Me quedé sin aliento; sabía que ella no podría salvarse, pero en lo profundo de mi corazón aún tenía fe de que lo hiciera.
Ella lo hizo sin pensar en mí. Se cortó pensando que así aliviaría el dolor, pero fui yo quien se manchó con su sangre.
Sus manos frías y totalmente ensangrentadas me acariciaban las mejillas; dibujaban corazones en mi pecho con su propia sangre.
Un pequeño “te amo” salió de su boca. ¿Fue su última palabra? ¿Su último pensamiento? Quería besarla y abrazarla. Le dije que yo también la amaba, pero no me escuchó… porque ella murió.
Tenía una opción: despertar del sueño o vivir la triste realidad.
Ella, en mi mente, aún llora y yo aún no puedo salvarla.
Todas las noches repito esa misma escena.
En mi corazón siento que hay una posibilidad de cambiar toda la realidad, aunque sepa que ya es imposible.
Aún la sueño, aún la veo. Ella ahí se ve feliz; su sonrisa se ve tan hermosa. Ella alivió su dolor… ¿cómo alivio ahora el mío? Aún veo su cuerpo, tirado y frío; ese cuerpo hermoso que alguna vez me cuidó del frío.
Ahora repito esto cada noche mientras duermo. Aún la oigo llamándome. Quisiera ya no hacerlo.

Blas Guevara
Escribo para entenderme, escribo para saber quién soy. Si te gustaría apoyarme en YouTube pues también me dedico a la música.
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