Start writing for free on quadernoPablo Bernabé Céspedes
Estar en duelo es muy similar a estar amputado. Con la diferencia clave de que al amputado no se le señala constantemente la ausencia del miembro que le fue arrancado preguntándole si ya volvió a crecer.
Hay ausencias que no se ven, pero pesan. Como miembros fantasma, siguen doliendo aunque ya no estén. Uno camina por la vida con esa falta colgando del alma, como si le hubieran arrancado algo o alguien de cuajo, sin anestesia.
El mundo sigue. La gente también. Y de pronto alguien pregunta, con la sonrisa intacta: "¿Ya estás mejor?", "¿Ya pasó?", "¿Ya lo superaste?"
Qué palabra de mierda, “superar”. Como si el amor o el dolor pudieran archivarse, como si la ausencia se cerrara con fecha de vencimiento. Como si lo que falta pudiera volver a crecer.
Nadie se acerca a un amputado a preguntarle si su brazo ya le volvió a crecer. Nadie señala con liviandad ese vacío evidente. Pero al que está en duelo, sí. Al que camina herido por dentro, sí. Como si doler más allá de lo esperado fuera una falta de carácter.
Y entonces uno aprende a esconder el muñón del alma. A sonreír sin fe. A no hablar del hueco. A convivir y bailar con la sombra de lo perdido como quien arrulla un fantasma que no quiere irse ni puede quedarse.
Pero hay días en los que uno recuerda que amar también es perder. Y que hay ausencias que no se superan, solo se integran. Como una cicatriz que ya no sangra, pero tampoco se borra.
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