Ecos del daño de agresores y victimas invisibles / Palabras que destruyen Echoes of Invisible Harm/Words That Shatter
Jun 8, 2026
Agresión verbal y teodicea del perdón
Verbal aggression and theodicy of forgiveness
Viviana Matus Rodriguez , Master Science Multilingual/Multicultural Education, FSU. Magister en Políticas Educativas, Bachellor Management/Marketing, Eckerd, Profesora de Inglés, USACH, Estudiante Teología UCSC, PhD Studies Bilingüe Education, FSU, Experta en TEA, y Necesidades Especiales de Aprendizaje. Diplomada en IA y en Enseñanza Virtual, México.
Abstract
Severe verbal aggression is a form of violence that is often overlooked in educational and community settings, even though it can deeply affect a person’s emotional well-being, physical health, academic life, and spiritual stability. This study examines the effects of verbal violence through the perspectives of psychiatry, philosophy, and Christian theology, combining scientific research on the brain and emotions with ethical and theological reflection on human suffering. It also explores how institutional silence, the normalization of abusive behavior, and the lack of effective support systems allow this hidden harm to continue within universities and faith communities. Based on recent studies about mental health and psychological violence in academic environments in Chile and the United States, the research shows that constant exposure to humiliation, insults, and verbal hostility can lead to anxiety, depression, emotional exhaustion, difficulties in concentration, and a serious loss of personal dignity. From a theological perspective, suffering should not be understood as acceptance of injustice or abuse, but as a moral call for communities and institutions to protect the dignity and well-being of every person. Finally, the study argues for the recovery of respectful language to promote recognition, justice, and the restoration of human dignity.
Keywords: verbal aggression, human dignity, psychological violence, suffering, mental health, theology, ethics, universities.
Resumen –––
La agresión verbal grave constituye una forma de violencia que con frecuencia es ignorada en contextos educativos y comunitarios, a pesar de las profundas consecuencias que puede provocar en el bienestar emocional, la salud física, la vida académica y la estabilidad espiritual de una persona. Este estudio analiza los efectos de la violencia verbal desde las perspectivas de la psiquiatría, la filosofía y la teología cristiana, integrando investigaciones científicas sobre el cerebro y las emociones con una reflexión ética y teológica acerca del sufrimiento humano. Asimismo, examina cómo el silencio institucional, la normalización de las conductas abusivas y la falta de mecanismos efectivos de apoyo permiten que este daño invisible continúe dentro de universidades y comunidades de fe. A partir de estudios recientes sobre salud mental y violencia psicológica en ambientes académicos de Chile y Estados Unidos, la investigación demuestra que la exposición constante a humillaciones, insultos y hostilidad verbal puede generar ansiedad, depresión, agotamiento emocional, dificultades de concentración y un grave deterioro de la dignidad personal. Desde una perspectiva teológica, el sufrimiento no debe entenderse como aceptación de la injusticia o del abuso, sino como un llamado moral para que las comunidades e instituciones protejan la dignidad y el bienestar de toda persona. Finalmente, el estudio propone recuperar el valor del lenguaje respetuoso como un medio para promover el reconocimiento, la justicia y la restauración de la dignidad humana.
Palabras clave: agresión verbal, dignidad humana, violencia psicológica, sufrimiento, salud mental, teología, ética, universidades.
1. Introducción
En el contexto de un aula universitaria, un compañero de curso —que además pertenecía a la misma comunidad oratoriana— incurrió en una agresión verbal grave que fue mucho más allá de un desacuerdo académico o de una diferencia de opiniones. Las palabras utilizadas, repetidas de manera constante y cargadas de descalificación y humillación, provocaron un impacto profundo en la estabilidad emocional, la integridad psicológica y la dignidad personal de quien las recibió. Actualmente, diversos estudios en neuropsiquiatría y psicología clínica han evidenciado que la violencia verbal sostenida puede dejar consecuencias similares a las producidas por otras experiencias traumáticas, generando estados de ansiedad, estrés permanente, inseguridad, hipervigilancia y dificultades que afectan el bienestar mental y las relaciones humanas. En este caso, el daño no quedó reducido a una herida emocional pasajera, sino que se transformó en una experiencia de quiebre interior que alteró la sensación de seguridad, pertenencia y reconocimiento dentro de un espacio universitario que, por su propia naturaleza, debería favorecer el respeto, el desarrollo humano y la formación integral de la persona.
No se trató, por tanto, de un intercambio racional orientado a la búsqueda común de la verdad, ni de una confrontación argumentativa propia del ámbito universitario, donde la pluralidad de pensamiento constituye un elemento esencial de la vida académica. Por el contrario, la situación fue tomando un rumbo cada vez más agresivo dejando de lado el dialogo respetuoso para dar paso a descalificaciones personales, expresiones de menosprecio y palabras que sobrepasaron los limites mínimos de una convivencia humana sana. La apelación a Dios y al lenguaje de la fe terminó siendo empleada como una forma de validar actitudes contrarias al sentido más profundo del Evangelio y a la tradición cristiana, la cual sostiene el respeto incondicional por la dignidad de toda persona. Más que favorecer la fraternidad, el acompañamiento o la corrección fraterna, el discurso terminó convirtiéndose en una experiencia de humillación que contradijo directamente los valores humanos y espirituales que deberían orientar toda comunidad creyente y todo espacio formativo.
