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El coro

Apr 7, 2024

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En la penumbra, una fina voz comenzó a cantar. Arnuf, recostado y mirando hacia la ventana, no pudo evitar escucharla; era una canción clásica, de las que su madre cantaba cuanto era niño para hacerlo dormir, como muchas madres en otras épocas.

    Hacía mucho que no la escuchaba, y aunque creía haberla olvidado se dio cuenta que se sabía la letra y despacio empezó a cantarla. Nunca había sido buen cantante, pero en ese momento, sin nadie que lo viera y con todo lo que estaba pasando, poco le importaba. La melodía era lenta pero alegre y eso le gustaba, pero al principio cantó muy bajo, como pidiendo perdón a quien pudiera estar durmiendo. Cuando vio que nadie se quejaba y que alguien cerca suyo aplaudía fue ganando confianza y antes de que se diera cuenta ya estaba cantando a viva voz como si eso fuera una fiesta, olvidándose del cansancio y las frustraciones del día, del hambre y de la soledad.

    Se sorprendió al ver que todos en el cuarto de a poco se iban uniendo y en los cuartos de al lado, y en las otras carpas hasta que todo el campamento se convirtió en coro, seguro era el coro de niños más grande del mundo. De repente alguien sacó un tambor o algo que sonaba como uno y los que no podían cantar empezaron a hacer palmas o a silbar y de a poco el coro se transformaba en orquesta improvisada, sin ningún tipo de organización y con ritmo deficiente, pero con mucho corazón. Hasta las bombas, que resonaban a lo lejos por montones y alumbraban con fuego la noche helada parecían acompañar el ritmo de la canción despojadas ya de su terrible horror y reducidas ahora al rol de simples instrumentos.

    Arnuf se dio cuenta entonces que ya no tenía miedo y a pesar de que cada tanto tosía y el polvo le cubría la cara ya no tenía hambre, y aunque el viento entraba por la carpa sin nada que lo detuviera no sentía frio, a pesar de que no había luz podía ver, a pesar de que estaba solo se sentía acompañado, a pesar de haberlo perdido todo por ese maldito misil se sentía lleno.

Jean Valjean

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