Una noche cálida del largo verano,
la muchachada se reúne en el centro vecinal.
Se apresura al baile y se juntan gustosos
a ser observados por el ancho mural.
Un angel ha visto desde arriba el tumulto
no entiende las risas y tanto rugir.
Se acerca curioso y un poco asustado
al suelo mojado de color marfil.
“Es grande la fiesta” parece decir,
“la noche se presta para compartir”;
de pronto en la pista aparece sin más
la pareja que vive en la casa de atrás.
Suena la música a todo volumen,
se mueve al compás el pulposo cardumen.
Entre todos resaltan los antes nombrados,
se miran firmes y bien perfilados.
Y así comenzó la danza del día,
el violín con su arco comanda la sinfonía.
Desafían a la muerte los valientes enamorados,
rindiendo homenaje al tiempo pasado.
Giros y giros van dando los locos que a veces parecen saltar,
se miran atentos un poco y otra vez a volver a empezar.
Emocionado el angel entiende la fiesta,
se suma gustoso al ritual
pero guarda en sí un saber que lo angustia,
se acerca danzando el terrible final.
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