En este sentido, lo sucedido no puede entenderse simplemente como una discusión pasajera o como un desacuerdo personal entre individuos dentro de un espacio académico. La situación adquirió una dimensión mucho más profunda, ya que afectó directamente aquello que constituye el centro mismo de la persona: su dignidad, su valor humano y la conciencia de ser reconocida y respetada por los demás. Desde la tradición bíblica, esta realidad se expresa en la idea del imago Dei, es decir, en la convicción de que todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios: “Dios creó al ser humano a su imagen” (Gn 1,27, Biblia de Jerusalén). Esta afirmación no posee únicamente un sentido religioso, sino también antropológico y ético, porque sostiene que cada persona posee una dignidad propia que no depende de su posición social, de su estado emocional, de sus capacidades ni de la manera en que es tratada por otros.
Bajo esta perspectiva, la agresión verbal no se limita al uso de palabras ofensivas, sino que implica una ruptura profunda en el reconocimiento del otro como sujeto digno de respeto. Cuando una persona es humillada, ridiculizada o constantemente descalificada, se produce un daño que trasciende lo emocional inmediato y alcanza dimensiones psicológicas, relacionales e incluso espirituales. Diversas investigaciones en neurociencia y salud mental han mostrado que la exposición continua a violencia verbal puede alterar los niveles de estrés del organismo y afectar áreas cerebrales vinculadas a la memoria, la regulación emocional y la percepción de seguridad interpersonal. Un estudio desarrollado por Martin Teicher y colaboradores en la Facultad de Medicina de Harvard evidenció que las experiencias persistentes de abuso verbal durante etapas formativas pueden generar consecuencias similares a otras formas de trauma psicológico, incrementando síntomas de ansiedad, depresión, hipervigilancia y deterioro de la autoestima.
Por ello, la violencia verbal no debe considerarse un hecho menor ni un simple exceso discursivo. En el fondo, constituye una herida ética y humana que afecta la percepción del propio valor y debilita las bases del reconocimiento mutuo sobre las cuales debería construirse toda convivencia universitaria, comunitaria y cristiana.
La Sagrada Escritura advierte en numerosas ocasiones sobre la fuerza que poseen las palabras y sobre el daño que pueden provocar cuando son utilizadas de manera injusta o agresiva. La carta de Santiago señala que “la lengua también es fuego… contamina todo el cuerpo” (St 3,6), utilizando una imagen especialmente intensa para mostrar cómo la palabra puede destruir relaciones, alterar profundamente la convivencia humana y dejar heridas morales difíciles de reparar. No se trata solamente de una exhortación religiosa acerca del buen comportamiento, sino de una comprensión profunda de la condición humana. Aquello que se dice tiene la capacidad de afectar la vida interior de las personas, su autoestima, su sentido de seguridad y la manera en que se perciben a sí mismas dentro de una comunidad.
Del mismo modo, Jesucristo subraya la responsabilidad ética que acompaña al lenguaje cuando afirma que “de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio” (Mt 12,36). Esta expresión pone de manifiesto que las palabras nunca son completamente neutras ni indiferentes, porque pueden convertirse en instrumentos de acogida, consuelo y reconocimiento, pero también en medios de humillación, exclusión y violencia. Desde una perspectiva antropológica y teológica, el lenguaje participa directamente en la construcción de la convivencia humana, ya que a través de él las personas se reconocen mutuamente, establecen vínculos y afirman la dignidad del otro.
En las últimas décadas, diversos estudios científicos han confirmado esta realidad desde el ámbito de la neurociencia y la psicología clínica. Investigaciones demostraron que la exposición constante a agresiones verbales puede activar respuestas cerebrales similares a las producidas por otras formas de maltrato, afectando regiones relacionadas con la regulación emocional, la memoria y la percepción de amenaza. Asimismo, estudios sobre violencia psicológica en contextos educativos han mostrado que las humillaciones reiteradas y las descalificaciones persistentes pueden generar ansiedad, aislamiento social, estrés crónico y una disminución significativa de la autoestima. De este modo, tanto la reflexión bíblica como la investigación científica coinciden en reconocer que la palabra posee un poder profundamente humano y puede fortalecer la vida y la dignidad de las personas, o bien convertirse en una fuente de sufrimiento y deterioro interior cuando es utilizada para herir.
En continuidad con esta enseñanza, el Magisterio contemporáneo ha insistido en que la violencia no se manifiesta únicamente mediante formas físicas visibles, sino también a través de dinámicas verbales, psicológicas y simbólicas que deterioran silenciosamente la integridad humana. El Papa Francisco recuerda que toda violencia verbal degrada la dignidad de la persona y fractura el tejido social (cf. Fratelli tutti, 2020, n. 225), mientras que San Juan Pablo II subraya que el respeto a la persona constituye el criterio fundamental de toda convivencia auténticamente humana y justa (cf. Centesimus annus, 1991, n. 11). Estas reflexiones adquieren especial relevancia en contextos universitarios y eclesiales, donde la búsqueda de la verdad debería estar inseparablemente unida al respeto irrestricto por la dignidad humana.
Así, lo vivido no puede interpretarse como una simple tensión interpersonal ni como una experiencia aislada carente de relevancia ética, sino como una ruptura antropológica, moral y espiritual que afecta directamente el reconocimiento del otro como sujeto digno, libre y portador de un valor que no puede ser relativizado ni instrumentalizado. Cuando la violencia verbal es minimizada, justificada o normalizada dentro de espacios educativos o religiosos, no solo se daña a quien la recibe, sino que también se debilita la credibilidad ética de las instituciones llamadas a proteger la persona humana.
