Cesaron todas las pieles que se avistaron
en el cortejo de mis racimos ponzoñosos,
de mi cólera embrujada, mi doliente rabia;
mi pulsión psicótica de muerte. Mi infancia.
¡El corazón ya no es delator, mi vida!
Que me embista el martirio hecho buitre,
y entrecorte los nervios de mi vista, si acaso
peco en nombrar la desdicha del amor.
Ya no hay amor: hay, en un tedio celestial,
un desarraigo, un desapego que grita
a los campos que las quejumbrosas palabras
que se desglosan de mi boca son himno de libertad.
¿A quién querías, en un intrépido intento, devastar?
Yace, improfanable, el ávido plumaje de este cuervo;
su graznido, su cuerpo que desviste a la carroña,
alimenta más a la lujuria nocturna
que tus bimestrales embrujos,
tus decadentes encantos.
Le escribo al terror, quien puede erotizar
mis flujos corpóreos sin ser tu sombra desbocada,
materna e injuriante. Nunca me has de probar.
Avístate en la penuria de la luna,
gato negro de horizonte en extravío.
¡Deja de retumbar en mi corazón!
El desapego delata cuán lejos estás
de mi alma anhelante, mi pecado hecho obra.
No serás, en el frío insomnio, el caudal de mi muerte.
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