Si tan solo pudiera
usar tu nombre como un credo,
y que mis palabras
sean capaces de hechizar un bosque,
le pediría que
te traiga de vuelta.
No por el gusto de verte volver a mí
y saber que quebraste las cadenas de tu ego,
sino por la angustia extraña
que emana tu presencia.
Como si pudieras cortar el aire
con el susurro cálido que expulsabas
cada vez que creí
estar a punto de besarte.
Pero no.
Estaremos lo suficientemente cerca
como para hacerlo,
pero nuestras bocas, extrañamente,
poseerán polaridades iguales.
Y en ese instante
me daré cuenta
que asumir ser tu devoto
no servirá de nada.
Si yo fuera capaz
de predicar tu religión en voz alta
y convencer a todo este planeta
de que tu voz ofrece esperanza,
que la magia de tu espíritu
es capaz de purificar
las peores de las pestes…
¿tu luz divina va a, finalmente,
alumbrarme?
Porque ya estoy cansado.
Te clamé de día
y no respondiste;
y de noche
y grité al cielo,
buscando algo que me brinde
consuelo ante tanta incertidumbre.
¿Tu luz divina va a, finalmente,
alumbrarme?
Porque tengo varios
rezos que preferí tragar
por ser consciente de que
tus manos moldearon
el concepto “indiferencia”.
Así que tranquilo,
yo ya no voy a creerte.
Y, en su defecto,
me clavaré todas las cruces en la garganta,
porque yo ya entendí
que no hay redención
para los que te veneramos en silencio.
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