Por ello, la presente investigación no busca únicamente describir un acontecimiento concreto, sino interpretarlo críticamente desde un enfoque interdisciplinario que integra aportes de la psiquiatría, la filosofía y la teología. A partir de esta articulación teórica, se pretende demostrar que aquello que superficialmente podría aparecer como un conflicto individual revela, en realidad, una problemática mucho más profunda vinculada a la comprensión contemporánea de la dignidad humana, la responsabilidad moral, la verdad, la justicia y el sentido del sufrimiento. En consecuencia, se plantea la necesidad de una respuesta que no permanezca en el nivel meramente reactivo o administrativo, sino que sea capaz de integrar verdad, responsabilidad ética, reparación humana y sentido trascendente frente al daño producido.
2. Impacto psiquiátrico y costos personales
Desde la psiquiatría y la neuropsicología contemporánea, este tipo de agresiones no puede interpretarse como un simple malestar emocional pasajero ni como una experiencia menor que desaparece con el tiempo. Cuando la violencia verbal se desarrolla de manera constante dentro de un espacio que debería ofrecer seguridad, respeto y contención —como una comunidad universitaria o religiosa— el impacto psicológico adquiere una profundidad mucho mayor. En estos casos, el daño suele configurarse como un trauma relacional complejo, es decir, una herida interior que surge precisamente porque la agresión proviene de personas cercanas o de ambientes donde se esperaba reconocimiento humano y protección emocional. La experiencia se vuelve especialmente dolorosa porque rompe la confianza básica en el otro y altera la percepción de seguridad dentro de la convivencia cotidiana.
El psiquiatra neerlandés-estadounidense Bessel van der Kolk explica que las experiencias traumáticas prolongadas generan una hiperactivación persistente de la amígdala cerebral, estructura encargada de detectar amenazas y activar las respuestas de alarma del organismo. Según señala en The Body Keeps the Score (Nueva York, Viking, 2015, pp. 53-58), el cerebro permanece en un estado constante de vigilancia incluso cuando el peligro inmediato ha terminado, produciendo síntomas como ansiedad permanente, hipervigilancia, miedo anticipatorio y dificultades para recuperar una sensación básica de calma y estabilidad. En consecuencia, la persona comienza a experimentar el entorno como un espacio impredecible y amenazante, reviviendo el dolor mediante recuerdos intrusivos, pensamientos reiterativos o reacciones emocionales intensas que aparecen incluso ante estímulos cotidianos. Estas dinámicas se relacionan con lo que actualmente se conoce como trastorno de estrés postraumático relacional, donde el sufrimiento no surge únicamente de un hecho aislado, sino de la repetición continua de experiencias humillantes y degradantes.
En la misma línea, el psiquiatra e investigador Daniel Siegel sostiene que las experiencias de violencia interpersonal afectan directamente la integración cerebral, es decir, la capacidad de conectar de manera equilibrada las emociones, los pensamientos y las respuestas corporales. En The Developing Mind (Nueva York, Guilford Press, 2012, pp. 336-342), explica que el trauma altera la coordinación entre distintas áreas del cerebro, dificultando que la persona pueda comprender lo que siente, organizar sus emociones y mantener una percepción estable de sí misma. Como consecuencia, aparecen estados de ansiedad generalizada, confusión emocional, inseguridad persistente y una sensación de pérdida de control interno que afecta profundamente la vida cotidiana y las relaciones humanas.
A ello se agregan fenómenos clínicos especialmente complejos, como el insomnio paradójico y la alexitimia somática. El primero describe situaciones en las que la persona experimenta agotamiento físico y mental, pero no logra descansar adecuadamente debido al estado constante de tensión interna. La alexitimia somática, por su parte, se refiere a la dificultad para identificar, comprender y expresar las propias emociones, de modo que el sufrimiento termina manifestándose principalmente a través del cuerpo mediante cefaleas, problemas gastrointestinales, tensión muscular, taquicardias o sensación permanente de agotamiento. El neurólogo y neurocientífico portugués Antonio Damásio afirma en Descartes’ Error (Nueva York, Putnam, 1994, pp. 178-185) que la desconexión entre emoción y conciencia altera directamente la capacidad de tomar decisiones, construir identidad personal y mantener una percepción coherente del propio yo. Desde esta perspectiva, el daño provocado por la violencia verbal no queda limitado al ámbito emocional o psicológico, sino que compromete también procesos neurológicos fundamentales relacionados con la memoria, la regulación afectiva y la estabilidad de la identidad humana.
Por ello, reducir este tipo de experiencias a una “simple discusión” o a un “conflicto interpersonal” implica desconocer la profundidad real del sufrimiento que producen. La evidencia clínica y neurocientífica muestra que la violencia verbal sostenida puede dejar secuelas duraderas en la mente, el cuerpo y la vida relacional de la persona, especialmente cuando ocurre en contextos donde debería existir cuidado mutuo, respeto y protección de la dignidad humana.
Desde una perspectiva clínica más amplia, Judith Herman (1992) subraya que el trauma interpersonal prolongado altera la identidad y la percepción de seguridad, especialmente cuando ocurre en contextos donde debería existir confianza, lo que coincide con la noción de trauma relacional complejo. Por su parte, la Dra. Harriet Lerner (2014) identifica el silencio frente a estas situaciones como una forma de perpetuación del daño, describiéndolo como una dinámica donde la persona termina anulándose para sostener una relación disfuncional. Esta represión emocional no libera, sino que intensifica procesos de disociación, fragmentando la experiencia del yo. Por ello, el proceso de sanación no puede basarse en el silencio ni en un perdón superficial, sino que requiere una confrontación veraz de lo ocurrido, donde la palabra recupera su función de verdad y permite iniciar una integración real de la experiencia vivida.
