El amor como padecimiento: Crítica a la dicotomia "sano/tóxico en el marco del capitalismo
Jul 27, 2025
Introducción
Durante las últimas décadas, en el marco de los discursos terapéuticos, feministas y progresistas, ha emergido con fuerza la idea de que el amor debe ser "sano": basado en la comunicación, la responsabilidad afectiva, el respeto mutuo y la ausencia de violencia. Esta narrativa, muchas veces vehiculizada por el lenguaje de las redes sociales y el consumo de bienestar emocional, establece una posición tajante entre el "amor sano" y el "amor tóxico". Sin embargo, esta dicotomía simplifica y moraliza la experiencia amorosa, desconociendo su carácter contradictorio, conflictivo y estructuralmente doloroso.
Este trabajo propone una crítica a dicha oposición, situando al amor como un dispositivo ideológico y afectivo del heterocapitalismo (término usado por Leonor Silvestri). Retomando aportes de Silvia Federici, Eva Illouz, Michel Foucault y Monique Wittig, se argumenta que el amor, lejos de ser una experiencia puramente emocional o privada, cumple funciones clave en la reproducción social, la subordinación de los cuerpos (especialmente feminizados) y la organización del deseo en formas funcionales al orden económico, político y simbólico dominante.
1.La trampa del "amor sano"
La noción de "amor sano" responde a un ideal normativo contemporáneo que promueve la gestión emocional racional, la estabilidad afectiva y el control del deseo. En este sentido, se alinea con las lógicas del neoliberalismo emocional que, según Eva Illouz (2012), ha transformado los vínculos íntimos en espacios de regulación psicoafectiva, donde el sufrimiento debe ser minimizado, tratado o evitado.
Desde esta perspectiva, el amor que produce angustia, contradicción o malestar es inmediatamente clasificado como "tóxico", obviando que todo amor reaql conlleva un grado inevitable de padecimiento psíquico. Como plantea Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso (1977), el sujeto enamorado está estructuralmente expuesto al dolor: el deseo no correspondido, la espera, el miedo a la pérdida y la vulnerabilidad son inherentes a la experiencia amorosa, incluso en contextos no violentos.
2. El amor como dispositivo del heterocapitalismo
La forma dominante del amor, es decir, el amor romántico heterosexual, ha funcionado históricamente como un dispositivo de control social y organización de la reproducción. Como señala Silvia Federici (2004), el surgimiento del capitalismo implicó una reestructuración de los cuerpos y del trabajo reproductivo. El amor, en ese contexto, se volvió coartada afectiva que naturalizó la explitación doméstica y emocional de las mujeres dentro del marco de la familia nuclear.
La promesa del amor eterno, cuidado mutuo y plenitud emocional sirvió para justificar la carga de trabajo no remunerado (crianza, mantenimiento del hogar, sostenimiento afectivo) a la que muchas mujeres siguen estando sujetas. En palabras de Federici, "la domesticación del amor fue parte del proceso que dio lugar al confinamiento de las mujeres en el hogar" (2004).
No obstante, el capitalismo no es solo un sistema económico, sino también un sistema de producción de subjetividad. Como tal, requiere un dispositivo de sexualidad que, lejos de ser natural, responde a una construcción histórica: la heterosexualidad como régimen político. Tal como lo plantea Monique Wittig (1978), la heterosexualidad no es una orientación más entre otras, sino una institución política que organiza los cuerpos, los deseos y las funciones sociales.
En este marco, no hay posibilidad de un amor "fuera" de la toxicidad, porque toda forma de amor está atravesada por las relaciones de poder, la norma heterocentrada y los intereses de la reproducción capitalista. Incluso aquellas relaciones que no se identifican como heterosecuales pueden ser territorializadas por esta matriz normativizante, reproduciendo lógicas similares de subordinación, propiedad o deber afectivo.
3. La patologización del deseo y la despolitización del conflicto
La oposición entre amor "sano" y "tóxico" también produce un efecto de patologización del sufrimiento amoroso. Al reducir los conflictos afectivos a una cuestión de elecciones individuales o habilidades comunicacionales, se borra el carácter estructural del padecimiento. Michel Foucault (1976) ya había advertido que el poder opera sobre los cuerpos no solo a través de la prohibición, sino también mediante la normalización de ciertas formas de subjetividad: en este caso, la del sujeto emocionalmente equilibrado, autónomo, responsable, que sabe elegir "bien" a quien amar.
Bajo esta lógica, el sufrimiento amoroso se vuelve síntoma de inmadurez, dependencia emocional o trauma no resuelto. Pero rara vez se lo piensa como efecto del modo en que el amor está organizado socialmente: como mandato de felicidad, promesa de sentido vital y forma de productividad afectiva.
4.Amar duele: hacia una resignificación crítica del amor
Reconocer que el amor duele no implica romantizar la violencia o la dependencia, sino aceptar que el amor, como experiencia humana, conlleva inevitablemente conflicto, vulnerabilidad y contradicción. El amor no es una zona de confort, sino un campo de tensiones, entre el yo y el otro, entre el deseo y la imposibilidad, entre la libertad y el apego.
No existe una vida sin padecimiento; la angustia es constitutiva y, como tal, no debe ser evitada sino elaborada. En ese sentido, el amor es uno de los territorios más intensos donde se juega ese padecimiento, donde el yo se ve obligado a confrontarse con su carencia, su deseo y su alienación.
Por eso, resulta urgente desmontar tanto la idealización neoliberal del "amor sano" como la fantasía progresista de un amor libre de sufrimiento. En ambos casos, se niega lo real del deseo, lo traumático del vínculo, y la potencia política que tiene pensar el amor desde sus pliegues oscuros. '
5. ¿Qué queda después del amor?: Nombrar lo otro
Si el amor, tal como lo conocemos, está estructuralmente atravesado por la dominación, la posesividad y la explotación afectiva, entonces cabe preguntarse si no es posible inventar nuevas formas de nombrar eso que, sin dejar de estar implicado en el deseo o el cuidado, resista la lógica del amor romántico.
Tal vez no se trate de dejar de vincularnos, sino de inventar otros lenguajes, otras prácticas y otras formas de afectividad. Algunas propuestas que emergen desde el pensamientp feminista, cuir y descolonial son:
-Ternura radical: como decisión política de cuidar sin poseer.
-Complicidad: como alianza afectiva sin jerarquías.
-Deseo cuidado: un deseo que se hace cargo de su potencia, sin instrumentalizar ni dañar.
Este gesto no implica negar el conflicto, sino alojarlo desde otros marcos. Si el amor ha sido un dispositivo de poder, nombrar lo otro es una forma de insubordinación poética y política.
Conclusión
El amor no es redención, ni espacio de equilibrio emocional garantizado. El amor, incluso en ausencia del violencia, nos desordena, nos expone, nos transforma. No se trata de elegir entre "amar bien" o "amar mal", sino de cuestionar las condiciones históricas, políticas y simbólicas que han moldeado nuestra forma de amar.
Tal vez el desafío no esté en sanear el amor, sino en comprenderlo como un campo de lucha: por resignificarlo, por habitarlo desde otros marcos, por no caer en la trampa de la gestión emocional neoliberal, ni en la cínica frialdad del desapego performativo. Quizá el futuro esté en desear de otras maneras, cuidar con otras palabras, y contruir afectos sin amo ni dueño.
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