Hay un arte que no surge de caricias ni besos, uno que no brota de suspiros dulces, ni de recuerdos brillantes; pero llega a ser tan preciado como ninguno.
En mi entendimiento asocio ese arte con el proceso de los diamantes.
¿A caso los diamantes se dejan ver a partir de un susurro?
No.
Pasa lo mismo con el arte que nace del dolor y de las penas, ese que se deja ver a partir de procesos de transformación o aceptación
Se transforma, y en su momento, sale a la luz.
A la superficie, al tacto, dejandose admirar por el que de verdad entiende su naturaleza, porque en el fondo la comparte.
Un arte que no se tiene que entender, sino uno que se tiene que vivir.
Al diamante no solo se le da valor por su belleza, sino por el proceso que conlleva hallarlo, es arduo y toma tiempo.
Pasa lo mismo con el arte nacido de las penas, los que de verdad encuentran belleza en él son los que en algún punto lo vivieron en carne propia.
¿Pueden las penas convertirse en arte, así como alguna piedra se convierte en una joya preciosa?
Si, si puede.
Convierte tus penas en diamantes.
Y siente, siente mucho, porque el proceso también es p(arte).
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