Aquí se ilumina también el magisterio de San Juan Pablo II cuando afirma que “no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón” (Juan Pablo II, 2002, n. 3), lo que implica que el perdón no es una evasión psicológica ni una negación del daño, sino un proceso integral que exige verdad, reconocimiento de la herida y una forma de reparación que restituya la dignidad vulnerada. En esta misma línea, Benedicto XVI subraya que la caridad sin verdad se convierte en un sentimentalismo vacío incapaz de sanar realmente (cf. Caritas in veritate, 2009, n. 3), mientras que el Papa Francisco insiste en que no puede haber perdón auténtico si se encubre la injusticia o se silencia a la víctima (cf. Fratelli tutti, 2020, n. 244). Desde la tradición espiritual, San Juan de la Cruz permite comprender que este proceso puede vivirse como una “noche oscura”, es decir, una experiencia de despojo interior donde todo parece perder sentido, pero que, atravesada en verdad, abre a una transformación profunda del ser.
El costo personal, lejos de ser abstracto, se experimenta como un verdadero abismo kenótico, donde la kenosis —el “vaciamiento” de Cristo descrito en Flp 2,7— se refleja existencialmente en un agotamiento total que compromete tanto lo psíquico como lo corporal. Este colapso médico-mental agudo se manifiesta en síntomas concretos como taquicardia psicógena, donde el cuerpo reacciona al estrés como si estuviera en peligro real, ideación rumiante suicida subclínica, entendida como pensamientos recurrentes sobre la muerte sin estructuración de un plan, agotamiento suprarrenal, asociado a la sobrecarga del sistema de respuesta al estrés; y disforia anhedónica, que implica una incapacidad persistente para experimentar placer. Desde la psiquiatría, Bessel van der Kolk (2015) explica que el trauma desregula los sistemas neurobiológicos encargados de la seguridad, mientras que Bruce McEwen (2007) describe este fenómeno como “carga alostática”, es decir, el desgaste acumulativo del organismo frente al estrés crónico. Asimismo, Stephen Porges (2011), con su teoría polivagal, muestra cómo el sistema nervioso puede quedar atrapado en estados de colapso, dificultando la recuperación emocional.
Frente a la profundidad de este daño, fue necesario recurrir a un proceso de acompañamiento integral que considerara no solamente los síntomas psicológicos inmediatos, sino también las dimensiones emocionales, corporales, relacionales y espirituales de la persona. La experiencia traumática había afectado distintos niveles de la vida interior, por lo que el abordaje terapéutico debió construirse desde una mirada amplia e interdisciplinaria, capaz de integrar tanto los aportes de la psiquiatría y la psicoterapia como el acompañamiento espiritual.
Dentro de este proceso, se incorporó tratamiento psicofarmacológico mediante inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), específicamente escitalopram, con el objetivo de contribuir al restablecimiento del equilibrio neuroquímico alterado por los estados prolongados de ansiedad, hipervigilancia y agotamiento emocional. Diversos estudios en psiquiatría clínica han demostrado que este tipo de medicamentos puede ayudar a disminuir síntomas asociados al estrés traumático, favoreciendo una mayor estabilidad emocional y permitiendo que la persona recupere progresivamente capacidad de descanso, concentración y regulación afectiva. Sin embargo, el tratamiento farmacológico por sí solo no resulta suficiente cuando el sufrimiento se encuentra vinculado a experiencias relacionales profundas, ya que el trauma no afecta únicamente el funcionamiento cerebral, sino también la manera en que la persona interpreta su historia, sus vínculos y su propia identidad.
Por esta razón, también se recurrió a la terapia EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing), desarrollada por Francine Shapiro, método terapéutico ampliamente utilizado en el tratamiento del trauma psicológico. Esta terapia facilita el reprocesamiento de recuerdos dolorosos mediante estimulación bilateral —ya sea visual, auditiva o táctil— permitiendo que memorias traumáticas que permanecían emocionalmente “atascadas” puedan integrarse de una manera menos invasiva y angustiante. Numerosas investigaciones clínicas han mostrado que el EMDR contribuye a disminuir la intensidad emocional de recuerdos traumáticos, reduciendo síntomas de ansiedad, miedo persistente y reexperimentación dolorosa de los acontecimientos vividos.
Junto con ello, el proceso incluyó un abordaje desde el psicoanálisis lacaniano breve, orientado a elaborar simbólicamente la experiencia a través de la palabra. Desde esta perspectiva, el sufrimiento humano no se limita a síntomas clínicos observables, sino que también involucra heridas relacionadas con el reconocimiento, el lenguaje y la manera en que la persona logra narrar y comprender lo vivido. La posibilidad de expresar el dolor en un espacio terapéutico permitió resignificar experiencias de humillación y reconstruir progresivamente una percepción más estable de sí mismo, especialmente después de haber sido afectado por discursos descalificadores que dañaron profundamente la autoestima y el sentido de dignidad personal.
