A veces quisiera tener a Dios cara a cara y pedirle:
Que destruya mi alma hasta desintegrarla.
Para así, una nueva yo pueda nacer, pueda crearse, pueda manifestarse.
Porque no me gusta ser yo.
No me gusta ser retraída, ser callada, ser tranquila.
Ya no soy una niña de 19 años, pero igualmente sigo sin ser la adulta responsable que debería ser. La adulta que habla hasta por los codos, que sale, que parece poder resolverlo todo pero que nunca resuelve nada.
Sigo siendo la misma niña de siempre, que no sabe donde ir, no sabe qué decir.
Soy joven, y tengo toda una vida por delante.
¿Pero dónde está esa vida?
¿La creo, la moldeo, la salgo a buscar, tengo que correr para alcanzarla?
¿Tengo un propósito? Vaya a saber.
Bienaventurado quien ya lo sepa.
Pero miento cuando digo que no sé lo que quiero.
Porque sí lo sé. Perfectamente.
Pero una cosa es saber que se quiere, y otra cosa es ir a por ello incluso con miedo, ansiedad y dudas por doquier.
Si quiero conocer nuevas personas, mi mente me para.
Si quiero acercarme a alguien, mi mente me entorpece.
Si quiero ir de mochilera por todo el mundo, mi mente me detiene.
Si quiero volver a hablarle a alguien sabiendo que esa persona jamás me respondería, los miedos se terminan convirtiendo en cadenas y ya me es imposible moverme.
Al final, no voy detrás de lo que supuestamente quiero.
Por mis pensamientos, por esos miedos, por esa cobardía que tengo, que hasta el día de hoy no termino de superar.
Admiro a aquel que va a por todas, qué sabe cómo hablar, como integrarse, que busca a quien quiere y que va donde quiere.
Se merece todo.
Yo no podría.
Porque soy cobarde, tal vez cómoda, miedosa.
O simplemente no sé cómo hacerlo.
Tal vez debería hacer las cosas sin miedo.
No.
Debería hacerlo con miedo, con ansiedad de pensar que saldría mal, pero que al final, no hay nada que perder. Que lo único que pierdo es la comodidad, la que me ata al mismo lugar de siempre.
He querido hablarle a antiguas amigas, he querido decir cuánto quiero a la gente que amo, pero incluso eso no me sale. Y en estos momentos me doy cuenta de que soy tibia, o que me importa demasiado lo qué piensan de mí.
La verdad es que, me importan los amigos que he dañado. Volvería el tiempo atrás para revertir actitudes mías, por haberme dejado llevar, por haber actuado impulsivamente, pero no puedo más que lamentarme y actuar mejor en mi presente.
Aun así, sigo cometiendo errores, pero jamás tantos como antes.
Probablemente, si alguien más valiente que yo me lee, piense que soy un intensa, o una cobarde, y tal vez no se equivoca.
Pero algún día esta cobarde no estará para siempre en el mismo lugar.
Me moveré.
Cambiaré.
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