No te escribo a vos. En realidad, no le escribo a nadie. O te escribo para escribirme (cliché redundante sí los hay).
A veces me gusta creer que no me afecta, que estoy re curtida y que la vulnerabilidad no me da miedo. Que no importa cuándo o dónde me toquen, lo gestiono. Si ya las pasé todas, ¿qué me va a hacer un beso más o un beso menos?
Pero me hace, no sé bien cómo. Es esa coraza estúpida vinculada a teñirme de negro para parecer intimidante. Siempre odié la frase “bañate en aceite”, de chiquita pensaba en la cantidad de granos que me podría sacar (y un poco, metafóricamente hablando, es así).
No me sirve resbalar, no me llena, no me llama, no me habla. Todo me interpela y en todo soy uno y miles y múltiples. No sé si está bueno, pero siento y sólo cuando siento puedo respirar. En el sentir me encuentro a mí, me vivencio. Como en una espiral de egolatría compartida. Nadie le escapa al ego, ni Kurt bautizando como Nirvana a su banda, probablemente tampoco el Siddharta de Hesse.
Así que no sé qué tan curtida estoy, pero espero nunca resbalar en aceite.
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