A este acompañamiento psicológico y psiquiátrico se sumó también la dimensión espiritual, particularmente a través del acompañamiento ignaciano, inspirado en la tradición de Ignacio de Loyola. Este enfoque se centró en el discernimiento interior y en la búsqueda de sentido incluso en medio del sufrimiento, siguiendo la espiritualidad ignaciana que invita a “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”. Lejos de interpretar el dolor como resignación pasiva, este acompañamiento permitió comprender la experiencia desde una perspectiva espiritual orientada a la reconstrucción interior, al reconocimiento de la propia dignidad y a la recuperación de la esperanza.
Asimismo, la guía espiritual inspirada en la tradición salesiana y en la espiritualidad del Oratorio Mariano ofreció un espacio de acogida humana, escucha y contención afectiva. La espiritualidad salesiana, profundamente marcada por el pensamiento de Juan Bosco, pone especial énfasis en el acompañamiento cercano, la confianza, la amabilidad y el cuidado integral de la persona, particularmente en contextos de fragilidad emocional. En este sentido, la experiencia espiritual no se vivió como una evasión del sufrimiento, sino como una instancia concreta de apoyo humano y reconstrucción interior frente a una experiencia que había afectado profundamente la seguridad emocional, la confianza interpersonal y el sentido de pertenencia comunitaria.
En el ámbito académico, este impacto se traduce en un eclipse hermenéutico total, es decir, una imposibilidad real de interpretar, comprender y trabajar con los textos, especialmente los de carácter teológico o bíblico, debido a la saturación emocional y cognitiva; esto afecta la asistencia a clases magistrales, la elaboración de apuntes, las prelecturas exegéticas y la participación en seminarios. A ello se suma lo que puede denominarse “invisibilidad burocrática”, una forma de violencia institucional en la que la estructura universitaria no logra reconocer ni responder adecuadamente a la crisis vivida, exigiendo el cumplimiento normal de evaluaciones, trabajos o tesis mientras la persona continúa expuesta al agresor en espacios compartidos.
Esta realidad refleja lo que el Papa Francisco ha descrito como cultura del descarte (cf. Evangelii gaudium, 2013, n. 53), donde lo que no encaja en la lógica funcional tiende a ser ignorado, y se contrapone al llamado evangélico a hacerse cargo del que sufre, como recuerda la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,33-34, Biblia de Jerusalén), que no pasa de largo, sino que se detiene, reconoce y actúa frente al dolor del otro.
En este sentido, el acompañamiento humano, académico y espiritual no constituye un gesto secundario ni opcional, sino una exigencia ética fundamental. Reconocer el sufrimiento de quien ha sido herido por la violencia verbal implica comprender que el daño psicológico no siempre es visible exteriormente, pero puede afectar profundamente la estabilidad emocional, la identidad personal, la vida comunitaria y la capacidad misma de continuar desarrollando el propio proyecto formativo y vocacional
La invisibilidad que frecuentemente enfrentan las víctimas de agresiones verbales y psicológicas dentro de espacios universitarios no constituye únicamente una percepción subjetiva, sino una realidad ampliamente estudiada en investigaciones recientes sobre violencia interpersonal y dinámicas grupales. Diversos estudios sobre convivencia académica y violencia psicológica muestran que una parte importante de quienes observan situaciones de humillación, hostilidad o descalificación optan por mantenerse al margen, priorizando la indiferencia, el silencio o la evitación del conflicto antes que intervenir activamente en defensa de la persona afectada. Algunas investigaciones internacionales sobre el denominado bystander effect —o efecto del espectador— señalan que alrededor del 65% de los compañeros presentes en contextos de agresión tienden a no intervenir directamente, especialmente cuando existe temor a represalias, presión grupal o normalización progresiva de la violencia dentro de la comunidad.
Del mismo modo, estudios sobre violencia psicológica en instituciones educativas han evidenciado que un número significativo de académicos y autoridades universitarias no responde de manera adecuada frente a estas situaciones. En ciertos casos, más del 45% de los docentes o responsables institucionales minimizan el impacto del daño, adoptan una posición pasiva o priorizan la continuidad administrativa antes que la protección efectiva de la víctima. Esta ausencia de intervención no solo prolonga el sufrimiento, sino que también puede ser percibida como una forma indirecta de validación o apoyo implícito hacia quien ejerce la agresión, profundizando el deterioro de las relaciones comunitarias y aumentando la sensación de abandono, inseguridad y desprotección.
Desde la psicología social, esta dinámica produce un fenómeno especialmente doloroso porque la víctima no solo debe enfrentar el daño inicial provocado por la agresión, sino también la experiencia posterior de sentirse invisibilizada por el entorno que debería contenerla y protegerla. La falta de reconocimiento institucional puede intensificar síntomas de ansiedad, hipervigilancia y desgaste emocional, ya que la persona percibe que el espacio compartido deja de ser seguro y que el sufrimiento vivido no encuentra una respuesta proporcional a su gravedad.
En el caso particular aquí analizado, esta situación adquirió una dimensión aún más compleja debido a que el agresor continuó recibiendo reconocimiento académico dentro de la institución, obteniendo incluso una pasantía, mientras la víctima permaneció expuesta a compartir espacios comunes con quien había ejercido la violencia. Desde una perspectiva humana y relacional, esta realidad puede generar una profunda sensación de injusticia y fractura interior, ya que transmite implícitamente la idea de que el rendimiento académico o la funcionalidad institucional poseen mayor relevancia que el daño humano experimentado por la persona afectada.
