Y pensar que dudé en quedarme con él cuando lo vi por primera vez, todo empapado y usurpando mi lavadero.
Pelearlo en la repartija de bienes, seis años después, fue mi decisión más sabia. Si hubiera imaginado que sería el mejor compañero de siestas y de vida, no lo hubiera pensado ni un segundo.
Come acostado, duerme con la cabeza fuera de su cama y tiembla cada día cuando lo dejo solo.
Con complejo de rottweiler, hace huecos enormes en la tierra del jardín y, como excepción a su raza, es un caniche que apenas ladra.
Si te ve mal, te consuela con su cabeza encima y espera que lo acaricies hasta que te calmes.
Una copia exacta mía: fatiga y pachorra, dispuesto a dormir a toda hora.
Él no lo sabe pero su compañía fue mi salvación, más de una vez. Él es mi refugio y mi lugar de calma.
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