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Treinta minutos han pasado desde que Doris espera el colectivo, el reloj suena dentro suyo como una canción. Camina hacia adelante y se devuelve, gira y mira a los lados. Sola. Treinta y tres minutos. Resopla. Siente un leve calor a su derecha que contrasta con la brisa que ha estado aguantando. Observa de dónde viene: otra piba sentada al lado. Doris inhala ese aire frío, lentamente, moviendo su pierna sin descanso. Escucha a la piba exhalar. Ahora son dos que esperan. Treinta y cinco minutos. Doris se levanta, y la piba igual. Escucha la pronta llegada del colectivo, por lo que avanza unos pocos pasos sin salir de la acera. La piba igual. Ella debe pasar después, Doris ha esperado mucho como para que se le adelante. El chofer parece estar apurado en llegar como Doris de que llegue. La piba baja la acera y continúa caminando lentamente. Doris se da cuenta que llevan el mismo abrigo bordó y que su pelo está atado con la misma cinta negra. Doris inhala y ya no escucha el exhalo de la piba, sino las ruedas desenfrenadas que la llevan primero. El 37 pasó, Doris vuelve a esperar.

María, de Buenos Aires

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