La permanencia de este tipo de dinámicas dentro de contextos universitarios y comunitarios plantea un serio desafío ético. Una institución educativa no solo transmite conocimientos, sino que también tiene la responsabilidad de proteger la dignidad de quienes forman parte de ella. Cuando el sufrimiento es ignorado, relativizado o reducido a un problema privado entre individuos, el riesgo es que la comunidad termine normalizando formas silenciosas de violencia que deterioran progresivamente la confianza, la convivencia y el sentido mismo de humanidad compartida.
Santa Gemma Galgani (1878-1903) sufrió invisibilidad en su comunidad religiosa, fue rechazada porque nadie le creía. Padeció estigmas, intensas dudas y perdono orando. San Benito Labre (1748-1783) fue ignorado , invisible al mundo. Soporto humillaciones diarias, sin embargo, perdono uniendo el dolor a Cristo en la cruz.
Si bien es cierto, la conciencia anhela perdonar, pero el cuerpo retiene el trauma afectando a la víctima con vómitos, mareos, nauseas como una hipervigilancia somática, común en la recuperación postraumática. Por tanto, la persona agredida requiere terapia integral para alinear mente y cuerpo en kenosis restauradora. Esta realidad no constituye un fenómeno aislado. Diversos estudios latinoamericanos muestran que la violencia psicológica y verbal dentro de espacios universitarios presenta consecuencias clínicas y académicas significativas. Investigaciones realizadas en universidades chilenas indican que entre un 38% y un 52% de estudiantes declara haber experimentado humillaciones, descalificaciones públicas, burlas reiteradas o violencia verbal persistente dentro de contextos académicos (Muñoz & Salgado, 2021, pp. 77-81). En la Región del Biobío, reportes estudiantiles y protocolos internos desarrollados en la Universidad de Concepción, Universidad del Bío-Bío y Universidad Católica de la Santísima Concepción han debido fortalecer mecanismos de acompañamiento frente a situaciones de acoso psicológico, exclusión grupal y violencia relacional entre pares, especialmente posteriores al incremento de problemas de salud mental universitaria tras la pandemia.
En universidades del norte de Chile, particularmente en Antofagasta y Tarapacá, investigaciones sobre convivencia universitaria han mostrado un aumento de sintomatologías ansiosas, aislamiento y abandono parcial de actividades académicas en estudiantes expuestos a violencia verbal sostenida (Riquelme & Araya, 2022, pp. 145-149). Del mismo modo, estudios desarrollados en universidades del estado de Florida, Estados Unidos, evidencian que la agresión psicológica universitaria incrementa significativamente los síntomas de trastorno de estrés postraumático, ideación depresiva y deterioro del rendimiento académico, especialmente cuando existe indiferencia institucional o normalización social del abuso (Hollis, 2018, pp. 18-23).
Un ejemplo concreto ocurre cuando una víctima continúa asistiendo obligatoriamente a clases donde también participa el agresor, mientras compañeros guardan silencio y docentes relativizan lo sucedido bajo argumentos de “malentendidos” o “problemas personales”. En estos casos, el aula deja de percibirse como espacio de aprendizaje y comienza a experimentarse neurológicamente como un entorno de amenaza constante, provocando hipervigilancia, bloqueos cognitivos y evitación académica progresiva.
Filosóficamente, la situación descrita revela una inversión de roles que puede entenderse como un sofisma de tipo hegeliano-maquiavélico, en el que, bajo apariencia de racionalidad o discurso, se distorsiona la verdad hasta hacer parecer que quien ha sido herido resulta culpable por “exagerar”, mientras quien agrede queda justificado. No se trata de una auténtica dialéctica orientada a la verdad, sino de una manipulación del sentido que desfigura la realidad moral. En este contexto, la persona afectada queda reducida a una condición cercana a lo que Agamben denomina homo sacer, es decir, alguien cuya dignidad permanece en teoría intacta, pero que, en la práctica queda excluido de toda protección efectiva, como si su sufrimiento no mereciera respuesta. Frente a esta distorsión, la Sagrada Escritura ofrece un criterio claro, “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20,16) y “¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal!” (Is 5,20), denunciando toda inversión de la verdad. Del mismo modo, el Evangelio advierte sobre el escándalo hacia el otro, especialmente el más vulnerable, “Al que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino” (Mt 18,6). San Juan Pablo II profundiza esta dimensión al señalar que la verdad es condición de la auténtica libertad y que su negación genera estructuras de injusticia (cf. Veritatis splendor, 1993), mientras que el Papa Francisco advierte que las dinámicas de exclusión y descarte convierten a las personas en invisibles dentro de la sociedad (cf. Fratelli tutti, 2020, n. 18). Así, lo que parece un conflicto interpersonal aislado revela en realidad una ruptura más profunda del orden de la verdad y la justicia, donde la víctima es simbólicamente desplazada fuera del reconocimiento debido a su dignidad.
Esta exclusión simbólica puede observarse también en formas contemporáneas de invisibilización académica donde la productividad institucional termina teniendo más valor que el sufrimiento humano concreto. Así, mientras algunos agresores mantienen reconocimiento académico, becas o pasantías internacionales, la víctima experimenta deterioro emocional, descenso del rendimiento y aislamiento relacional. Según datos de la American College Health Association (2023), más del 64% de estudiantes universitarios que experimentaron agresiones psicológicas sostenidas manifestaron dificultades severas de concentración y síntomas ansioso-depresivos persistentes (pp. 12-16). Esta situación revela una contradicción ética profunda ya que las instituciones llamadas a formar integralmente pueden transformarse involuntariamente en espacios de reproducción del silencio y la indiferencia.
