Al parecer, esta vaina se jodió… y termina de acomodar la bolsa colectora entre las piernas. Apretados dentro del carro, van los cuatro saliendo del hospital.
Van esposa y cuñada con la cabeza baja, la mirada fija en el Turnpike y los pensamientos humeantes.
Detrás va un señor enflaquecido que se parece a él… y ese otro pasajero que ha estado presente todo el tiempo, muy a pesar de la incomodidad de los demás.
La cuñada es la más joven del grupo, aunque ya pisa con seguridad los 50. De tramo en tramo, revisa si él sigue ahí, recostado a la puerta, como esperando que todo sea una broma pesada.
A él no le entra en la cabeza que ese va a ser el último viaje. Y es normal que eso piense: ha sido capitán de aviación, preso político, arquitecto, dandy, asesor de políticos, padre de familia, millonario, deportista… y ahora no es más que un perro viejo que se acerca al final.
Es cáncer.
Todo ha ocurrido en un par de meses. O quizás venía de antes. Pero es tarde para investigar.
¿Qué recursos nos quedan? Pocos —ha dicho el doctor—. Lo mejor será que se comiencen a preparar para el desenlace.
Al parecer, la vida no cree en Rambos, ni en Supermanes, ni mucho menos en segundas ni terceras oportunidades.
A todos nos va a llevar el que nos trajo.
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