Una vez tenía un barrilete de mariposa violeta, era hermoso. Me encantaba llevarlo a la playa cuando había un poco de viento y lo veía allá arriba, entre los otros barriletes. Era el más lindo y el más llamativo, en mi mente parecía ser el que mas alto llegaba. Pero una vez, se voló. Resulta que mi papá lo ató mal a la reposera y chau, andá a saber dónde quedó. Yo estaba súper triste, imagínate, mi hermoso barrilete de mariposa se había volado, no lo tenía más. Ahora solo podía recordar lo mucho que lo disfruté, pero tenía esa sensación que lo podría haber disfrutado más. Pero, en el fondo, estaba contenta que al menos lo tuve y lo disfruté. Aunque se haya volado de manera repentina y brusca, sin que me lo espere.
Era la única forma de dejar de tenerlo, yo jamás lo iba a dejar ir de forma voluntaria. Y que hubiera pasado si nunca se hubiera volado? Lo hubiera disfrutado más, sí. Pero eventualmente lo iba a dejar de usar, capaz que ahora estaría tirado en algún rincón de la casa, roto y sin usar hace años. Quizás, en alguna limpieza general lo hubiera tirado o perdido en alguna mudanza.
Entonces, si me pongo a pensar, capaz estuvo bueno que en el mejor momento mi barrilete se haya volado. Porque así lo recuerdo ahora: la mariposa violeta en el aire.
Y esto, creo, que se puede aplicar a todo.
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