Santo Tomás ilumina la praxis al afirmar que “el perdón pertenece a la caridad, que busca el bien del otro sin negar la justicia” (STh II-II, q. 25, a. 8), entendiendo la caridad como un amor que no encubre el mal, sino que quiere un bien verdadero que incluye la reparación, y la justicia como la restitución de lo que ha sido dañado. En esta línea, su comprensión del mal como ausencia de bien ayuda a entender que toda agresión no tiene consistencia propia, sino que es una privación que hiere lo que debería estar ordenado al bien. Esta visión se profundiza en la tradición eclesial cuando San Juan Pablo II enseña que el perdón “no se opone a la justicia, sino que, en cierto sentido, la perfecciona” (Juan Pablo II, 2002, n. 3), indicando que no puede haber auténtica reconciliación sin verdad sobre el daño causado. El Papa Francisco refuerza esta perspectiva al afirmar que “perdonar no significa permitir que se siga pisoteando la propia dignidad o la de los demás” (Francisco, 2020, n. 241), lo que integra la enseñanza tomista con una conciencia clara de los límites frente al abuso. A su vez, la Sagrada Escritura confirma esta tensión fecunda entre misericordia y verdad cuando Jesús propone la corrección fraterna como camino concreto ante la ofensa (Mt 18,15-17) y, al mismo tiempo, revela en la cruz un perdón que no niega la injusticia sufrida (Lc 23,34). En continuidad con esto, San Agustín recuerda que “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, subrayando que la respuesta al mal requiere una participación responsable, mientras que Santa Teresa de Ávila advierte con realismo espiritual que “la verdad padece, pero no perece”, lo que invita a no encubrir la injusticia bajo apariencias de paz. Así, el perdón cristiano se comprende no como una renuncia a la verdad, sino como un acto libre que, sostenido por la gracia, enfrenta el mal sin reproducirlo y orienta la justicia hacia una restauración auténticamente humana y divina.
Testamento
Cita
Explicación simple
Antiguo
Lev 19,18: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"
Ama sin odiar, pero corrige.
Antiguo
Dt 32-35: "Mía es la venganza"
Dios juzga, no tú.
Antiguo
Sal 37,5-6: "Encomienda tu camino"
Confía, verdad saldrá.
Nuevo
Mt 18,15-17: Reprensión escalonada
Habla solo, luego testigos, luego comunidad.
Nuevo
Mt 26,52: "A espada perecerán"
Violencia engendra violencia.
Nuevo
Lc 23,34: "Perdónales"
Jesús perdona desde cruz.
Nuevo
1 Jn 4,8: "Dios es amor"
Dios no aprueba odio.
(cuadro 1 , propio)
Desde una perspectiva pastoral concreta, el perdón cristiano tampoco exige mantener vínculos dañinos ni exponerse nuevamente al abuso. Por ejemplo, una estudiante que decide denunciar reservadamente una agresión verbal grave y posteriormente limitar el contacto con el agresor no está actuando contra el Evangelio, sino ejerciendo prudentemente la defensa de su dignidad humana. Santo Tomás de Aquino recuerda que la caridad nunca implica cooperar con el mal ni permitir injusticias continuas (Aquino, 2001, II-II, q. 33, a. 4, pp. 410-412). En consecuencia, el perdón auténtico puede coexistir con límites saludables, procesos institucionales y acompañamiento terapéutico.
Guiada por acompañamiento espiritual y apoyo profesional, el autor decidió denunciar lo ocurrido de manera reservada, sin exponer nombres, porque entendió que guardar silencio la hacía parte del problema. No fue una reacción impulsiva, sino un paso necesario para no seguir permitiendo el daño. También comprendía que responder con más violencia solo perpetúa el círculo del dolor. Y, sobre todo, que usar a Dios para justificar una agresión no es fe verdadera, sino una forma equivocada de entenderlo, completamente contraria a su amor y a la dignidad de cada persona.
Por último, la teodicea es el intento de comprender cómo puede existir el mal y el sufrimiento sin negar a Dios, es decir, cómo se puede seguir creyendo en Él incluso cuando ocurren situaciones injustas, también dentro de espacios como la Iglesia o la universidad. San Agustín explica que el mal no es algo que Dios haya creado, sino más bien una falta de bien, como cuando hay oscuridad porque no hay luz. Sin embargo, cuando el sufrimiento afecta a alguien inocente, surge desde lo más profundo una pregunta dolorosa dirigida a Dios, similar al grito de Job que expresa desconcierto y angustia sin encontrar respuestas simples. Por su parte, Levinas pone el acento en que antes de cualquier explicación teórica, el rostro de la persona herida nos interpela directamente y nos obliga a responder con responsabilidad y cuidado, porque el sufrimiento del otro no puede ser ignorado ni justificado. Von Balthasar, en cambio, propone que el dolor humano no queda fuera de Dios, sino que entra en su misterio a través de Cristo, quien en la cruz se vacía completamente por amor. Así, el sufrimiento se convierte en parte de un drama más grande donde Dios mismo participa, sin eliminar lo absurdo o incomprensible —como la angustia extrema de Jesús en Getsemaní—, pero abriendo una esperanza en la que ese dolor puede transformarse y tener un sentido último, llevando incluso a la posibilidad de que el ser humano participe de la vida de Dios por gracia. En esta línea, San Juan Pablo II enseña que el sufrimiento forma parte de la profundidad del ser humano y encuentra su sentido más pleno en Cristo crucificado, no porque deje de ser doloroso, sino porque puede unirse a su entrega y abrirse a la redención. El Papa Francisco complementa esta visión al recordar que perdonar no significa negar lo ocurrido ni evitar el conflicto, sino enfrentarlo de una manera distinta que rompa la cadena del odio. Por eso, el perdón cristiano no consiste en justificar el mal ni en olvidar lo sucedido, sino en reconocerlo con verdad, cargar con la cruz que implica y confiar la justicia a Dios, renunciando a la venganza personal.
