Existe una idea ampliamente aceptada de que el amor es sinónimo de vida. Se dice que el amor salva, transforma, ilumina y da sentido a la existencia. Y es cierto. Sin embargo, pocas veces hablamos de su otra naturaleza: aquella que también tiene la capacidad de destruir, de marchitar y de provocar pequeñas muertes dentro del alma.
No se trata de una muerte física, sino de esas muertes invisibles que ocurren cuando una ilusión se rompe, cuando una despedida llega sin aviso o cuando una persona amada se convierte en un recuerdo. El amor tiene la extraña facultad de hacernos renacer y, al mismo tiempo, de obligarnos a despedir versiones de nosotros mismos.
Cada amor deja una huella. Algunos nos enseñan a vivir; otros nos enseñan a perder. Y aunque solemos pensar que el sufrimiento es el opuesto del amor, muchas veces es una consecuencia inevitable de haber amado profundamente. Porque cuanto más importante es alguien para nosotros, mayor es el vacío que deja su ausencia.
Quizás por eso los filósofos han reflexionado durante siglos sobre la fragilidad del corazón humano. Amar significa aceptar la posibilidad de la pérdida. Es abrir una puerta sabiendo que algún día podría cerrarse. Es confiar en alguien aun sabiendo que nada en este mundo es eterno.
Pero estas pequeñas muertes no son inútiles. Cada una transforma algo en nosotros. El amor que termina deja cicatrices, pero también deja enseñanzas. Nos recuerda que estuvimos vivos, que sentimos intensamente y que compartimos una parte de nuestra existencia con otra persona.
Tal vez el amor también cause la muerte porque todo amor verdadero cambia algo para siempre. Y cuando cambiamos, una parte de quienes éramos desaparece para dar lugar a alguien nuevo.
Poema
Hay amores que llegan como el alba,
suaves, luminosos y tranquilos,
y hay amores que se quedan para siempre,
aunque ya no habiten nuestros caminos.
El amor construye jardines
donde florecen los sueños más sinceros,
pero también deja ruinas silenciosas
cuando el tiempo derrumba sus senderos.
Morí un poco en cada despedida,
en cada nombre que aprendí a olvidar,
pero en esas pequeñas muertes
también aprendí a volver a empezar.
Porque amar es un riesgo eterno,
una promesa escrita sobre el viento,
es vivir con el corazón abierto
aunque conozca el dolor y el sufrimiento.
Y si el amor también causa la muerte,
no es por crueldad ni por condena,
sino porque nada sale intacto
de aquello que realmente vale la pena.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in