Un cielo rojizo triunfa sobre el firmamento:
Las nubes son zarandeadas con suavidad
gracias a la amable brisa, que acompaña
su camino de vuelta a casa.
Bajo este, tumbados sobre las flores, observan atentamente
el azul dos almas indistinguibles desde la altura.
Una de ellas ríe descontroladamente,
la otra se limita a mirarla.
Sus manos se encuentran entrelazadas,
y sus cabezas adyacentes la una
a la otra.
No hay pausas silenciosas, pues sus voces
arrastran consigo miles de historias,
que son contadas con la emoción
de un infante que busca
el amor de su
protector.
Las lágrimas quedaron estancadas en
recuerdos pasados, y la felicidad
abundaba en la sencillez de sus cuerpos;
sin embargo, todo no puede ser
de color dorado.
La noche tuvo que caer, y el mañana
pretendía venir con dulzura.
Pero, para aquella que reía,
su sonrisa pereció
en la oscura
y fría
sombra.
¡Cuánto lloró su acompañante al descubrirlo!
Su corazón, cosido por las costuras
de la mano de su amada, se descosió
sin posibilidad de reparación; y,
al tomar los hilos desprendidos,
formó una soga bajo los árboles
donde descansaron antaño.
El viento volvió a soplar,
pero ninguno de sus cuerpos
pudo sentirlo
otra vez.
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