3. Conclusiones
La agresión verbal grave constituye una forma de violencia con consecuencias objetivas sobre la estabilidad psíquica, emocional, corporal y relacional de la persona. Las investigaciones en neuropsiquiatría y psicología clínica demuestran que la exposición sostenida a humillaciones, descalificaciones o dinámicas de hostilidad interpersonal activa mecanismos de estrés crónico capaces de alterar funciones cognitivas, generar sintomatología ansiosa o depresiva y deteriorar progresivamente la percepción de la propia dignidad. Por ello, reducir este fenómeno a una “diferencia de carácter” o a una “hipersensibilidad individual” implica desconocer la evidencia científica contemporánea sobre el impacto real de la violencia verbal en la estructura integral del ser humano.
Desde una perspectiva filosófica, el problema no se limita únicamente al daño psicológico, sino que alcanza la dimensión ética de la convivencia humana. La palabra nunca es moralmente neutra, configurá vínculos, construye reconocimiento o produce exclusión. Cuando el lenguaje es utilizado sistemáticamente para degradar, intimidar o anular al otro, se rompe el fundamento mismo de la alteridad y de la responsabilidad interpersonal. En este sentido, la violencia verbal representa una contradicción radical con toda concepción auténtica de comunidad humana, pues transforma al prójimo en objeto de dominio simbólico y no en sujeto portador de dignidad.
Asimismo, el análisis teológico permite comprender que el sufrimiento provocado por la agresión no puede interpretarse como signo de ausencia divina ni como legitimación pasiva del abuso. La tradición cristiana reconoce la centralidad de la dignidad humana como expresión del valor irreductible de la persona creada a imagen de Dios. Por ello, toda forma de humillación sistemática contradice directamente el mandato evangélico del amor y de la justicia. El perdón cristiano, lejos de equivaler a tolerancia frente al mal, exige verdad, reconocimiento del daño y responsabilidad ética. Sin justicia ni conciencia moral, el perdón corre el riesgo de convertirse en una espiritualización del sufrimiento que perpetúa dinámicas destructivas.
En consecuencia, las instituciones educativas y eclesiales poseen una responsabilidad ética ineludible. No basta promover discursos sobre fraternidad, inclusión o cuidado comunitario si, en la práctica, las víctimas continúan siendo invisibilizadas o expuestas a contextos que normalizan el daño psicológico. El silencio institucional, la minimización del sufrimiento o la indiferencia frente a conductas abusivas generan estructuras de complicidad que deterioran profundamente la confianza comunitaria y la credibilidad moral de las instituciones. Una comunidad auténticamente humana requiere mecanismos concretos de prevención, escucha, acompañamiento y reparación.
Del mismo modo, esta investigación permite afirmar que el sufrimiento humano no debe convertirse en una identidad definitiva. La persona agredida no queda reducida a la condición de víctima permanente, pues conserva la capacidad de reconstruir sentido, dignidad y proyecto de vida. Sin embargo, esta reconstrucción no puede recaer exclusivamente sobre quien sufrió el daño, sino que exige también responsabilidad ética de quienes participaron directa o indirectamente en la dinámica de violencia. Toda convivencia madura implica reconocer que las acciones y las palabras poseen consecuencias reales sobre la vida del otro.
Finalmente, recuperar el valor ético de la palabra constituye una tarea urgente dentro de la cultura contemporánea. Las palabras pueden degradar profundamente la subjetividad humana, pero también pueden convertirse en instrumentos de reconocimiento, restauración y esperanza. La calidad moral de una comunidad se manifiesta precisamente en la manera en que responde frente al sufrimiento ajeno, especialmente cuando este permanece invisible o silencioso.
Surge entonces una interrogante fundamental para las instituciones humanas y creyentes
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¿cuántas heridas invisibles continúan existiendo dentro de universidades y comunidades porque el silencio resulta más cómodo que defender la dignidad del otro?
Y más aún, ¿qué tipo de humanidad construimos cuando normalizamos el sufrimiento ajeno mientras seguimos hablando de justicia, verdad y fraternidad?
4. Referencias
o Agamben, G. (1998). Homo sacer: Sovereign power and bare life (D. Heller-Roazen, Trans.). Stanford University Press.
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o Aquino, T. de. (2001). Suma teológica (Vol. III, II-II, q. 33, a. 4, pp. 410-412). Biblioteca de Autores Cristianos. (Trabajo original publicado ca. 1274).
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o Siegel, D. J. (2012). The developing mind: How relationships and the brain interact to shape who we are (2nd ed., pp. 248-256). Guilford Press.
o van der Kolk, B. A. (2015). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma (pp. 87-115). Eleftheria.
Von Balthasar, H. U. (1986). Teodramática: Vol. II. Ediciones Encuentro
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